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Reportaje:INFRAESTRUCTURAS

El ciberespacio es submarino

En el Atlántico hay 400.000 kilómetros de cable, suficiente para llegar a la Luna - Una cadena de roturas en el fondo del mar provocó en enero la mayor caída de Internet - En 2007, los piratas cortaron y se llevaron 11 kilómetros de cable para venderlo como chatarra

En la mañana del 30 de enero, la red de Internet de buena parte de Oriente Próximo se colapsó. Egipto perdió el 70% de sus conexiones de datos con el resto del mundo y más del 30% de sus enlaces de voz. Para un país que ha hecho de los call-centers una floreciente industria, era una catástrofe de primera magnitud. Otros países fueron cayendo como fichas de dominó: Arabia, Kuwait, los Emiratos, Pakistán Bangla Desh y, por fin, la India. Aquí afectó a la industria del software y a las numerosas compañías de outsourcing del país.

El problema tenía su origen en el corte de dos cables submarinos de comunicaciones a unos pocos kilómetros al norte de Alejandría: el FLAG Europa-Asia y el SEA-ME-WE-4. No fueron roturas simultáneas, sino separadas por casi cuatro horas.

Estos cables son dos de las principales autopistas de datos que abarcan medio mundo. El FLAG (siglas de Fiber-optic Link Around the Globe) nace en Nueva York y termina en Japón, pasando por el Mediterráneo y el canal de Suez. Está dividido en tramos. El que resultó afectado empieza en Gran Bretaña, atraviesa Gibraltar, hace un aterrizaje en Estepona y Palermo, cruza el canal de Suez , costea Arabia y Yemen y de ahí va a Mumbai (India), Malasia, Hong Kong y Japón. Total, 27.000 kilómetros con una capacidad de transmisión de 10 Gbit/segundo. El SEA-ME-WE-4 (sus siglas son abreviaturas de las zonas que sirve) sigue un camino parecido: 18.000 kilómetros desde Marsella hasta Singapur. Es uno de los cables más modernos y de mayor capacidad del mundo. Está en servicio desde 1995.

Dos roturas casi simultáneas hicieron temer que se tratase de un sabotaje. Y más aún cuando al día siguiente se anunció una tercera ruptura frente a las costas de Omán; una cuarta, el 3 febrero, frente a Qatar, y la quinta, al día siguiente, en Malasia.

50 roturas al año

El caso de Qatar se atribuyó a un ancla abandonada. Y las dos roturas de Alejandría podrían deberse a otra ancla arrastrada descuidadamente por el fondo. Tampoco es tan raro. Sólo en el Atlántico se registran unas 50 roturas cada año.

Los océanos están entrecruzados por una maraña de cables que comunican los cinco continentes. Algunos están en uso y constituyen la espina dorsal de Internet; otros se han abandonado después de cumplir su vida útil. En aguas someras suelen ir enterrados a un metro de profundidad, pero a grandes profundidades simplemente reposan en el suelo. Sólo en el lecho del Atlántico hay más de 400.000 kilómetros de cable, suficiente para cubrir la distancia hasta la Luna.

El primer cable submarino se tendió en 1850 a través del canal de la Mancha. Ocho años después, se instaló uno entre Irlanda y Terranova, lo que constituyó una verdadera epopeya. Este cable y los que le seguirían sólo se utilizaban para enviar telegramas. La resistencia de un hilo de semejante longitud obligaba a utilizar tensiones de miles de voltios.

Aquellos primeros telegramas se movían por el larguísimo cable a paso de tortuga. Una sola letra de morse tardaba dos minutos en ir de un lado a otro. El primer telegrama, de la reina Victoria al presidente Buchanan, tardó 17 horas en llegar. En un esfuerzo por acelerarlo, alguien pensó en aumentar el voltaje de transmisión de 600 a 2.000 voltios. Se mejoró el rendimiento a costa de destruir el aislamiento del cable. En 1858, el sistema falló y nunca más fue reparado.

En 1865 se volvió a intentar.Para entonces, en España ya se habían instalado numerosos cables. El primero fue para comunicar Ceuta; el segundo se tendió entre Barcelona y Mallorca. Después vendrían más: de Cartagena a Argelia; de Bilbao y Vigo a Inglaterra, de Cádiz a las Canarias... Siempre para servicio telegráfico.

Del cable eléctrico al óptico

Los circuitos para telefonía no aparecieron hasta principios del siglo XX. El primer cable telefónico transatlántico (el TAT-1) hubo de esperar hasta 1956.

Hoy el cable submarino ya no es eléctrico, sino óptico: unos finísimos pares de fibra de vidrio por los que circulan impulsos de láser a la velocidad de la luz. Cada pocos kilómetros dispone de relevadores que se encargan de realimentar los destellos para compensar la inevitable pérdida que sufren en su trayecto. Aunque la fibra óptica apenas mide un milímetro de diámetro, todos sus envoltorios y protecciones dan un diámetro final parecido al de una lata de refresco.

Desde que ese instaló el primer cable de fibra óptica, a mediados de los ochenta, su capacidad y velocidad no han dejado de aumentar. El primero que se tendió a través del Atlántico tenía una capacidad de 280 Mbits por segundo. El SEA-WE-ME 4, con sólo dos pares de fibra ópticas, alcanza los 10 gigabits por segundo por canal óptico. En total, a máxima utilización, puede llegar a 1.28 terabits. Alrededor del 75% de esa cifra corresponde a servicios de Internet.

Un terabit corresponde aproximadamente a medio millón de páginas mecanografiadas. En un segundo, pues, podría transmitirse al otro lado del mundo el contenido de una pila de papel de 50 kilómetros de altura. O 10 millones de llamadas telefónicas simultáneas.

Circulando a cientos o miles de metros bajo el mar, parece que estos cables deberían estar a salvo de cualquier percance, pero no es así. Las del este año fueron sólo las últimas en una larga serie de anomalías. Ya en 1929, una avalancha submarina cortó siete cables en el fondo del Atlántico. Fue un cataclismo tan violento que los geólogos pudieron seguir el desarrollo del derrumbe monitorizando los puntos por donde se rompían los cables.

Más pintoresco es el caso de los piratas que el año pasado cortaron y se llevaron la friolera de 11 kilómetros de la rama del SEA-ME-WE3 que sirve a Vietnam, Tailandia y Hong Kong. En total, 100 toneladas de metal que pretendían vender como chatarra. La broma le costó a la compañía telefónica vietnamita más de seis millones de dólares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de julio de 2008