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Necrológica:

Cirilo Martínez Novillo, pintor

Discípulo de Vázquez Díaz, pertenecía a la escuela de Madrid

Cirilo Martínez Novillo, uno de los principales pintores madrileños contemporáneos, falleció el martes 15 de julio en Madrid. Había nacido en 1921 en el pueblo de Vallecas, que dio nombre a la escuela pictórica de la que formaba parte. Su primer encuentro con los pinceles se lo proporcionó la dueña que alquilaba a sus padres la casa donde vivió: pintaba cuadritos que entusiasmaban al pequeño, quien, a tan temprana edad, sintió ya la potente pulsión que signaría su vida entre lienzos y trementina. A partir de entonces comenzó a atesorar en su memoria visual colores y volúmenes que aplicaría luego sobre leves formas, con impar sabiduría, durante su fecunda vida artística.

Ésta había comenzado en 1936, cuando se incorporó a una escuela-taller para adolescentes en la sede de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la calle de Alcalá. Fue allí donde Daniel Vázquez Díaz, maestro de pintores, desafió, retador, al joven Cirilo: "Tienes madera de artista", le dijo. El alevín lo consideró el envite que encauzó definitivamente su vida hacia la pintura. Vázquez Díaz fue asimismo quien le instruyó en la importancia de la composición equilibrada, por lo que en sus cuadros se aplicaba mucho para trabarla y dotarla de consistente estructura.

Martínez Novillo era un hombre de una mirada singular, como mostraba su autorretrato de 1947. Nada pasaba inadvertido a su veloz pupila. Desde sus ojos azules parecía capturar suavemente la esencia que los espacios esconden: serían los anchos páramos castellano-nuevos los que él elegiría como trasunto incesante de sus obras, para hacer aflorar de ellos su arte sincero y esencial, que constaba de rasgos singulares: el más inmediato, un vértigo atroz por los primeros planos.

En abril de 1947 muestra su primera exposición individual en la galería Buchholz, de Madrid y, un año después, en el museo madrileño de Arte Moderno. Expuso luego en los Salones Macarrón, de Madrid, en 1950; en la galería Proel, de Santander; en Zaragoza, en la sala Libros, en 1952; en la sala de la Dirección General de Bellas Artes, de Madrid, en 1958... Fue becado por el Instituto Francés, y por la Fundación Juan March, y sus obras, expuestas en galerías de París y Zúrich, pueden verse en Estados Unidos, Canadá, Venezuela, México, Perú, Colombia, Francia e Inglaterra. Fue galardonado con la primera medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes, con el Premio de Pinturas de la Bienal Hispanoamericana de Cuba, entre otras distinciones.

En Madrid, su último estudio estuvo en la calle de Hermosilla, justo encima de un colegio cuyos gorjeos infantiles, en los recreos, le infundían alegría y paz. "Me encanta escuchar a los chavales", señalaba. En sus lienzos surgían estilos tan diferentes como el ingenuo naïf de su óleo Pozo del Tío Raimundo, de 1947, entre colinas y cielos altos, hasta su Belinchón 1979-1980, secuencia de volúmenes blancos donde un pueblecito de Cuenca dormita al amor de la mañana. Éste era el cuadro suyo que más le gustaba, por su sencillez. Sin embargo, admitía que fue el que más le costó realizar, ya que consideraba que en pintura "lo sencillo es lo más difícil de conseguir".

Para no rendirse ante el paisaje desnudo, explicaba, situaba casi siempre una pequeña figura humana en el horizonte. Cirilo Martínez Novillo, gracias a su pintura, forma parte ahora de esos horizontes que con tan delicada desenvoltura tanto acarició con su pincel maestro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de julio de 2008