DESDE MI SILLÍN | TOUR 2008 | 13ª etapaColumna
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Credibilidad

Decía el otro día David Millar que en la situación actual del ciclismo tenemos que dejar de creer en lo increíble. Y que la prueba está en los pasados acontecimientos. Es decir, que no tenemos que creer en lo que no se puede creer; menudo lío. Yo estoy de acuerdo con él en cierta medida: creo que debemos de dudar de ciertas cosas, sobre todo de las que escapen al sentido común, pero no se puede dudar de todo por sistema, eso sería un grave error. A mí me gusta dejar un resquicio abierto a la genialidad, que circula por ahí y de vez en cuando se manifiesta. La genialidad, donde lo increíble se hace creíble, y donde sería tremendamente injusto ver fantasmas. Porque sencillamente no los hay. Yo sigo creyendo en el ciclismo y no sólo porque sea parte de él. Puedo dudar de ciertas cosas, de ciertos corredores o poner entre comillas ciertas exhibiciones -sobre todo como decía antes, guiado por el sentido común-, pero me sigo emocionando y sigo creyendo en la carrera. Dos, tres, cinco o incluso veinte manzanas podridas no significan que todo el cesto lo esté, como muchos creen ver.

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Cuarto sprint victorioso para Cavendish. ¿Increíble? Puede serlo para alguno, quizá para el que no le sonase mucho y le vea ganar ahora con tal autoridad. Pero no creo yo que ese adjetivo circule entre el resto de velocistas que ya sabían con quién trataban. No, lo de Cavendish es creíble. Se llama talento. Es el más rápido y no tiene rival para hacerle frente, es así de sencillo.

Porque Cavendish llevaba ya tiempo dando fogonazos de clase allí por donde pasaba, pero parece ser que le ha llegado ya el punto de madurez. A pesar de su juventud. Ya explotó en el Giro pero parece ser que se mantiene aún en la onda expansiva, que dura, dura y dura. No obstante, después de su frustrada experiencia en el Tour 2007, muchos pensaban que el Tour aún se le quedaba grande: seguro que en un futuro, pero no todavía.

"Tenías que haberle visto el año pasado", me decía un día mi compañero Flecha. "En la primera etapa -disputada en territorio británico- era increíble lo nervioso que estaba, iba limando desde la neutralizada; a mí estuvo a punto de tirarme en un par de ocasiones, y ya te digo yo que no fui el único". Así describía Flecha el (des)encuentro del figura éste con el Tour. Claro que era normal; 21 años y debutando en el Tour de Francia, nada más y nada menos que corriendo en casa. Todas las miradas puestas en el joven velocista, que se postulaba como la gran esperanza anfitriona. Al final no hizo nada. Bueno, en realidad algo sí: un gran fiasco. Por eso que rompió a llorar nada más terminar el primer sprint. Le salía tantísima presión por los poros durante todo el día, pero aún le quedaba mucha acumulada para el final; por eso que explotó nada más cruzar la meta gracias a esa mezcla de frustración -por no haber hecho nada-, y alivio -de que todo hubiese terminado-. Menos mal que aquello no fue suficiente para desmoralizarlo.

Aquí está de vuelta Cavendish quitándose aquella espina y dando exhibiciones de las de verdad, de esas que aún son creíbles. Al menos yo así lo creo, y espero no equivocarme.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0018, 18 de julio de 2008.

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