Poder votar
Soy voluntaria europea, es decir, que durante un año vivo y trabajo aquí para una ONG; a cambio recibo casa y 300 euros mensuales para comer y vivir a cuenta de la UE. Acabo de volver de Berlín al pequeño pueblo donde vivo. Normalmente, el viaje, tres horas y media en tren, cuesta unos 120 euros ida y vuelta. Como no tengo suficiente dinero, conseguí un mitfarht, es decir, que un extraño con el que contacté a través de una conocida página web me llevara y trajera en su coche y pude hacer el viaje por 30 euros. Pese a todo, demasiado para mi ajustado presupuesto, así que terminaré comiendo pasta cada día para poder llegar a fin de mes.
Aunque me hubiera encantado, el motivo de mi viaje a Berlín no fue el festival de cine, sino acudir a la Embajada de España y tener la posibilidad de votar.
Ahora no me importan ni el dinero gastado, ni el día de vacaciones que perdí (por supuesto, el consulado no abre en fin de semana, ni siquiera en ocasiones especiales como ésta), ni la fatiga del viaje, porque considero votar un privilegio que no todos los que conozco tienen. Pero parecería más lógico y comprensible que las facilidades para el voto a distancia se hubieran mejorado y modernizado en el siglo que nos aventuramos a llamar de "las nuevas tecnologías", y no fueran tan antidiluvianos que me obligaran a gastar un dinero que no tengo y perder un tiempo que no me sobra en presentarme ante un funcionario que ni siquiera me miró a la cara cuando recogió mis documentos, sobre todo cuando en otros países ese mismo proceso se puede hacer vía Internet, cuando no se realiza así la misma votación.
La modernidad del proceso democrático también se refiere a estas "pequeñas" cosas.
Mientras tanto, espero que se acuerden de nosotros todos los ciudadanos que sólo tendrán que levantarse de la cama el próximo domingo día 9 de marzo y acudir a la mesa electoral de su barrio, por si les entra la pereza de no hacerlo.
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