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COLUMNA

Fatalismo

Para mí lo más fascinante de esta crisis es lo mucho que explica, y no forzosamente bueno, de la especie humana. Hace años que alguna gente sensata venía advirtiendo que la burbuja inmobiliaria era insostenible o que las dimensiones del globo financiero atentaban contra la más elemental racionalidad o que los resultados que obtenían algunas compañías eran insostenibles. Estos reiterados avisos no sirvieron para nada. Las personas, que se supone inteligentes y debidamente preparadas, que están al frente de grandes bancos o compañías conocían perfectamente los altísimos riesgos que corrían -lo contrario sería todavía más preocupante- y no fueron capaces de anticipar el escenario final y obrar en consecuencia. No sólo eso: lo comentabas con alguno de ellos y la respuesta siempre tenía algo de fatalidad: es la lógica del sistema. Como si hubiese una dinámica que una vez puesta en marcha sólo pudiera detenerse al alcanzar el punto catastrófico.

La política sigue siendo nacional, con lo cual carece de poder para gobernar la globalización

Se han dado explicaciones parciales de esta obnubilación de las élites. Algunos han señalado los multimillonarios bonos de los ejecutivos: poco le importa dejar la compañía al borde del desastre al que sabe que, pase lo que pase, se irá a casa con un montón de dinero. Otros han acusado a las empresas de capital riesgo, que ven a las compañías como un instrumento que se compra, se exprime y se tira.

Pero hay, en el trasfondo de esta crisis, la confirmación de la escasa racionalidad de la economía humana, del deseo que hace que un ciudadano sienta la llamada irresistible del consumo hasta el punto de endeudarse muy por encima de sus posibilidades, sin anticipar el riesgo, o que los responsables de una compañía pierdan el sentido de la posición ante la marea deslumbrante de los resultados y carguen con apalancamientos fuera de toda proporción, o que los directivos bancarios hinchen artificialmente la bola de sus productos llenando de basura el mercado. Y tal es el grado de obnubilación ante la burbuja que no cesa que se entra inmediatamente en el sueño de impunidad. Si pasa algo será a los demás, a mí no me puede pasar nunca nada. Esta impunidad es la fuente de las graves irresponsabilidades contraídas por quienes pretenden liderar la economía mundial. Con tal impunidad que ellos mismos pretenden dictar las soluciones a los gobiernos para que les saquen del apuro, a cuenta de todos los demás.

Tampoco es mucho más racional la conducta de los gobernantes. Durante los momentos de euforia, se dedicaban a cantar las excelencias de sus economías y a seguir el dictado de las recetas que han conducido hasta aquí. Y cuando la situación ha empezado a torcerse han sido los más lentos en reconocer el desastre. Después, se han movido entre dos opciones: el inmovilismo o el rescate. De inmovilismo tenemos el ejemplo cerca, en el Gobierno español que se limita a poner pequeños parches a la espera de que la crisis amaine, completamente entregado al fatalismo de los ciclos del sistema. De los partidarios del rescate, es decir, de salvar a los culpables del naufragio, el más activo es el Gobierno americano, que ha chocado con el ideologismo de los suyos y con el miedo de otros a que la inyección masiva de dinero a los bancos no llegue a la calle y la gente se sienta estafada.

A nadie se le ha ocurrido pensar en el futuro. Se supone que el liderazgo del cambio es la razón de ser de la izquierda y del reformismo. O están de vacaciones o están desaparecidos. No hay alternativa. Ésta es la señal que emiten los que deberían proponer alternativas. Con lo cual, probablemente entramos ahora en una fase en que la moda desreguladora de las últimas décadas será sustituida por la moda intervencionista, hasta que, poco a poco, se vayan relajando los controles, vuelvan a crecer las burbujas y dentro de unos años volvamos a estar donde estábamos, hasta que un día la situación sea definitivamente insostenible.

Antes, estas crisis se solventaban con guerras. Después del gran escarmiento de la II Guerra Mundial se pensó que correspondía a la política evitar que estos desastres se repitieran. Y la Europa democrática vivió treinta años excepcionales. Pero a partir de los setenta empezó de nuevo la escalada, hasta el estallido actual. A fin de cuentas el problema es éste: la economía se ha globalizado y la política no, sigue siendo nacional, con lo cual carece de poder para gobernar la globalización. Por esto los reformistas y los de izquierdas se han convertido en resignados conservadores, a la espera del caos. ¿Nadie es capaz de convertir la crisis en una oportunidad de regeneración?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de octubre de 2008