Moradas de otros tiempos
De la cueva de Bolomor a la de Parpalló la distancia geográfica es pequeña, casi ínfima para los que navegamos sobre ruedas. Sin embargo, la distancia que las separa en lo cultural es inimaginable, la que va del neolítico al paleolítico, de la edad en que se dominaba el fuego -y es de suponer que con ello los rudimentos de la cocina- a aquella en que la piedra tallada era la máxima conquista humana y la caza la salvación de la especie.
El camino para acceder a las cuevas es agreste, lleno de pinos y monte bajo, y aquí y allá se reconocen algunos frutales, no se sabe si debidos a la cultura del hombre o al mero azar: higos y almendras, alguna naranja, quizás un limón.
Son de admirar aquellos primitivos, que parecían dar con el paisaje apropiado, inmenso, con vistas a la escarpada serranía que los rodeaba y a los valles que se forman cuando las montañas se entrecruzan en sus bases, formando un zigzag que se pierde en el horizonte.
Manantiales de aguas puras alrededor, de esos que según el romancero acostumbran a dar aguas frescas en verano y cálidas en invierno, para satisfacer la sed del caminante, del neandertal y del homo sapiens, que ambos -con diferencia de milenios- se acogían en nuestras tierras.
Hay teorías que avisan sobre si los neandertales desaparecieron porque su dieta era monocolor, compuesta de carne y más carne -caza, para mayor concreción- despreciando u olvidando los sutiles vegetales, sin duda con el ánimo de combatir el frío que en aquellas fechas de glaciación se instaló en la entrada de las cuevas, al contrario de lo que sucedía con sus compañeros de habitación -que no de raza- los sapiens sapiens, que eran omnívoros, como todos sabemos.
Los sucesores de aquellos privilegiados en las tierras de la Valldigna también comen vegetales, así sea en las primaveras, cuando embuten y rellenan las famosas empanadillas de la zona con las amargas hierbas que la tierra les proporciona naturalmente, como los llicsons y otras de su traza. Por lo demás, arroces, con las sabidas especialidades que muchas veces se repiten en las poblaciones, como los que hacen al horno, las paellas llevadas a su expresión minimal -por lo limitado de sus componentes-, los pimientos rellenos de la gramínea rodeada de carnes y embutidos del lugar, o estos últimos sin más aderezo que el tenedor.
Desde Parpalló se llega a La Drova, y luego a Barx, y desde allí, en bajada de paisaje alucinante, con agudas curvas que nos impiden la serena contemplación, y el mar de Xeraco al fondo, después de todos los paisajes, y los cielos, los árboles y las montañas divisados de lo alto nos encontramos con el famoso monasterio que da nombre al territorio, y que según describe la historia o la leyenda, se engendró en una banal conversación entre Jaime II de Aragón y su capellán, fray Boronat, después de que ambos hubiesen tundido al moro en una de las habituales escaramuzas. "Digno valle para poder instalar uno de vuestros conventos", le comentó el Rey al cisterciense; a lo cual este replicó: "Sí, mi Rey: vall digna".

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