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COLUMNA

El socialismo liberal / y 5

Todos somos, de alguna manera, víctimas de nuestros propósitos y eso es lo que les está sucediendo a estas columnas sobre el "socialismo liberal". Mi intención era dar razón, como creo que cumple al tratamiento periodístico, de una de las modas ideológicas actuales más celebradas en la esfera política moderada: la conciliación complementaria entre socialismo y liberalismo como vía de penetración / recusación, en definitiva tiro de gracia a la tan anémica fundamentación teórica del socialismo último. Anemia que quizá tenga como causa principal la extraordinaria pérdida de presencia y de prestigio del marxismo. Pero al entrar en el tema redescubrí la notable consistencia intelectual de las reflexiones pioneras producidas al amparo de la denominación socialismo liberal, que, tomando pie en el pensamiento de Proudhon, encontraron en el siglo XX poderosos resonadores en las grandes democracias europeas. En Alemania con Eduard Bernstein, Friedrich Nauman y sobre todo el economista Franz Oppenheimer, con unos ramalazos finales que alcanzan a Habermas. En el Reino Unido, la corriente social liberal, como era esperable, abunda en nombres desde los iniciales de Stuart Mill, Green y Hobhouse hasta las más recientes de Cole, Tawney, Titmuss, Crosland, etcétera, cuyo objetivo principal es asociar crecimiento económico y justicia social, olvidando a Giddens. Italia es la tierra de elección de la corriente socialista-liberal, con su primer y principal promotor Carlo Rosselli, al que me he referido ya, y su culminación en el gran Norberto Bobbio, para quien libertad e igualdad son una realidad vivida cuando los excluidos son efectivamente libres, es decir, pueden salir de su exclusión.

En el Reino Unido, el objetivo principal es asociar crecimiento económico y justicia social

Los instrumentos keynesianos típicos son hoy inutilizables por las reglas de la Unión Monetaria Europea

Francia es el país donde el socialismo liberal se vive más conflictivamente y no por falta de representantes. Pues más allá de la inspiración proudhoniana, y ya en el siglo XIX, cuenta con las personalidades del filósofo Charles Renouvier, de Charles Andler, del belga Henri De Man, y sobre todo del más influyente pensador socialista francés Jean Jaurès, fundador de la SFIO, primera apelación del Partido Socialista francés; a los que en el siglo XX, se añaden Léon Blum y André Philip, enarbolando la bandera de la emancipación del pueblo obrero y apuntándose, en cierta manera, al socialismo liberal. El último fue un soporte incondicional de los antifranquistas españoles en Francia y por ello Enric Adroher Gironella y yo mismo le somos tan grandes deudores.

El reader Le Socialisme libéral. Une anthologie: Europe, Etats-Unis, Ed Esprit 2003, de Monique Canto-Sperber, seguramente la más pugnaz promotora del proyecto de arrinconar al socialismo histórico de inspiración marxista, y de sustituirlo por un liberalismo social, presenta en su libro Les règles de la liberté, Plon, 2003, que acaba de republicar con el título de Le libéralisme et la gauche, Hachette-Littératures, 2008, los pretendidos argumentos de la total inadecuación del socialismo, incluso en su versión social democrática, con el mundo actual. Bajo el epígrafe de "una falsa buena idea", la autora procede a su desahucio definitivo, pues la "evolución de la realidad económica con la financiarización de la economía, la autonomización de los mercados financieros, la transformación del capitalismo industrial en capitalismo patrimonial, la agudización de la competencia mundial y la hegemonía de la economía de la información y del conocimiento condenan a la impotencia a los poderes públicos". Por lo demás, los instrumentos keynesianos típicos: la política monetaria basada en las devaluaciones y las políticas presupuestarias con el juego de los déficits son hoy inutilizables por las reglas de la Unión Monetaria Europea. A lo que según los liberales deben agregarse las mutaciones operadas en el mundo del trabajo: generalización de la precariedad laboral, dominación de la economía de servicios y de su capacidad desestabilizadora, y en especial la agravación del paro, el insostenible crecimiento del costo de los programas sociales y los recursos cada vez más exiguos generados por las políticas fiscales. ¿Qué sentido tiene en esta situación hablar de social democracia? Aunque pueda coincidirse en buena medida con este dramático diagnóstico, lo que no es de recibo, por mucho optimismo liberal que se le eche, es querer superarlo a golpe de "autonomía de la sociedad civil" y de "gobernación mundial" como sostienen los liberales. ¿Qué cabe pues hacer?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de junio de 2008