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COLUMNA

Una dama

Me pregunta un amigo si pienso que en la consideración mediática que está recibiendo Hillary Clinton hay un tufillo machista. Me lo pregunta intuyendo que diré que sí y que iniciaremos una suerte de pelea cibernética, porque mi amigo está, como muchos hombres, ligeramente escamado con esta "feminización" de la vida pública. Le digo que, en mi opinión, Hillary se ha hundido sola. Comenzó a hundirse el día en que, haciendo el papel de mujer abnegada, apoyó a ese hombre-niño que se dejaba toquetear por una becaria en el despacho oficial, a dos pasos de ella. Ese día, Hillary no pensó en salvar su matrimonio sino en su futura carrera política. Así lo entienden ahora muchos votantes demócratas. Esa mujer brillante, sin duda, inspiradora de análisis diarios en la prensa, ha confiado para esta precampaña en el mismo hombre que se burló de ella tantas veces. Resulta patológico. Bill Clinton la humilló, dicen que la sigue humillando (según un reportaje en el Vanity Fair que ha provocado cierta controversia), y con sus intervenciones agresivas en esta última fase la ha conducido hacia lo que ya se apunta como el final de su carrera política. Aun así, su figura seguirá siendo objeto de estudio: defensora de un buen sistema de sanidad público y mujer que se dejó engatusar por el brillo del dinero; oradora exquisita que apeló a la rudeza para conseguir el voto de las clases humildes; mujer que denunciaba los ataques de los que era objeto por ser mujer y no tenía empacho en señalar las dificultades de un negro para conquistar a los blancos pobres. Pura contradicción. Sin embargo, le digo a mi amigo, también se recordarán los adjetivos que adornaron a la primera mujer que quiso ser presidenta de los Estados Unidos: zorra, mala, bruja, bicho, histérica, etcétera. Adjetivos que, aquí y allá, se utilizan sólo para describir a una dama.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de junio de 2008