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CARTAS AL DIRECTOR

Seguridad y libertad

El Estado supone, entre otras cosas, vender parte de nuestra libertad individual a cambio de seguridad. En esta sociedad del miedo -a los atentados, a las enfermedades, a la misma muerte- cada día se cede más. Cámaras en las calles, registros por doquier, detenciones sin pruebas -véase el caso norteamericano-, y un largo etcétera de bondadosas medidas con las que podemos dormir tranquilos que pretenden que las calles estén limpias de delincuentes.

Ir a un aeropuerto es, hoy por hoy, exponerse a todo tipo de humillaciones. Te descalzan, te soban, te hacen sacarte el cinturón, el reloj y demás. Mi última experiencia es la que sigue: no pude pasar un tubo de pasta de dientes de 125 gramos y que estaba semivacío porque el límite legal son cien gramos. Eso sí, en el tren, el barco o en cualquier otro medio de transporte podemos meter, ya no pasta de dientes, sino kilos de explosivos o el Winchester de John Wayne.

Paradójicamente, ha sido en los trenes donde hemos sufrido el terrorismo en nuestro país. Pero los trenes no los registran, no señor. Es absurdo. Tan absurdo como que uno tenga que sentirse como un delincuente cada vez que franquea un control de aeropuerto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de marzo de 2008