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COLUMNA

Tolerancia

Voy a decir una perogrullada, pero las cosas están adquiriendo últimamente un cariz tan siniestro que parece necesario repetir una y otra vez las obviedades más básicas, a saber: ser tolerante significa tolerar a quienes tienen ideas contrarias a las tuyas. O sea, alardear de que uno es tolerante y serlo tan solo con tus coleguillas, como que no tiene ningún mérito. Vamos, es que eso ni siquiera puede denominarse tolerancia; antes al contrario, el colegueo extremo, esto es, el regodeo excluyente en lo buenos que somos los de nuestro grupo, suele desembocar en el sectarismo. Y el sectario bien cocido en su jugo termina no sólo por no tolerar al prójimo que piensa diferente, sino que incluso le arrebata su cualidad de prójimo, esto es, su humanidad. Lo convierte en una cosa violable y exterminable. Ese sectarismo feroz alentó la reciente escabechina de Bombay, permitió el genocidio del nazismo y sin duda facilitó que los franquistas masacraran a 130.000 personas y que los republicanos asesinaran a 50.000. Entre ellos casi 7.000 curas y monjas. Tras despojar al oponente de su cualidad de persona, es sencillísimo aplastarlo como si fuera un gusano sin sentir ni el más pequeño espasmo de empatía.

Miro alrededor, escucho las voces llenas de odio y de intransigencia y no logro entender lo que está pasando. Que una pobre monja muerta en la ancianidad hace 30 años y que no parece haber hecho mal a nadie haya suscitado tan enconado conflicto y recibido ataques tan violentos, me parece una prueba palmaria de lo locos que estamos. Verán, yo creo que la jerarquía católica es obsoleta y reaccionaria, y estoy totalmente a favor de la retirada de los crucifijos. Pero, precisamente por eso, quiero pedirle a Gallardón que, por favor, le ponga una placa a la madre Maravillas en el exterior del edificio del Congreso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de diciembre de 2008