Plástico

Cuando sopla el viento del Norte, se oye el ruido de los aviones de la base. Entonces, en las playas de Rota, cientos de niños miran al cielo, y dicen adiós con sus manitas a unos pájaros raros, de siniestra panza plomiza. Dentro, ahora lo sabemos, ciudadanos occidentales, o no, de origen árabe, o no, secuestrados, o comprados a 5.000 dólares la pieza, por los guardianes de la libertad mundial, viajan cargados de grilletes, sin agua, sin comida, como los viejos condenados a galeras, o peor, camino de Guantánamo o, tal vez mejor, del destino más dulce de su propia muerte.
Mientras, a mi alrededor, a todo el mundo se le cae la baba con el duelo Clinton-Obama, mientras escucho elogios de su frescura, de su fuerza, de su género y su color, recuerdo esos aviones, y a los niños que los saludan en la playa. Mientras los más críticos denostan las turquesas de Hillary o las corbatas de Barack, descubro las millonarias donaciones que financian sus campañas, y llego a una conclusión sorprendente hasta para mí. Prepárense: prefiero a los nuestros, a los de aquí. Ya lo dice el líder de la extrema derecha belga, el PP es el único partido de derechas de Europa.
Rajoy es de derechas, pero todavía no es de plástico. No engaña a nadie. En eso se parece a sus socios de la Conferencia Episcopal, que han dado una lección de firmeza ideológica inaudita tras el fin de la historia, gracias a un aparato de agitación y propaganda que para sí quisiera cualquier dictador. Ellos tampoco engañan, su ira y su soberbia son auténticas. No me gustan, pero prefiero la piel humana, las zozobras de Zapatero, la soledad de Llamazares, al plástico del marketing. Así, cuando dentro de un par de veranos, algún plastificado líder ilusionante, e incluso elegante, ordene que otros aviones sobrevuelen Rota, no seré yo quien levante la mano para decirles adiós.
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