Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:CRUCEROS

Visiones de gigante en la ruta del 'Titanic'

Dos cruceros muy distintos: la gran travesía del Atlántico y un recorrido clásico por el Mediterráneo

1 DE LONDRES A NUEVA YORK EN EL 'QUEEN MARY 2'

El más largo, el más alto, el más lujoso. Así reza la publicidad del Queen Mary 2, el crucero más glamouroso del mundo, botado en 2004 y propiedad de la naviera Cunard Line. Y claro, uno entra por la pasarela de acceso con los ojos como platos, mirando a un lado y a otro por si ve aparecer en un momento dado a una princesa del papel cuché o al mismísimo Leonardo DiCaprio. Aunque vienes directo desde el aeropuerto, después de un madrugón de órdago para tomar un vuelo hasta Londres, llevas puestas tus mejores galas, pues no sabe uno en estas circunstancias dónde va a quedar el listón de la elegancia.

Accedes nervioso al gigantesco navío por esa pasarela, como quien entra en un mundo mágico. Te recibe un azafato atlético y bronceado y una azafata no menos bronceada y atlética con una copa de champán, te dan la bienvenida y te acompañan a un enorme recibidor enmoquetado hasta el techo en tonos dorados y rojos e iluminados con grandes lámparas de araña. OK, prueba superada. Estoy dentro de la película.

Seis días de navegación entre Southampton y Nueva York, marcados por el 'glamour' del 'Queen Mary 2'. Y de Venecia a Atenas, una semana de niños, baile, bermudas y recorridos en motocicleta.

El Queen Mary 2 es, según rezan los folletos de la naviera, el transatlántico más fabuloso jamás construido (aunque en capacidad le supera el Freedom of the Seas, de la Royal Caribbean Cruises). Pesa 150.000 toneladas, tiene una altura equivalente a 23 pisos y una eslora de 342 metros, o lo que es lo mismo: cuatro campos de fútbol. Costó 700 millones de euros y puede alojar a 2.620 pasajeros atendidos por 1.700 tripulantes. En esta mañana gris típicamente inglesa permanece atracado por la amura de estribor en el muelle de Southampton, como un gigante blanco y dócil preparado para una nueva travesía del Atlántico norte. Igual que el Titanic hace ahora 96 años. De hecho, vamos a repetir su ruta -de Southampton a Nueva York- incluso en un tiempo similar al que hubiera empleado el Titanic de no habérsele puesto por medio un inoportuno iceberg: seis días. Sólo que el moderno Queen Mary 2 desplaza el triple de peso que aquél.

Acodado en la borda mientras los operarios de tierra sueltan amarras y el capitán hace sonar la sirena, el pasaje (de rigurosa etiqueta, por supuesto) se hace fotos y graba el momento en sus cámaras de vídeo. Nada de confetis. Eso sólo pasa en las películas.

Mientras el Queen Mary 2 va ganando velocidad en busca de aguas abiertas en el canal de la Mancha, los últimos barracones grises y tristes del puerto de Southampton desfilan con parsimonia en el horizonte, en un trávelin perfecto. Los ocupantes de algunas embarcaciones de recreo saludan agitando las manos desde allá abajo, lejísimos, en sus minúsculas embarcaciones, palillos imperceptibles vistos desde esta altura de gigante.

Explorando el buque

Luego te acomodas por fin en el camarote; cuelgas el esmoquin, los trajes, las corbatas y las camisas de puño doble, las pajaritas, los gemelos, los zapatos de estreno y los mil complementos que llevas para tanta fiesta de etiqueta como te han amenazado previamente que habrá, y te vas a hacer lo que hacen todos los turistas en un crucero, sea de lujo como éste o no: una excursión con cara de sorpresa boba para descubrir los entresijos del barco.

De nuevo las cifras del Queen Mary 2 apabullan: 12 restaurantes de diversas cocinas internacionales, 14 bares, spa-balneario, gimnasio, teatro, planetario, cine, cinco piscinas, la biblioteca navegante más grande del mundo... Aun así, una pregunta empieza a golpear con insistencia cuando aún no hace ni cuatro horas que hemos partido: ¿qué se puede hacer durante seis días encerrado en un barco, por muy lujoso que sea, mientras cruzas el Atlántico norte?

