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Pekin 2008 | Faltan 81 días para los Juegos

El gran reto de un deporte exótico

Pablo Abián aspira a ser el primer español que gana un partido olímpico de bádminton

Ningún español ha ganado aún en los Juegos Olímpicos un partido de bádminton, un deporte tan exótico y minoritario como parece, y mucho más sofisticado y exigente. Pablo Abián, al que, como es aragonés -de Calatayud- se le supone la cabezonería para perseverar en una disciplina que no le hace rico ni famoso, está preparado para acabar con la mala racha. Lleva cinco años en Madrid sometido a dobles sesiones diarias de entrenamiento, y estudiando INEF, y de momento ya tiene plaza olímpica. "Lo más difícil ya está conseguido", dice. "Y ahora sí que puedo decir que merece la pena el esfuerzo. Ser el primer español que gana un partido olímpico no estaría nada mal, pero si tengo suerte en el sorteo no renuncio a nada". En un cuadro de 32 jugadores, con dos victorias, Abián, de 23 años, acabaría entre los ocho primeros; un tercer triunfo le permitiría luchar por las medallas.

Abián es quinto de Europa, lo cual no significa mucho en un deporte en que las principales figuras, las pocas que se hacen millonarias en las superseries, el más alto de los siete niveles en que se estratifican los torneos, son en su mayoría asiáticas: indonesias, chinas, coreanas, herederos de una historia fascinante, mitad fantasía, mitad real. Sólo daneses e ingleses mantienen la llama europea de un deporte de raqueta y objeto volador que, como casi todos, fue reglamentado por los británicos a finales de siglo XIX. Lo descubrieron los oficiales del Imperio hacia 1860 en India, donde se llamaba poona. Pero lo practicaron con una variación: cuenta la leyenda que un día de alegría empezaron a golpear un corcho de champaña al que, para que volara más, le pegaron alrededor 16 plumas del ala izquierda de un ganso. De India lo llevaron a la metrópoli y en su castillo de Badminton el duque de Beaufort organizó en 1873 la primera competición entre oficiales. Desde allí conquistó el mundo, aunque no fue olímpico hasta Barcelona 1992.

"Las plumas tienen que ser del ala izquierda del pato para que giren siempre en el mismo sentido", explica Abián, que consume un paquete de 15 volantes (versión española de la voz inglesa shuttlecock, que es como se llama al objeto que golpean con las raquetas por encima de una red en un campo de juego de 13,4 por 5,18 metros), unos 18 euros, por partido. "Y no son el único asunto pejiguero. Debemos jugar bajo techo porque la menor brisa se lleva al volante volando, y no hay quien juegue. Y para evitar cualquier problema tenemos que jugar sin aire acondicionado, lo que convierte las pistas en un horno en verano. Como mucho, antes de entrenarnos damos un poco el aire para enfriar la pista, y en la cancha olímpica tienen estudiado un sistema para que los chorros de aire salgan a poca velocidad entre los asientos de las gradas y no nos perturben". Y ahí no acaban las condiciones. Existen cinco tipos de volante de más a menos pesado, que se usan teniendo en cuenta la altitud, la temperatura y la humedad. "Se trata de buscar una velocidad estándar", dice Abián. "Y podemos hasta afinar más doblando un poco las plumas".

Lo suficiente para dar al bádminton una imagen de deporte de pijos, raquetita y gimnasia. "Pero qué va, qué va", protesta Abián, que se pone una camiseta de su patrocinador, una marca de agua mineral soriana, para las fotos. "Somos un deporte minoritario, y en cierto sentido eso nos marca, nos hace sentirnos diferentes, pero para nada es pijo. No es de club privado sino de escuela. Es de los más baratos, una raqueta muy buena, de grafito o carbono, vale 180 euros, pero se puede jugar con unas mucho más baratas y con volantes sintéticos, que no se rompen".

En la escuela empezó Abián a jugar porque su padre, Antonio, profesor de educación física, le enganchó de pequeño a la red. "Bueno, primero a mis hermanos mayores, y también fundó el club de bádminton de Calatayud, el San Íñigo", cuenta Abián. "Yo cuando empecé a jugar con gente mayor enseguida les ganaba. Luego llegaron los títulos y me fui a Madrid. Beca, plaza en la residencia Blume y carrera, que llevo bien, estoy en quinto. Mucho entrenamiento físico, carreras, series y pesas, y técnico, porque el bádminton requiere muy buena forma, resistencia, velocidad y cambio de ritmo, aparte de reflejos y velocidad de pensamiento. Y los fines de semana, competición. Así que aparte de bádminton poca cosa más: oír algo de música, darle al ordenador, leer a Dan Brown...".

Un partido, al mejor de tres sets de 21 puntos, puede durar hasta hora y cuarto de intensidad total. Aunque se frena en el aire, el volante es el objeto golpeado por una raqueta que más velocidad adquiere, hasta 260 km/h. "Destaco por mi físico", dice el jugador aragonés, cuyo mito es indonesio y se llama Taufik Hidayat, campeón del mundo y olímpico que posee un smash de revés asesino desde el fondo de la pista. "Me cuesta matar el tanto, pero es difícil que me hagan un punto. Domino bien la red, controlo las dejadas, pero es importante tener ataque", cuenta.

Como el ajedrez, cuanto mejor sea el rival más se aprende. Por eso, para mejorar la técnica, a veces se trae a España a jugadores indonesios como sparrings. "Y se nota, se nota", dice Abián; "esto es tan duro...".PEKÍN 2008

Faltan 81 días para los Juegos

Pablo Abián

- Nació en Calatayud (Zaragoza) en 1985.

- Empezó a jugar al bádminton gracias a su padre, que fundó el Club

de Bádminton de Calatayud. Enseguida ganaba ya a gente mayor que él.

- Estudia Educación Física.

- Es quinto de Europa

en un deporte que dominan los jugadores asiáticos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de mayo de 2008

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