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COLUMNA

Algunos llantos

Siempre pico. Leí que Franco se había hundido porque había perdido a un hijo secreto y, como una pardilla, me arrojé en las fauces de la información. Era por Marruecos: lo tenía por suyo, como los autoritarios y los frustrados poseen a los hijos, sin darles libertad.

Suelo caer también cuando el titular me anuncia una llantina de Bush Jr. Viene de familia. Creo que su padre llora cuando pesca y que a su abuelo, ya provecto, le pasaba lo propio cuando no acertaba con los botones de la bragueta en el mingitorio. Cuestión genética, pues, la del actual George de la Casa Blanca. No implica debilidad alguna pero humaniza su legado de cara a la Historia. Por el momento, le ha valido 980.000 entradas en Internet, sólo escribiendo lágrimas. Imaginen las que tendrá si sumamos llanto, emociones, llorera... Un manantial de humanidad. Hubo un tiempo en este país en que se puso de moda entre las recién liberadas decir que nos gustaban los hombres sensibles. Era una de las muchas formas de rechazar el machismo. Algunos aprendieron el truco. Lloraban para conquistarnos, lloraban entre dos maltratos, lloraban al tener que abandonarnos. Cáscaras. Aquello se puso tan insoportable que algunos hasta lloraban cuando les llevabas a ver una función de ballet contemporáneo. Tiempo de ingenuidades conmovedoras. Ahora distingo a un cabronazo llorón antes de que se persigne un cura loco, y he aprendido a amar y a admirar a los hombres que pechan sobriamente con sus penas. Sé que es una cuestión de lagrimal propenso. Yo misma lloro mucho a lo tonto, y eso no me hace ni más buena ni más sensible, sólo más pelmaza. Pero siempre pico con los grandes. Siempre espero: "Franco se emocionó al firmar una sentencia de muerte", o "Bush Jr. lloró al enterarse de las bajas civiles que sus chicos perpetraron en el sitio de Faluya".

Pardilla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de abril de 2008