Por ejemplo, mandar al cuerno la dieta y entregarte a los placeres del bufé libre. Me pongo ciego de sushi y de comida oriental. Luego paso por un italiano, y remato la faena del primer almuerzo con una hamburguesa rebosante de patatas fritas. ¡Toma colesterol! Luego, siesta; total, si algo sobra aquí es tiempo. Por la tarde me entran remordimientos y decido ir al gimnasio. Es espectacular. Me instalo en una bicicleta estática y al poco me doy cuenta de que en la bici de la izquierda hay una señora pelirroja entrada en carnes: ¡es Sarah Ferguson!, ex duquesa de York. ¡Cielos! Y a mi derecha, en una cinta de correr, está..., no puede ser..., ¡Valeria Mazza! Al cabo de una hora me bajo de la bicicleta con una terrible tortícolis de tanto mirar de reojo hacia la derecha.

Luego llega el gran ritual de la cena, el momento más esperado del día. Casi todas son de gala; es decir, los caballeros debemos de llevar esmoquin, y las señoras, traje largo, cosa que no hay que confundir con ir de Nochevieja. Pero, en general, el ambiente es elegante y señorial. Cubiertos de plata, manteles de hilo, un camarero presto a atenderte en cuanto haces el más mínimo gesto, bodega aceptable (mi compañero de mesa, sumiller profesional, dixit), discreción y un murmullo suave y amortiguado en la enorme sala, pese a que somos más de mil comensales. Un cierto regusto teatral flota en el ambiente, como si todos supiéramos que estamos interpretando un folletín novelesco, porque en el fondo, para qué nos vamos a engañar, estaríamos mucho más cómodos con camisa y vaqueros, que para eso estamos de vacaciones. Pero, ¡qué diablos! Una vez es una vez.

En pleno Atlántico norte

Al tercer día, el capitán anuncia por megafonía que pasamos a unas 90 millas al sur de donde naufragó el Titanic. Aunque nadie lo confiesa, más de uno se bajaría aquí mismo si pararan el barco. Por muy glamouroso que sea uno de los cruceros más glamourosos del mundo, tres días encerrado en esta pecera de lujo empiezan a hacer mella. Hay 8.000 volúmenes en la biblioteca, pero no estás dispuesto a leértelos todos. Has dado ya 50 veces la vuelta al paseo de ronda de la cubierta principal, has visto ya los escaparates de todas las tiendas y te conoces de memoria el menú de todos los bufés.

Al final te das cuenta de que el espíritu y las ganas de diversión las has de poner tú y no tanto el barco. Es verdad que la oferta de actividades es extensa: hay conferencias de historia, viajes y arte, talleres de enología, cursos de cocina, clases de baile..., pero apenas asisten cuatro gatos. Normalmente, el pasaje del Queen Mary 2 es anglosajón y centroeuropeo, y esas conferencias y actividades alternativas suelen gozar de mucha aceptación. Pero en esta ocasión, el barco ha sido contratado por una empresa española, y la inmensa mayoría de los pasajeros son de lengua -y lo que es más importante, de costumbres- hispana. Esto ha provocado ciertos cambios en el día a día del barco. El turno de cena más solicitado, por ejemplo, es el de las 22.30, para sorpresa de cocineros y maîtres, que no dan abasto para rechazar solicitudes de gente que quiere apuntarse en ese turno (cenar a las 20.30 y en alta mar supone muchas horas de tedio hasta que te vas a la cama).

El horario de los desayunos se ha tenido que alargar, o se quedaban todos los cruasanes encima de la mesa. Y la atracción más solicitada es un grupo rociero que empieza a actuar a medianoche en la discoteca, y terminan las palmas y los taconeos a eso de las seis de la mañana. El karaoke también tiene una demanda inusitada.

