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Crítica:DANZA | Joaquín Cortés

Apasionado baile, insolente zapateado

Guapo y con unos kilos de más, Joaquín Cortés vuelve a Barcelona para presentar Mi soledad, un espectáculo que ya ofreció en julio de 2006 en el Palau Sant Jordi, y que ahora en la calidez de un espacio escénico cerrado como es el teatro Tívoli gana en intensidad y belleza. En Mi soledad, Cortés es el único bailarín, pero está acompañado por 17 magníficos artistas entre músicos y cantaores.

En el teatro se pudo apreciar al detalle el vibrante, pendenciero e insolente zapateado, el apasionado baile y la fuerte personalidad escénica que posee este intérprete, que con el pelo corto tiene un aire a Tom Cruise. Mi soledad es un trabajo visceral, en el que Cortés explota al máximo su atractivo físico y la riqueza de registro de su zapateado. Su primera aparición en público con tejanos y camisa blanca enamoró al instante a sus numerosas admiradoras. Bailó flamenco, pero también coqueteó con la danza contemporánea.

MI SOLEDAD

Coreografía, dirección e interpretación: Joaquín Cortés. Diseño de vestuario: Jean Paul Gaultier. Festival Mil-lenni. Teatro Tívoli. Barcelona, 30 de enero.

Mi soledad tiene un desarrollo irregular, los fragmentos intensos de baile de raza se mezclan con otros tediosos; sin embargo, vale la pena aunque sea sólo por los momentos en que Cortés baila entregado en cuerpo y alma. Hay que destacar, en esta ocasión, la intuición del bailarín para fusionar el flamenco con el color, la danza y la música de los gitanos zíngaros y con los de las tribus bereberes del norte de África. En los casi 120 minutos que dura el espectáculo hay momentos mágicos e íntimos que emocionan al espectador, especialmente en los que Cortés se concentra y baila los diferentes palos del flamenco de las bulerias a los jaleos pasando por los tangos. Y como siempre, donde deslumbró fue interpretando la soleá.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008