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Necrológica:

Gregorio Moreno, un hombre fuera de lo común en el ciclismo

Presidió la asociación de organizadores de carreras

Gregorio, Tito, Moreno, no había sido corredor, ni agente, ni director, y, sin embargo, todo el mundillo ciclista desertó ayer de la Vuelta y se congregó en Oña (Burgos) para su entierro.

Gregorio Moreno, un empresario bilbaíno que por afición y pasión comenzó a organizar la Vuelta a Burgos y que se convirtió, pasados los años, en una de las personas más respetadas del ciclismo mundial, había fallecido la víspera, 10 de septiembre, a los 64 años, en Pamplona, víctima del cáncer.

En septiembre de 2005, cuando el Mundial de Madrid coincidió con una de las batallas más intensas de la interminable guerra que ha dividido al ciclismo en dos, Moreno aceptó -voluntaria e ingenua-mente- convertirse en el candidato del cambio a la presidencia de la Unión Ciclista Internacional.

Se convirtió así en el hombre que, apoyado por los grandes organizadores, Unipublic, el Giro y el Tour, y por las federaciones rebeldes y minoritarias, desafió al irlandés Pat MacQuaid, el dirigente designado por el presidente saliente, Hein Verbruggen, y Manolo Saiz, para continuar con la implantación del ProTour.

Como se esperaba, Gregorio Moreno perdió las elecciones, pero ello no minó su prestigio en absoluto. Siguió, desde la presidencia de la Asociación Española de Organizadores de Carreras Ciclistas (AEOCC) enviando a oídos sordos su mensaje de diálogo y conciliación, que era una isla, una incongruencia, en una lucha en la que los enemigos buscaban despedazarse sin piedad.

También convirtieron a Moreno, elegante, sabio, humilde, en un hombre fuera de lo común en el ciclismo su independencia personal y económica, un hecho desconcertante en un mundo en el que todos los actores se mueven, primariamente, por sus intereses económicos más básicos.

Por eso, pese al respeto que despertaba, pues era una persona bien formada, inteligente, luchadora, que supo aplicar criterios empresariales a la organización de una competición, su carrera de dirigente se quedó a medias.

"Hizo mucho, pero el carácter del ciclismo le impidió hacer mucho más", dicen sus amigos. Pero ello no le robó, en ningún caso, la pasión por el ciclismo, amor que contagió a su esposa, Paloma, y a sus cinco hijos, con quienes era capaz de irse, por ejemplo, a finales de abril a una cota perdida de la Lieja-Bastogne-Lieja y desde la cuneta ayudar a dar bidones a los corredores.

Eso hizo hace dos años, cuando ya estaba herido por el cáncer. Y después, celebró, feliz como un niño, la primera victoria de Alejandro Valverde en la más prestigiosa carrera clásica del ciclismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de septiembre de 2008