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Reportaje:PURO TEATRO

Sweeney 95 Revisited

El nuevo montaje del musical Sweeney Todd, dirigido por Mario Gas, merece haberse convertido en uno de los grandes éxitos de la cartelera madrileña. En él destaca la actriz Vicky Peña, que se supera en el papel de Mrs. Lovett

Sweeney Todd fue el primer gran musical de Sondheim que vimos en España gracias al empeño conjunto de Mario Gas, que llevaba años queriendo montarlo, y de Domènec Reixach, entonces director del Centro Dramático de la Generalitat, en su segunda y última sede del Poliorama. Hablar de "musical de culto" es un cliché sobadísimo. Sweeney era, pura y simplemente, una leyenda desde su estreno en el Uris Theatre de Nueva York: la apabullante puesta en escena de Harold Prince, el cartel estelar con Angela Lansbury y Len Cariou, los ocho Tonys de la edición de 1979. Al año siguiente, Prince dirigió una segunda producción en el Drury Lane de Londres, con Dennis Quilley y Sheila Hancock, pero quizás fuera el montaje de Declan Donnellan en 1993, en el Cottesloe, mucho más íntimo, con Julia McKenzie y Adrian Lester, el detonante definitivo para el espectáculo de Gas en Barcelona. La noche del 5 de abril de 1995, las ovaciones, con el público puesto en pie, duraron más de diez minutos. Aplaudimos todo: las canciones de Sondheim, el libro de Hugh Wheeler (que ya había trabajado con él en A Little Night Music y Pacific Overtures, otras dos cumbres), la dirección, el compenetradísimo equipo, las interpretaciones descollantes de Constantino Romero y la superlativa Vicky Peña (yo titulé mi crítica Super Mario Bros. & Victoria Regina) y, por encima de todo, el regalo de ver un musical adulto, feroz y lírico, en un teatro oficial. En diciembre de aquel año llegó Sondheim a Barcelona para celebrar el éxito. Y vaya si lo celebró. Le recuerdo subido al escenario lanzando bravos, golpeando con el pie en las tablas para acrecentar los aplausos, y abrazando luego a los actores, con lágrimas en los ojos, mientras repetía "It's brilliant, it's brilliant!". He encontrado mi cuaderno de notas. Dijo también que el espectáculo tenía "la combinación justa de humor y melodrama que siempre soñó". Y que la orquestación, de Manuel Gas, era "perfecta, con el grado preciso de tensión". Y que la compañía era "la más vital y enérgica que había visto".

He vuelto a sentir el mismo escalofrío de placer casi rambaliano cuando Sweeney emerge de la trampilla envuelto en humo

Trece años después la función ha vuelto a Madrid y he vuelto a sentir en el Español el mismo escalofrío de placer casi rambaliano cuando Sweeney emerge de la trampilla envuelto en humo satánico, blandiendo su navaja de nuevo afilada, y suena otra vez el chirrido de una sirena de fábrica como un clarín taurino o los violines letales de Psicosis, y he vuelto a pensar, claro, en Bernard Herrmann y en Kurt Weill y en Benjamin Britten como los manes tutelares de una partitura que es puro gótico tardío, flamígero: una torrentera de música creciendo hacia lo alto. Nunca las había contado hasta ahora, pero aquí hay 25 canciones, que se dice pronto. Canciones desesperadamente románticas que contrastan con el horror de la acción (Johanna, el bellísimo tema de amor, subrayando cada asesinato; el elegiaco My Friends, que Sweeney dedica a sus navajas; Pretty Woman, casi un slow de Sinatra, preludio de la muerte del juez Turpin), canciones con claves secretas (el minueto de la violación se convierte en ritornello alucinado que sigue girando en la cabeza enferma de la mendiga), canciones mutantes (todas las variantes de la balada central, a partir de la obertura del Dies Irae), canciones endiabladas, sin apenas espacio para la respiración entre notas (The Worst Pies in London), y canciones tan sarcásticas como A Little Priest, que celebra a ritmo de vals el negocio de los pasteles de carne humana, una idea que Brecht se hubiera apresurado a rapiñar. El montaje del Español, uno de los mayores y más merecidos éxitos de la cartelera madrileña, tiene dos diferencias sustanciales respecto al de su estreno: a) aunque parecía insuperable, Vicky Peña bate sus propias marcas y, b) buena parte de los nuevos intérpretes son mejores cantantes pero, ay, discretos actores. Éste es el caso de María del Mar Maestu (Johanna), fantástica de voz (por cierto, creí advertir una rara aceleración orquestal en Green Finch and Linnet Bird, que rebajaba el lirismo del madrigal) pero de gesto muy envarado: no alcanza soltura hasta el delicioso cuarteto con Anthony, Turpin y el alguacil Bamford. Algo parecido le sucede a Pedro Pomares (Bamford), al que recuerdo más rotundo en Mahagonny, o a Ruth González, que resuelve muy bien Not While I'm Around pero apenas dibuja el salto a la locura de Tobías Ragg.

Destaca, de largo, Pedro de los Ríos (otro miembro de la "escudería Mahagonny), en el rol de Anthony Hope: vigoroso actor y con un timbre tan nítido como su dicción. Joan Crosas compone un Sweeney quijotesco, doliente y alucinado, con algún que otro desliz hacia el cartón piedra que olvidamos tan pronto ataca Pretty Woman, solo o mano a mano con Xavier Ribera-Vall (un Juez Turpin que flaquea un poco en el pasaje de la flagelación), y Johanna, y A Little Priest, para mi gusto su mejor momento. Teresa Vallicrosa sigue impecable como esa mendiga que tan próxima a la bruja de Into the Woods y Esteve Ferrer vuelve a ser un Pirelli desmesurado pero muy gracioso, entre Victor Buono y el dueño del restaurante de La dama y el vagabundo: el duelo de barberos es un momento casi zarzuelesco, por su interpretación y por la misma estructura del cantable. Formidable versión castellana de Roser Batalla y Roger Peña, los mejores adaptadores de nuestro teatro musical; gran labor de la orquesta de Manuel Gas, dirigiendo a doce profesores, y perfecto coro con tres sopranos, tres mezzocontraltos, tres tenores y tres bajos barítonos. Y en lo alto del podio, the winner is, esta gloria nacional llamada Vicky Peña, que se sale interpretando a Mrs. Lovett, quizás la mejor creación de su carrera. Extraordinaria, divertidísima, deslumbrante de principio a fin, sin un traspiés ni un desfallecimiento, con la energía a tope desde su entrada con Worst Pies, y tres pisos más arriba en Little Priest, y en el mismísimo cielo (o sea, Broadway) interpretando By the Sea. Todo lo canta de maravilla, y su teatralidad es excelsa. Olé por ella, olé por Gas, olé por Sweeney. -

Sweeney Todd. Teatro Español. Madrid. Hasta el 7 de enero de 2009.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de noviembre de 2008