Poco a poco, las costumbres rígidas en cuanto al vestuario se van rebajando también. Las cenas de gala siguen siendo de gala, por supuesto, pero ya no te pones el traje largo hasta para ir a por una coca-cola. Los calcetines blancos y los bermudas empiezan a salir tímidamente de los armarios.

Por muy golosa que sea la oferta, y la del Queen Mary 2 lo es, si has de pasar seis días encerrado en un barco, como tú no hagas por divertirte, el muermo puede ser memorable.

La Estatua de la Libertad

Al amanecer del sexto día se ven a lo lejos las luces de Manhattan. La travesía toca a su fin, pero no de cualquier manera. La entrada del Queen Mary 2 a la bahía de Nueva York coincide siempre con el amanecer, con un espectáculo de nubes brillantes y secas, un telón de pinceladas ocres, almagres y bermellonas que van coloreando poco a poco la ciudad de los rascacielos. Todos los pasajeros nos agolpamos en las cubiertas embobados con un espectáculo único, que ya vieron millones de emigrantes europeos del siglo pasado cuando llegaban a esta tierra de promisión, pero desde luego de una forma menos glamourosa.

El Queen Mary 2 fue construido con la altura exacta para que pudiera pasar bajo el puente de Verrazano, que une Brooklyn con Staten Island a través de la bocana de la bahía. Es el primer gran momento de esta arribada mágica: ver cómo el gigantesco navío se desliza suavemente y pasa a apenas dos metros del puente iluminado; parece que si estiras la mano podrías tocarlo. Luego aparece a la izquierda, envuelta en destellos amarillos y verdes metálicos, la Estatua de la Libertad, recortada sobre un cielo azul que empieza a centellear. Por fin, la nave gira con suavidad a babor y atraca dócilmente en un muelle junto al puente de Brooklyn.

Es el éxtasis contemplativo. El skyline más famoso del mundo, el de los rascacielos de Manhattan iluminados como un ascua de luz y recortados sobre el amanecer azulado y rojizo, puesto a nuestra entera disposición y en primera fila del patio de butacas más lujoso de la navegación comercial. Un final perfecto para un viaje único. Más de uno se alegra ahora de no haberse bajado en mitad del Atlántico.

2 DE VENECIA A ATENAS EN EL 'SKY WONDER

'¿Qué diferencia a un crucero de otra forma de viajar? Que es la única manera de desplazarte en la que quien se mueve es el armario y no tú. Si no, ¿alguien sabe otra manera de visitar cuatro países mediterráneos, tres capitales históricas, unas ruinas de la antigüedad y dos islas griegas sin necesidad de hacer y deshacer la maleta y cambiar de hotel otras tantas veces?

No sé si los 1.200 pasajeros que esta mañana de verano suben en el puerto de Venecia al Sky Wonder, un crucero de la compañía Pullmantur con 46.000 toneladas de registro bruto, se hacen este mismo razonamiento o simplemente se han apuntado a este viaje porque los cruceros están de moda y además tienen unos precios muy competitivos. Lo cierto es que en esta travesía el Sky Wonder va al completo con una mezcla heterogénea de pasaje en el que abundan parejas jóvenes, familias cargadas de niños y pandillas de amigos de edades dispares.

El vestuario, a años luz del exigido en el Queen Mary 2: bermudas, pantalones cortos, camisetas de tirantes, pareos y ropa veraniega e informal. La etiqueta, también: sólo está prevista una cena de gala en la que se exige, pero sin demasiada convicción, corbata y chaqueta para los caballeros y vestido para las señoras, precedido todo por la inevitable foto con el capitán. Para el resto de las cenas: vestuario informal y un programa de amenidades que incluye una coreografía de los camareros al ritmo de Amigos para siempre.

Primera percepción: en un crucero se hace un montón de amigos. Al cabo de unos días, de tanto cruzarte con la misma gente, vas anotando qué parejas subieron solas pero ya han hecho pandilla con otras, qué grupo se ha unido a qué otro grupo... No puedo constatar si en un crucero de este tipo también se liga, porque la proporción de pasaje single es inapreciable. Todo el mundo viene pillado.

