Crítica:ESPECIAL LIBROS DE REGALO | PremiosCrítica
i

Fábulas de Saramago

El viaje del elefante es un extenso cuento narrado con las mejores fórmulas del escritor

En 1999, un año después de haber recibido el Premio Nobel, José Saramago visitó la Universidad de Salzburgo para pronunciar una conferencia. En una cena organizada por sus anfitriones, el autor de Levantado del suelo se sentó a la mesa de un restaurante llamado El elefante, donde observó unas figuras que representaban un itinerario por media Europa, desde Lisboa hasta Viena. De esa experiencia, y de la historia simbolizada por aquellas pequeñas esculturas (en 1551, el rey portugués Juan III regala a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria, un elefante asiático, que será conducido en caravana desde la capital portuguesa hasta la austriaca) nace El viaje del elefante, un libro con el que Saramago regresa, tras Las pequeñas memorias (2006), al territorio que mejor conoce: el de contar historias. Porque El viaje del elefante es, de hecho, una novela que no es una novela, sino un extenso cuento, narrado con las mejores fórmulas del Saramago fabulador, dentro de ese "espacio literario en el que todo puede y debe confluir", como ha definido el autor el género novelesco. Es una obra en marcha, un libro de viajes con dos personajes principales (el elefante y su cuidador) que oculta una metáfora lúcida e implacable sobre la vida y la condición humana, interpretada muchas veces como el vértigo entre los caprichos y desvíos del poder y la compasión solidaria por los que sufren sus decisiones, en un juego narrativo en el que se dan cita lo épico y lo lírico y que transmite al lector, al final del camino, la sensación de haber realizado un viaje desde una punta a otra de la vida.

El viaje del elefante

José Saramago

Traducción de Pilar del Río

Alfaguara. Madrid, 2008

280 páginas. 18,50 euros

El viatge de l'elefant

José Saramago

Traducción de Núria Prats

Edicions 62. Barcelona, 2008

208 páginas. 18,50 euros

Sirviéndose de un narrador cervantino, que juega a mostrarse y a ocultarse de forma burlona, Saramago recobra ahora, tras Las intermitencias de la muerte (2005), su visión más irónica y lúcida sobre el mundo que rodea a los personajes, tan parecido al de nuestros días. Su visión ácida se introduce como un virus en ideas y conceptos tan de actualidad como la patria, la religión, la falsa erudición o el poder y sus símbolos, con ese narrador autoirónico que es, a su vez, un cronista plural de todo lo que ve a su alrededor. Pero si algo define la ironía con la que Saramago escribe esta fábula es el escepticismo, un escepticismo agudo como una navaja y, al mismo tiempo, sereno como un estanque. Un libro, en definitiva, con un trasfondo real, que es un viaje por la geografía y, sobre todo, por el tiempo, escrito con la voluntad de permanecer en un tiempo en el que nunca pase el tiempo: el consagrado a los clásicos. Una obra marcada por el signo de la trascendencia (su autor, como es sabido, tuvo que interrumpir su escritura tras sufrir un serio revés de salud a finales de 2007), y que nos muestra de nuevo la vitalidad de un hombre de Ribatejo que, diez años después de ganar el Nobel, se emociona con las historias sencillas que forman parte de la otra cara de la Historia. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 12 de diciembre de 2008.

Lo más visto en...

Top 50