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Reportaje:PRIMER ANIVERSARIO DEL ATENTADO DE ETA EN EL APARCAMIENTO DE BARAJAS

"Carlos, no te salgas del coche"

EL PAÍS reconstruye las últimas horas de Carlos Alonso Palate antes del atentado de ETA en la T-4, cuando su amigo Wilson le pidió que le esperase en el vehículo

La Aljorra (Murcia)

Desde el barrio San Luis a la escuela primaria de la parroquia de Picaihua solían ir, por supuesto, en pantalones cortos pero, sobre todo, lo recuerda bien, descalzos. La travesía por el sendero de tierra les llevaba unos 20 minutos. Picaihua, donde abunda el agua, es uno de los pueblos de la provincia de Tungurahua, cuya capital es Ambato, a 138 kilómetros al sur de Quito (Ecuador). A Ambato, tampoco lo olvida, solían ir cada día él, Wilson Hernán Moyolema, y su amigo, Carlos Alonso Palate, un tramo a pie y otro a bordo de una camioneta. Allí se proletarizaron. Trabajaban juntos en maquilas (talleres) por salarios de subsistencia. "El problema no era encontrar trabajo. El problema es que no ganabas más que para comer. Y estaban tus padres, tus hermanos, la familia", evoca Wilson Hernán el pasado miércoles 26, en su casa de La Aljorra (Murcia). "Aprendimos juntos a coser calzado. Y nos metimos en una maquila. Estuvimos cuatro años, hasta 1998. Allí se corrió la voz: en España se gana bien, es posible ahorrar", recuerda.

Palate decidió ir a Madrid a última hora para practicar con su automóvil

Esperó dentro del 'parking' para que su amigo recibiera solo a su esposa

Un problema con el cajero salvó la vida de Wilson Hernán y su pareja

"Me sentí culpable. Yo le ordené que se quedara en el coche", se lamenta Wilson

Fue así que Carlos Alonso Palate, animado por su tío Luis, que llevaba en España desde 1996 y le prestó dinero para el viaje, se adelantó y abandonó Picaihua con 31 años, en 2002, para viajar a Valencia. De las maquilas de Ambato a la fabrica de plásticos Torrent... y envió 300 euros cada mes a su madre, María Basilia. Wilson Hernán, con 27 años, le siguió los pasos algo más tarde. Lo mismo que no tardará en hacer Irma Chango, prima de Palate, que va cumplir, aquí, en Madrid, 28 años.

"Yo estaba distanciado de mi mujer, Silvia, que había regresado a Ecuador. Tenemos dos niños. Carlos me alentó a reconciliarme y me sugirió que me instalara en Valencia. El hecho es que Silvia vendría sola a pasar las Navidades a La Aljorra. Yo estaba en Valencia y Carlos, que conocía a algunos amigos, dijo que quería venir a pasar el Año Nuevo con nosotros. Pero se marchó a Alicante y pensé que ya no vendría", apunta Wilson Hernán.

Pero, no. La sorpresa fue que, el 29 de diciembre de 2006, Wilson Hernán recibió un mensaje procedente de un teléfono móvil: el 685356426. Era de Carlos. Recógeme en mi casa, decía, a las dos de la tarde, que me voy contigo a Madrid para recoger a tu mujer.

Wilson Hernán se quedó sorprendido. ¿Cómo es que vienes?, le preguntó al devolverle la llamada. "Mira, quiero conducir en la autovía así termino de aprender", explicó Carlos, que estaba dando lecciones en una autoescuela. Su amigo accede. A las dos de la tarde del 29 de diciembre de 2006, Wilson Hernán recogió con su Renault Clio a Carlos.

Mientras el coche se desplazaba en carretera, en Madrid terminaba el último Consejo de Ministros del año. A su término, comparecía en rueda de prensa el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El presidente no se dispone a improvisar. Ha preparado lo que va a transmitir a los españoles.

La noche anterior, jueves 28, el presidente había convocado a una cena en La Moncloa a su círculo de ministros y colaboradores más próximos. Allí estaban el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba; la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega; el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, y el director del Gabinete de la Presidencia, José Enrique Serrano. Este grupo hace un balance general del año. El proceso de diálogo con la banda terrorista ETA pasaba por un momento difícil, pero no fue objeto de debate.

"Un diálogo al borde del precipicio", titulaba EL PAÍS una información publicada el domingo 24 de diciembre de 2006 sobre la tensión en la reunión que habían mantenido los representantes del Gobierno y de ETA a mediados de diciembre. Pero ni el presidente ni sus máximos colaboradores, entre los que se cuenta el ministro del Interior, estimaban que la sangre llegará al río.