Segunda percepción: en un crucero puedes llevar el estilo de vida que desees. Puedes decidirte por un programa social intensivo y no parar un minuto con actividades de lo más variopinto: clases de salsa, saca el mayor partido a tu pareo, curso acelerado de cocina, baile de salón, taller de manualidades, todos juntos a bailar la conga... Pero si simplemente quieres descansar, tener tiempo para estar con tu pareja, leer un libro o no hacer nada, también puedes hacerlo. Nadie te va molestar.

Pero es hora de partir. El Sky Wonder deja el muelle de Venecia y atraviesa la ciudad por el escenográfico Canale della Guidecca en busca del mar abierto, regalando a sus pasajeros una travesía inolvidable de la ciudad de los canales a vista de pájaro desde las cubiertas superiores y con una radiante luz de atardecer incendiando Venecia que por sí sola justificaría el precio pagado.

Dubrovnik e islas griegas

Otro consejo: a la hora de escoger un crucero es importante valorar las escalas. La vida a bordo puede ser entretenida, pero no más que la que puedes llevar en una urbanización en la playa. Lo ideal es combinar las actividades de a bordo con visitas diarias a lugares de interés. Y este crucero las tiene. La primera es en Dubrovnik, la gran ciudad histórica del Adriático, una ciudadela medieval perfectamente conservada, pese a los destrozos causados por los serbios en la última guerra balcánica, en la que uno se siente aún en tiempos de Marco Polo. Hay que valorar también que el tiempo de las estancias sea suficiente para poder bajar a la ciudad, pasear por ella tranquilamente y no a ir alocado de un sitio a otro en plan Si hoy es martes, esto es Bélgica.

A las seis de la tarde, la sirena del barco vuelve a pitar, y el capitán pone rumbo a la siguiente escala: Corfú. Llegamos a nuestra primera isla griega al amanecer, en otro espectáculo visual que no tiene precio. Los primeros rayos dorados sacan lo mejor de la ciudad medieval de Corfú, la que enamoró a Gerard Durrell, que a estas horas tempraneras parece un pastel blanco y rosa. Desayuno en cubierta, con la ciudad de telón de fondo, y una vez en tierra alquilo una motocicleta, truco barato y efectivo que te permite moverte con libertad y aprovechar mejor el escaso tiempo que te deja el barco. Las alquilan en casi todos los puertos donde atracan cruceros; en teoría necesitas el carné de conducir español, pero si no lo llevas te la alquilan igual. De allí a Rodas, otra soberbia ciudad medieval perfectamente conservada, donde está muy presente la huella de los cruzados, muchos de ellos catalanes y aragoneses, que anduvieron por estos lares a mamporros.

Una parada en Turquía

El penúltimo día hay un pequeño motín a bordo. La publicidad del viaje incluía hoy una escala en la isla griega de Mikonos, una de las más bonitas y conocidas de las Cícladas. Pero, por no se sabe bien qué razón, se ha cambiado por el puerto turco de Kusadasi, cerca de las ruinas de Éfeso. Muchos pasajeros se quejan, e incluso una pareja que asegura haber venido a este viaje sólo por ver Mikonos hace airada sus maletas y abandona el barco, amenazando con acciones legales.

La parada en Kusadasi, de todas formas, no decepciona. La ciudad no vale gran cosa, pero otra moto de alquiler me lleva hasta las maravillosas ruinas de Éfeso, a unos 20 kilómetros, una de las grandes ciudades clásicas donde se alzaba el famoso santuario de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Hace un calor de mil demonios y hay más turistas que piedras, pero la visita merece la pena.

Al amanecer del séptimo día, el Sky Wonder entra en el puerto de Atenas. Nunca he sido amigo de las excursiones organizadas, pero en esta ocasión me apunto a ella porque tenemos el tiempo justo para ir a ver la Acrópolis y el centro de Atenas antes de volver al aeropuerto. Cuando llego por fin a casa, relajado y desestresado, saco cuentas: Venecia, Dubrovnik, Corfú, Rodas, Éfeso, Kusadasi, Atenas... Es el mejor ratio de visitas por maleta hecha-deshecha de mi vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de febrero de 2008