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COLUMNA

Demagogia populista

Aumenta la banalización de la sociedad. No es que antes fuéramos más profundos sino que ahora se decide en función de la televisión. Estamos en una sociedad cada vez más superficial donde lo que importa no es lo que se hace sino lo que parece. Lo saben bien muchos de esos que llaman en plan cursi dircom, que intentan colar para sus jefes las declaraciones en televisión. Tiene que ver con que para los españoles la televisión es su principal fuente de entretenimiento e información. Así, cuando se sabe que va a haber cámaras, se coloca la gente para gritar u opinar según se espera de ellos. Igual está el gracioso sevillano, el nonaino de Jerez o el chirigotero de Cádiz, los vecinos que apoyan a su alcalde corrupto, los ciudadanos que gritan asesino a un detenido, los que esperan al futbolista de turno o a la folclórica para gritarles cualquier cosa y tener su momento de gloria, abundando en lo que se espera de cada quien. En la estación del AVE de Santa Justa hay un montón de haraganes que tan sólo esperan ver pasar al famoso de turno acosado por las cámaras. ¿Qué lleva a los vecinos de Alhaurín o Alcaucín a seguir a su alcalde dando gritos de aliento? ¿Qué lleva a tanta gente a la puerta de una comisaría o de los juzgados? Idéntico interés por participar en el circo. Por eso cuando se produce un asesinato se forman tumultos para gritar a los inculpados, aunque luego puedan salir libres. Esto alimenta la actuación de familiares que se convierten en estrellas mediáticas, el nuevo gran adjetivo creado por esta sociedad efímera. Lo fueron los padres de Klara García, la niña de San Fernando a la que mataron dos amigas. Lo fue el padre de Mari Luz Cortés. Lo es el padre de Marta del Castillo. Lo son los amigos de Loli Amaya, la joven de Conil que mataron en Chiclana. Ningún dirigente político es capaz de sustraerse a la vorágine populista. Da igual que el padre de Marta del Castillo pida la cadena perpetua, que Zapatero lo recibe en la Moncloa y Rajoy, nada más llegar a Sevilla, va a visitarle como lo más importante. Da grima ver la carrera de los políticos a ver quién aparece más compungido, quién apoya más al padre, quién propone las medidas más duras contra ese tipo de delitos. Nadie dice que España ya tiene el régimen penal más duro de Europa y el tiempo de permanencia en prisión más prolongado. Pero eso no conviene, lo que parece que da réditos es el populismo compasivo y la carrera para quedar bien con el padre de Marta, que no es más que un padre destrozado. Pero ha puesto en marcha un disparate. Enseguida alguien se pone a recoger firmas, gran procedimiento para llamar la atención. Para una cosa o para su contraria, tanto da. La gente firma lo que le pongan siempre que no la comprometa económicamente. La pena de muerte, el cese de las emisiones de CO2 o lo que sea. Da igual. Forma parte del espectáculo.

Me parece una locura el dinero que se está gastando el Estado para buscar el cuerpo de Marta del Castillo. De las pruebas forenses va a depender la posible condena a alguno de los encausados pero hay decenas de desaparecidos en toda España que no cuentan con nutridas unidades de la Guardia Civil, la policía y el Ejército y lo merecen igual que la familia de Marta del Castillo. ¿Cuál es la diferencia? Que este asunto se ha convertido en un show televisivo. Las marujas de la sobremesa determinan la política española. A más audiencia televisiva, más interés policial en la búsqueda y más capacidad del padre de la pobre chiquilla para colocar su discurso justiciero. Esta banalización es la misma que lleva a conceder la medalla de oro de las Bellas Artes a uno famoso por su familia y por sus líos amorosos. No tengo ni idea de la fiesta de los toros ni me gustan lo más mínimo pero alcanzo a comprender que si Fran Rivera no fuera un personaje de la prensa del corazón no hubiera obtenido el reconocimiento que le ha otorgado el Ministerio de Cultura. Es la misma ola superficial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de marzo de 2009