Por eso, cuando el presidente de Gobierno sondeó a sus colaboradores sobre lo que pensaba decir al día siguiente, viernes 29, en relación con el llamado proceso de paz, ninguno se opuso. ¿Qué les dijo el presidente? "En relación al terrorismo, voy a dar el mensaje de que el año que viene estaremos mejor que hoy".

"Ninguno de los presentes excepto uno", señaló más tarde a EL PAÍS una fuente del Gobierno, "estaba en condiciones de objetar o siquiera matizar lo que sugería el presidente. Y el ministro del Interior, que sí podía hacerlo, sugirió, todo lo más, que se utilizara un tono condicional. Es decir: que se dijera 'yo creo' o algo así. Eso fue todo"

Si Rubalcaba, un hombre prudente, dio luz verde eso fue por una razón: su información sobre los contactos con la banda terrorista no contemplaba un escenario de ruptura o de atentados inminentes. "Más bien, todo lo contrario", dijo otra fuente después de los acontecimientos.

Zapatero, mientras Wilson Hernán y Carlos se dirigían a Madrid, salió al ruedo. "Tengo la convicción de que dentro de un año estaremos mejor que hoy en la búsqueda del fin de la violencia terrorista", dijo. "Vamos a seguir trabajando dentro de los principios establecidos", añadió.

El caso es que Wilson Hernán y Carlos tenían prisa por llegar cuanto antes a Madrid. Según había quedado Carlos con Irma Chango, los dos amigos pasarían por el domicilio de la prima, una habitación que alquila en el madrileño barrio del Puente de Vallecas. Allí cenarían y tratarían de pasar la noche. El vuelo que traía a Silvia, la esposa de Wilson Hernán, de Ecuador, llegaba a las 7.30 del día 30 de diciembre a la T-4 de Barajas.

Cuando el Renault Clio iban aproximándose a la entrada de Madrid, ya estaban pasando cosas en la T-4. Según las imágenes captadas en el control de los aparcamientos, conocidas después, una furgoneta robada en Francia por la banda terrorista ETA hizo su entrada cargada de explosivos a las 18.51 del viernes 29 en la segunda planta del módulo D de la terminal 4.

Sería sobre las ocho de esa noche que los dos amigos llegaron al domicilio de Irma, quién les estaba esperando en compañía de una amiga. Había preparado platos de cocina ecuatoriana tradicional. Una sopa y, de segundo, arroz. Sobre las doce de la noche, calcula Irma Chango, los dos amigos anunciaron que se marchan a dormir al aeropuerto. ¿Qué pasa?

"Dice Carlos que como hay una sola habitación y es pequeña no quieren molestar. Yo le digo a mi primo, pues quédate tú conmigo y que mañana Wilson Hernán venga con su mujer a desayunar y se van los tres a Murcia. No, dice Carlos, me voy con mi amigo; hemos traído una manta y podemos dormir en el aparcamiento. Luego venimos para aquí, antes de ir a Murcia", recuerda.

Los dos chicos ya están en su destino: la T-4. Antes de echarse a dormir decidieron ir a dar una vuelta por el colosal aeropuerto en lo que puede ser una escena onírica de Fellini, aquella de Amarcord en la que todo el pueblo peregrina en barcas una noche para ver la aparición del transatlántico Rex.

Pero Wilson Hernán y Carlos querían cerciorarse, también, sobre la puerta a la que iba a llegar el avión de Ecuador para no perder tiempo a primera hora de la mañana. Después de tomar unos refrescos, Carlos dice:

- "Tengo frío, vámonos al coche a dormir. Tenemos un viaje largo para llegar a Murcia y hay que conducir".

Sobre las cinco de la mañana, Wilson Hernán saltó como un muelle. Desde su asiento de conductor le dice a su amigo, que descansa a su lado:

- "Vamos, Carlos".

Wilson Hernán estaba ansioso. La llegada de su mujer, las fotos de sus hijos, todo, incluso las cosas que traía su esposa de Ecuador, lo tenían inquieto.

- "No, tú estás enojado con tu mujer, para que haya una buena llegada yo me quedo aquí y duermo porque estamos sin descansar. Prefiero dormir un poco para poder conducir".

- "Bueno, ella llega a las ocho y media. Te voy a poner la alarma en mi móvil y te lo dejo para las siete. Yo tengo el que usaba mi mujer. Te levantas a las siete y me vienes a ayudar con las maletas. No pasa nada con la 'buena llegada'. Anda, vente después de las siete".

- "Bueno", asintió Carlos, y se volvió a dormir.

Wilson Hernán estaba esperando al pie del cañón. Fueron dos horas largas. El vuelo llegó anticipadamente. Los pasajeros empezaron a salir.

