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Crónica:OPINIÓN

El 'supermartes' globalizado

China y Europa no pueden competir en cuanto a espectáculo político. Pero ¿se imaginan si de verdad pudiésemos votar para formar unas instituciones mundiales?

E n este comienzo del siglo XXI, las elecciones presidenciales estadounidenses se han convertido en el equivalente político al Mundial de fútbol. La mitad del planeta las sigue por televisión. Todo el mundo identifica a los jugadores estrella y casi todos conocen las reglas del juego. Si se entabla conversación con un extraño en cualquier bar de cualquier ciudad de cualquier continente, hay bastantes probabilidades de que se acabe hablando de ellas. "¿Con quién estás, con Hillary o con Obama?" es una frase de lo más corriente, al menos entre europeos; tal vez incluso se utiliza para ligar. En un mundo mediático cada vez más conectado y cada vez más fragmentado con arreglo a intereses particulares, es de agradecer que haya un tema que interesa a todos.

Las elecciones presidenciales en EE UU son como una carrera de caballos o un culebrón bien hecho

Las primarias consisten fundamentalmente en unos personajes que nos están vendiendo unas versiones de sí mismos

Seguramente no conocemos las reglas del juego tan bien como creemos, pero es asombroso cuánto conocimiento de la política estadounidense dan por descontado los periodistas británicos. El otro día por la mañana oí a un corresponsal de radio de la BBC decir: "Recuerden, por supuesto, que Ohio es un Estado decisivo en las elecciones estadounidenses". Por supuesto. Un artículo en el semanario londinense The Spectator, después de enumerar algunas de las primarias que vendrán después del supermartes, entre ellas las de Virginia y Maryland, habla sin dar explicaciones de "los comicios de Chesapeake". Se supone que los lectores de The Spectator saben que Virginia y Maryland bordean la bahía de Chesapeake. Al fin y al cabo, para los británicos de derechas de la metrópoli, Estados Unidos está "al otro lado del charco". No existe ningún otro país del que se puedan dar por sentadas esas cosas. Es como si la mitad del mundo viviera dentro del Beltway (que es la autopista de circunvalación de Washington, claro, no hace falta explicarlo).

Es más, es casi como si la mitad del mundo votara en estas elecciones. Envíennos un correo electrónico, decía otro presentador británico de radio, y dígannos con quién están. Aunque el supermartes no equivale más que a los cuartos de final de un campeonato de fútbol, estamos todos cautivados. "Es el día más importante, hasta ahora, en la carrera electoral para ocupar el cargo más poderoso del mundo", se entusiasmaba un presentador en una emisora de música pop. Toda esta fascinación tiene un elemento racional: es tremendamente importante para todos nosotros quién va a ser el próximo presidente de Estados Unidos, sobre todo después de dos mandatos en los que George W. Bush ha cometido tantos errores. Pero lo cierto es que también nos importa muchísimo quién va a suceder al presidente Hu Jintao en China y a Vladímir Putin en Rusia. Y sin embargo, nadie se dedica a enviar mensajes de texto ni correos electrónicos a sus amistades preguntando: "¿Con quién estás, con Xi o con Li?". La mayoría de la gente ni siquiera sabe quién es Hu.

Es decir, no es una preocupación racional por las consecuencias mundiales de la decisión estadounidense lo que nos mantiene fascinados. Es, más bien, una triple dosis de poder blando: el poder blando de la democracia, el poder blando de los medios de comunicación y el poder blando de Estados Unidos. El concepto de poder blando suele malinterpretarse, sobre todo a este lado del Atlántico, donde es frecuente que se haga la comparación entre el poder blando de Europa y el poder duro de Estados Unidos. Pero, según el catedrático de Harvard Joseph Nye, el principal defensor académico del término, la esencia del poder blando es su capacidad de atracción. Y la gente se siente irresistiblemente atraída hacia las elecciones presidenciales estadounidenses porque son como una emocionante carrera de caballos o un culebrón bien hecho. Ése es precisamente el tipo de poder del que las instituciones políticas de la UE carecen por completo.

