OPINIÓNColumna
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Un cielo

Fraga es un cielo. Es curioso, aquel hombre tronante que arrancaba de cuajo los teléfonos cuando se le desmandaba alguien, el mismo tipo que dijo que la calle era suya, la misma persona que llama estúpido ("es una sandez") al hijo de un antiguo colaborador suyo, Gabriel Elorriaga, puede ser "un cielo, un amor". Otros le gritan: "¡Jubílese ya!". Eran los que antes le adoraban.

Le adora, por ejemplo, Alberto Ruiz-Gallardón. Llora por él; ha hecho manifestación pública de ese afecto. La amistad es heredada, viene del padre de Alberto; está forjada, pues, a base de años y de lágrimas mutuas, y de pérdidas. Hace un rato, Gallardón era un perdedor, Aguirre tensaba el látigo sobre su sombra. Pero la vida es así. Ahora es mejor tocar Gallardón que tocar Aguirre. Suena mejor.

Ha subido la bolsa de Gallardón; subió el domingo pasado, cuando Fraga, en este periódico, le puso la alfombra que va hasta el liderazgo. Fue entonces cuando alguien le oyó decir a Gallardón sobre su mentor político: "Es un cielo, un amor".

Un cielo. No un trozo de cielo, ni siquiera un tocinillo de cielo: un cielo entero. Al día siguiente de haber recibido ese subidón caído del cielo, Gallardón se fue a presentar un libro, Dorón Benatar, de Aída Berliavsky (El Tercer Nombre). Tocar a Gallardón, a veinticuatro horas de la invocación de Fraga, era tocar madera de santo; el hombre valía más. Se le nota; a Alberto se le nota todo, la melancolía, la rabia y la política.

Lo tuve al lado, preparando su presentación. Algunos alcaldes de Madrid (Tierno, el propio Gallardón) están dotados para presentar libros; otros no valen para eso. Tierno se los hacía subrayar, después improvisaba. Un día tenía que presentar a Henry Miller y se hizo comprar los libros aceleradamente; no se tiene tiempo para todo: o eres Tierno o presentas libros. Cuando hacía las dos cosas improvisaba y no se sabía si estaba presentando un libro o un concierto.

Gallardón fue con el libro muy subrayado, y luego improvisó. Subrayaba párrafos enteros; construía con su bolígrafo veloz volutas concéntricas que le ayudaban, valga la paradoja, a concentrarse. El libro va de "un detective existencial" que busca por el Madrid de hoy un libro único que un judío de Toledo encuadernó en el siglo XVII con piel humana... Mientras el alcalde iba recordando eso, le imaginé a él mismo hasta hace nada con la piel a tiras. Y ahí lo veías, recompuesto, como un brazo de mar, esperando el santo advenimiento, confortado con el auxilio de Fraga. Como venido del cielo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 14 de junio de 2008.