Carlos, a todo esto, se despertó al oír el despertador, pero dejó pasar un largo rato antes de coger su móvil y marcar el número de su prima Irma. Había decidido dejar que su amigo haga las paces a solas con su esposa. Quizás sean ya pasadas las siete y media o las siete y cuarenta y cinco.

-"Estoy en el aparcamiento Irma. Mi amigo se ha ido a buscar a su mujer. Aquí hace frío. Te llamo para conversar un rato. Mi amigo está enojado con su pareja y a mí no me gusta estar delante. Es un asunto privado de ellos".

- "Entonces, ¿por qué no vienes y les esperas aquí?", le dijo Irma, que se había despertado por el telefonazo.

- "Sí, sí, iremos cuando baje Silvia con las maletas", replicó.

Mientras esta conversación seguía su curso, Wilson Hernán no terminaba de encontrar a su esposa. Se había olvidado de Carlos. Él estaba pendiente de Silvia. Eran ya las ocho.

A esa hora, a las ocho de la mañana, la Fundación Detente y Ayuda (DYA) de Guipúzcoa acababa de recibir una llamada desde un móvil. Han colocado, dice la voz, una furgoneta Renault Trafic granate cargada de explosivos en el aparcamiento de la terminal 4. Hará explosión a las nueve de la mañana. Los nervios, al parecer, le borraron al comunicador la reivindicación de la mente. "No intenten desactivarla, sería un error. Es una bomba muy potente", advirtió. La Ertzaintza recibió una advertencia similar. Madrid, pasadas las ocho, ya lo sabía.

El reloj avanzaba cuando una tercera llamada desde una cabina de San Sebastián al SOS Deiak lo dejaba todo claro: es ETA.

Wilson Hernán, por fin, vio salir a su mujer. Eran ya las ocho y media pasadas. Las maletas habían tardado en salir. En la planta tercera, la pareja se encaminó hacia las cajas para pagar el parking y bajar al aparcamiento, dos plantas más abajo, en la planta primera, junto al ascensor, donde estaba el coche. Habría unas cinco o seis personas esperando. Allí había varios guardias jurados que suelen dar el cambio.

Wilson Hernán metió las monedas. La máquina le devolvió el tique. Acceso denegado. Se dirige a los guardias.

-"¿Qué pasa, no acepta las monedas?", preguntó a los guardias.

-"Parece que hay algún problema, no sabemos, puede ser droga, están revisando y cuando terminen podrán hacer el pago".

Nadie les impidió bajar por el ascensor.

- "Vamos primero a ver al Puerco", dijo Silvia, usando el apodo de Carlos Alonso Palate.

Serían las nueve menos cuarto. Wilson Hernán prefirió hacer tiempo mientras se resolvía el problema en las máquinas. Le pidió a su esposa que sacase las fotos de sus hijos, Elvis y Alexander. Mientras veía las imágenes, llegaron algunos policías, de las escasas dos decenas que llegaron a la T-4 en los primeros momentos, quienes les ordenaron desalojar. "Hay problemas, tienen que salir de aquí". Ninguna razón.

Irma Chango recuerda: "Hablamos una hora al teléfono. Como Wilson Hernán y Silvia tardaban mucho, me dijo 'no sé que está pasando en la terminal, se está tardando mucho Wilson Hernán, qué puede ocurrir con el equipaje, bueno, Irma, cuando ya vengan nos vamos para tu casa'. Y entonces a mí se me acabó la batería del teléfono".

Cuando Wilson Hernán y su esposa se iban, sonó el móvil. Era el número 685356426. ¡Carlos! Nada más perder la llamada de Irma, había marcado el teléfono de su amigo.

-"¿Qué fue? ¿Qué pasó? ¿Ya llegó Silvia?"

-"Sí, estamos aquí, parece que están revisando por droga. ¿Trajiste tus papeles? No vaya a ser que estén buscando personas ilegales".

-"Sí, traje mis papeles. Los tengo aquí".

-"Bueno, Carlos pero no te salgas del coche. No te salgas del coche. Espérame que ya vamos".

-"Bueno, bueno, ven rápido, te espero".

Unos minutos más tarde, a las 9.01, estalló el coche bomba.

"Por eso me sentí culpable. Yo le ordené que se quedara en el coche. Pero la verdad es que no sabíamos nada de lo que ocurría. Cuando ocurrió la explosión, yo pensé que un avión había caído. No tuvimos le menor idea de que podría tratarse de un atentado terrorista", reflexiona a un año del atentado Wilson Hernán. "Tras la explosión llame desesperadamente al móvil que yo le había dejado. Y nada. Supe entonces que había perdido a mi amigo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de diciembre de 2007