Igual que la serie de televisión Mujeres desesperadas, o la fascinante serie de HBO The Wire, para no hablar de El ala oeste de la Casa Blanca, el reality show que llamamos Las elecciones estadounidenses cuenta -sobre todo en esta ocasión- con un reparto de personajes extraordinarios, sólidos y contrapuestos: Hillary, Obama, McCain, el atroz Mitt y el campechano Huckabee. (Como en todos los culebrones de calidad, basta un solo nombre en la mayoría de los casos). Además, lo que les enfrenta a la hora de la verdad no son políticas, ideologías ni visiones. Éstas tendrán más importancia en otoño, durante la verdadera confrontación entre demócratas y republicanos, pero por ahora las primarias consisten fundamentalmente en unos personajes que nos están vendiendo unas determinadas versiones de sí mismos y contándonos historias sobre ellos y sobre Estados Unidos.

Se vio con gran claridad en el discurso que pronunció Obama la noche del supermartes, en el que literalmente contó una historia, casi bíblica, sobre el cambio que se extiende por todo el país. Dijo que "lo que comenzó como un susurro en Springfield pronto llegó a los campos de maíz de Iowa, en los que granjeros y trabajadores, estudiantes y jubilados, se alzaron en números que no habíamos visto jamás". Y que, en verdad, sus voces "resonaron desde las colinas de New Hampshire hasta los desiertos de Nevada, donde maestros, cocineros y pinches de cocina se levantaron para decir que tal vez en Washington no tienen que seguir mandando los lobbistas". (Pinches de cocina del mundo, uníos, no tenéis nada que perder más que vuestros lobbistas. Vuestros lobbistas y vuestros clintonistas, claro).

Muy emocionante. Pero hay otra forma de contar la misma historia. Sería más o menos como sigue: "Lo que comenzó como un susurro en YouTube pronto llegó a las páginas de The New York Times. Sus voces resonaron en los satélites de CNN, ABC y la BBC, donde presentadores, productores y trabajadores de los informativos de CBC, France 24 y Al Jazeera International se alzaron para decir que el empuje de Obama se ha convertido en la noticia". El medio no es el mensaje, pero medios y políticos están entrelazados en un abrazo estructural del que acaba naciendo una narración triunfal. A veces, el político consigue imponer su relato a los medios (McCain lo está haciendo bien últimamente). A veces, los medios imponen su relato al candidato ("Giuliani lo ha echado todo a perder", y así fue). Sin embargo, normalmente, hay una interacción, una remezcla constante de las dos caras, y se cuenta el mismo relato una y otra vez, de forma casi instantánea, en todo el planeta. Durante un año se convierte en un cuento para irse a dormir. "Érase una vez un joven llamado Barack...".

Ahora bien, por el camino, y al final, están los votantes. Ellos son los que deciden, en definitiva. Por más que se manipule, se tergiverse y se presione, por más encuestas y opiniones de expertos que se escuchen, nadie sabe quién va a ganar hasta que se cuentan los votos. Y ése es el poder blando de la democracia. Es una verdadera competición, como un partido de fútbol. No hay resultados hasta el final, hasta que el árbitro da el último y largo toque de silbato. No es extraño que el comité central chino no pueda competir. Salid a la palestra, camaradas Xi y Li, contadnos nuestra historia; estaremos observando.

Los demás, los que no somos estadounidenses, no tenemos voto, desde luego. Que digamos nuestras preferencias influye en el resultado tan poco como decir que preferimos que Brasil gane el Mundial. Para nosotros, esto es, por así decir, participación sin representación. Y, pese a ello, estamos mucho más interesados en estas elecciones que en la mayoría de las nuestras, para no hablar de las de nuestros vecinos. Nos gusta más ver unos cuartos de final de la Copa del Mundo que darle nosotros mismos a la pelota en nuestro equipo local. Pero supongamos que pudiéramos votar en una elección así de lejana, pero que fuera posible seguir de cerca gracias a los medios globalizados. Supongamos que no fueran las elecciones para presidente de otro país, sino para dirigir las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el FMI. Qué diferencia, ¿verdad?, entre esta pasión mundial por la elección del Gobierno de un solo país y la falta casi total, en cualquier país, de interés popular por la construcción de un Gobierno mundial. Cuándo llegará ese día... -

www.timothygartonash.com. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de febrero de 2008