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BALÓN ENVENENADO | EUROCOPA 2008

Suelo y techo

Un acontecimiento es una emoción infantil que las personas mayores se toman en serio. Hay algo de pasión infantil en nuestras alegrías y nuestras tristezas, pero conviene recordar que nunca ha merecido la pena explicarle a los adultos las cosas sobre las que no se puede hablar con un niño. Lo decía Antonio Machado, y yo lo recuerdo cada vez que voy al campo de fútbol o al llenar la nevera de cervezas, cuando quedo con los amigos para ver un partido en casa. Hay una alegría nerviosa, como una banda de música metida por las venas, en los pasos de la gente que camina con prisa y se agolpa en las puertas de los estadios. Las cocinas viven la misma inquietud, la misma bulla, que la puerta de un estadio cuando faltan diez minutos para que empiece el partido. Los amigos no dejan ver bien el juego, impiden la concentración, pero dan compañía, rebajan el miedo y ayudan a perder o a pasar con dignidad la eliminatoria. Los amigos pertenecen a una fauna armada de complicidades, se conocen como los socios que comparten tribuna a lo largo de las temporadas, los ruidos y las furias. Cuando te dejan solo, tienes la sensación de estar en un campo vacío, ante un partido a puerta cerrada por sanción federativa. Eso me ocurrió a mí el sábado pasado. Los horarios del fútbol coincidieron con las firmas de la Feria del Libro de Madrid. Grabé el partido y lo vi en soledad, abandonado a mi condición melancólica.

No soy nada partidario de que saquemos contra Grecia una alineación de suplentes

Soy un optimista melancólico o un nostálgico esperanzado. Durante muchos años, los niños españoles aprendimos a jugar al fútbol en la calle. No sabíamos levantar la cabeza, porque era imprescindible mirar al suelo para no caernos por culpa de una piedra. Nuestro fútbol tenía sangre y arena en las rodillas. Bajábamos con furia la cabeza y embestíamos, como los toros que quieren matar a José Tomás para que José Tomás no los mate a ellos. Después de una larga transición, nuestros niños y nuestros futbolistas empiezan ahora a levantar la cabeza. Xavi, Cesc, Cazorla, Capdevila y Torres le sostienen la mirada al campo. Hasta los golpes de genialidad de Villa, son ya propios de un niño europeo que ha aprendido a jugar en las instalaciones deportivas de su barrio. El fútbol español parece estar viviendo la transición que protagonizó el ciclismo cuando la maquinaria disciplinada de Indurain sustituyó a los hachazos de Perico Delgado. Eso me llena de melancolía y de optimismo. Espero que Luis, que se ha encontrado con esa transición por fatalidad histórica, sepa aprovecharla. No soy nada partidario de que saquemos contra Grecia una alineación de suplentes. Los equipos hay que hacerlos, consolidarlos en la competición, y España apunta autoridad y salud, pero tiene notables desajustes todavía. Más que para descansar, estamos para terminar de hacernos y descubrir cuál será nuestro techo. La cocina de casa, amigos míos, ya os está esperando. Esta vez habrá musaka.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de junio de 2008