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Crónica:UN ASUNTO MARGINAL | OPINIÓN

El peor título del mundo

¿Cuál podría ser el peor título del mundo? Algunas obras maestras han sido tituladas con cierta desidia. Tolstói no se mató con Anna Karenina. Tampoco Flaubert con Madame Bovary. En algunos casos sucede lo contrario: Thomas de Quincey se puso el listón muy alto con Del asesinato como una de las bellas artes, y, sin embargo, sigue respondiendo a las expectativas. Se trata de una cuestión compleja.

Algunos diarios clásicos, como Le Monde, fueron hasta hace relativamente poco refractarios al titular llamativo. Tenían, por ejemplo, una entrevista con el ministro de Hacienda, llamémosle Dupont, en la que se anunciaban subidas de impuestos, crisis fiscales o devaluaciones, y ellos, con elegante indiferencia, titulaban: "Un entretien avec M. Dupont".

Merino no es Tolstói ni Flaubert, pero ha publicado ya cosas, se explica con soltura y rezuma honestidad

La prensa anglosajona, sobre todo la sensacionalista, mantiene una tradición distinta. En Nueva York, hace unos años, fue descubierto un cadáver mutilado en un bar de señoritas en topless, o sea, literalmente, "sin la parte de arriba". Era un suceso simplemente curioso, pero con unas posibilidades irresistibles. Al día siguiente, The New York Post llevó el asunto a portada, con grandes caracteres: "Headless torso in a topless bar" (es decir, "Torso sin cabeza en un bar sin la parte de arriba"). ¿Cómo no leer esa historia?

EL PAÍS, como habrán notado sus lectores, se adscribe a la escuela exhaustiva. El libro de estilo de la casa exige que el titular se corresponda, obviamente, con el contenido del texto, y que aporte el mayor número posible de elementos informativos. Eso suele ser útil para el lector. Ahora hemos acortado un poco los enunciados, pero sigue resultando normal un titular de este tipo: "Interceptado un cayuco con 16 inmigrantes ilegales a 14 millas de Cádiz". Debajo, un sumario: "Todos presentaban un buen estado de salud y fueron entregados a la policía para tramitar la expulsión". El inconveniente radica en que sólo un lector muy entregado a la causa se adentrará, sabiendo ya todo eso, en un texto del que no puede esperar grandes sorpresas.

Los accidentes, a veces, proporcionan los mejores titulares. En este mismo periódico, en cierta ocasión, ocurrió con un ladillo, ese titulín que se intercala en el texto para darle un respiro al lector (que el lector, por cierto, suele aprovechar para irse a respirar a la página siguiente). Se trataba de una recensión amplia sobre un libro muy amplio y no precisamente ligero. El confeccionador quiso advertir al redactor de que en el texto faltaba un ladillo y, en un simpático rasgo de humor, colocó en el lugar correspondiente la palabra "Ladrillo". El gazapo se publicó. El autor, dicen, se molestó un poco. En ese caso, en mi opinión, el ladillo contenía una alta dosis de veracidad. Da igual. Aunque no fuera así, ¿quién se resistiría a leer una crítica literaria titulada "Ladrillo"?

Hablábamos de los peores titulares. En lo que se refiere a libros, la palabra "memorias" tiende a descorazonar al potencial lector, excepto en el caso de que el autor sea un personaje conocido de gran interés. Y aun así. Consideremos la peor hipótesis: un autor desconocido que titula su obra Memorias de un contable o Memorias de un registrador de la propiedad. La cosa es tan alarmante que el lector, dando un prudente paso atrás, sospecha que puede tratarse de un guiño irónico, o incluso de una novela de humor.

Yo, que soy un titulador execrable, me siento atraído por los títulos repelentes. Hace unos días, y a través de una cadena de casualidades, llegó a mis manos un ejemplar de colección: Memorias de un gerente. Parece, en principio, el tipo de libro que sólo puede interesar a otro gerente con mucho tiempo libre, o a mí. El título no es en absoluto engañoso: se trata, en efecto, de las memorias profesionales de Felipe Merino, que durante 35 años ha ejercido como gerente dentro del grupo asegurador Mapfre.

Merino no es Tolstói ni Flaubert, pero ha publicado alguna otra cosa antes, se explica con soltura y rezuma honestidad: la hipocresía, la incapacidad de los jefes para ejercer la autocrítica, los líos sentimentales, las reuniones tediosas, las pequeñas satisfacciones laborales, los trucos de un jefe veterano... ¿Saben qué? A mí me ha gustado. Tiene la franqueza de una charla privada. Con un título más común en el género empresarial, del tipo ¿Quién se llevó el queso del consejero delegado?, no se me habría ocurrido abrirlo. Es lo que pasa a veces con los peores títulos del mundo. -

Memorias de un gerente, de Felipe Merino. Fugger, Comunicación y Empresa, 2007. 357 páginas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de marzo de 2008