Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
CARTAS AL DIRECTOR

Puntualizaciones

Mi antiguo compañero como profesor asociado de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense Baltasar Garzón yerra en uno de los nombres que da como responsable principal de la represión franquista, Eduardo González Gallarza. En los 12 primeros nombres están nueve generales y dos coroneles que eligieron al general Franco como jefe militar del alzamiento en la caseta del aeródromo de San Fernando de Salamanca. Pero falta el general que le propuso como jefe único de la sublevación diciendo: "Con un mando colegiado se pierden las guerras y con un jefe único se ganan".

Se trata de Alfredo Kindelán Duany. Eduardo González Gallarza pasa la mayor parte de la guerra refugiado en la Embajada de Polonia. Es un simple comandante y tiene un papel secundario en la Guerra Civil. Al terminar ésta, contribuye a la salvación de su compañero en el vuelo Madrid-Manila Rafael Martínez Esteve y del mecánico sargento Modesto Madariaga que le salvó la vida en el Hidro-16 cuando estaban perdidos en el Atlántico en 1929. Posiblemente se le confunde con su hermano Joaquín, que sí mandó una brigada aérea durante la Guerra Civil. Pasada la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, Eduardo fue nombrado ministro del Aire y la causa se debió en mucho a su íntima amistad con Ramón Franco, con quien compartió arresto en 1929 al ser sancionados por Kindelán por cambiar la numeración del Hidro. Eduardo Gallarza fue un gran caballero que cenaba habitualmente con uno de los jefes de la aviación republicana, Alejandro Gómez Spencer -es-candalizando a los gerifaltes del régimen-, al que ayudó a ser atendido en el hospital del Aire.- Juan Manuel Riesgo. Historiador. Madrid.

El balance del auto del juez Garzón sobre el número de desaparecidos (114.266) proporcionado por asociaciones de la memoria y particulares resulta equívoco. No resulta correcto considerar como "desaparecidos" a aquellas víctimas de la represión y de la violencia que fueron fusiladas tras consejos de guerra e inscritos en libros de cementerios y otros registros, terminando enterrados en fosas comunes de los cementerios. A mi juicio, únicamente se pueden considerar como "desaparecidos" a aquellas personas (de 20.000 a 30.000) que fueron muertas y enterradas de forma "arbitraria" o irregular en cunetas y montes, sobre las que no se conoce con exactitud su paradero. - Abdón Mateos. Presidente de la Asociación de Historiadores del Presente. Madrid

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 22 de octubre de 2008