Columna
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ONG

Antílopes, pieza teatral que denuncia el colonialismo pseudohumanista practicado por las ONG en África, se podrá ver la próxima temporada. La produce el Teatre Nacional de Catalunya y es obra de Henning Mankel, padre del detective Kurt Wallander. El escritor sueco siempre expresa su preocupación por un territorio que conoce muy bien (dirige el Teatro Nacional de Mozambique) afirmando que Europa es incapaz de tratar de tu a tu a aquellos pueblos machacados, que como mucho nos acercamos con una actitud compasiva, de piedad. Y caricaturiza la falta de integración de los cooperantes afirmando que "incluso se llevan los muebles de Ikea". Pese a ello, Mankel no critica a las personas, sino que cuestiona el sistema de relaciones entre Europa y África.

Otros dardos no proceden de posiciones tan honestas, y los gobiernos dictatoriales consideran a las ONG como grandes enemigos, aunque solo se ocupen de vacunar. Los criminales impedimentos para que personal sanitario y de logística pueda entrar en Myanmar son una muestra. Guatemala y el Perú de Fujimori orquestaron campañas de difamación contra organizaciones vigilantes de los derechos humanos; en Guatemala se ejerce la violencia contra grupos feministas; los paramilitares mexicanos las acosan; Rusia las acusa de infiltrar espías; en Gaza no se les permite actuar con libertad... y en Estados Unidos los conservadores han desatado una caza de brujas contra Greenpeace y Amnistía Internacional.

En cuanto a la izquierda, en este terreno siempre ha basculado entre la admiración y la desconfianza. Por una parte, se teme la confusión de la imagen entre asociaciones humanitarias y gobiernos o ejércitos, en los que en ocasiones han estado empotradas en zonas de conflicto. Por otra, se reprocha la autocensura o excesiva prudencia para no poner en peligro a sus propios cooperantes, internacionales o locales, que más de una vez se han dejado la vida.

También hay un cierto prurito melindroso que lleva a rechazar las actividades recaudatorias de las ONG, equiparando rastrillo solidario con ropero de la caridad. Pero tampoco es eso. El fenómeno del voluntariado ha seguido en auge, pese a los escándalos de corrupción que de vez en cuando nos anonadan, y me honro en contar con la amistad de personas que dedican su tiempo libre a sacar adelante pequeñas organizaciones. Mientras los puretas repudian sin mover un dedo lo que consideran parches, ellos y ellas levantan casas en Nicaragua, huertos escolares en el Alto Parapetí, centros de salud en Ecuador. Ya se sabe que solo una decidida acción política global podrá acabar con las injusticias, pero... ¿qué derecho tenemos a descalificar iniciativas gracias a las cuales un puñado de niños llegarán vivos al día en que, desde nuestro sofá, logremos redimir a la humanidad en su conjunto?

PD. Fallas, paella y barraca eran, para el brillante observador de los años setenta, formas de oscura conciencia. Mucho después de aquel certero diagnóstico sobre la perplejidad de este país, le despedimos entre regatas, derribos y bólidos. Y los mismos discursos narcisistas. Modernizados como el que más, que diría Josep-Vicent Marqués. Descanse en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 05 de junio de 2008.

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