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Columna
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Navidad

Rosa Montero

Pasan cosas muy raras en Navidad.

Una amiga médico que trabaja en un hospital me ha contado que estar de guardia en el servicio de Psiquiatría en Nochebuena es una verdadera pesadilla, porque acuden en tropel infinidad de pacientes con las crisis más agudas, los ataques más desesperados y los problemas más estrafalarios. La Navidad turba, conmueve y a veces tritura hasta el tuétano a las personas. No sólo porque es un mojón temporal en el que todo el mundo recuerda inevitablemente a sus muertos con nostalgia, sino, sobre todo, porque hay que lidiar con los vivos, y con sus expectativas siempre en conflicto con las nuestras. Estallan nuestros anhelos de dicha en Navidad, y la realidad nunca está a la altura de nuestros deseos. Los conflictos no suceden sólo en la familia: leo en la prensa que el 22% de las personas confiesa ir por obligación a los almuerzos de empresa navideños. De modo que, entre todos esos compañeros de trabajo achispados y alegres, hay una quinta parte que se está comiendo el hígado en silencio. Todo por el qué dirán y por adaptarte a los requerimientos de los otros.

Claro que no todas las cosas que ocurren son negativas. Guardo un recorte de prensa de hace un par de años que refleja los resultados de una pintoresca encuesta: al parecer el 33% de los españoles confiesa haber besado en la boca a un compañero de trabajo en la fiesta de Navidad de la oficina. Repámpanos, uno de cada tres parece mucho: yo he ido a bastantes fiestas de empresa y nunca me ha tocado. Pero eso también es Navidad: ese paréntesis de gracia en la obligación y la rutina, ese pequeño vértigo de creer que te puedes permitir hacer algo distinto. Una brizna de locura que te lleva a besar con entusiasmo unos labios nuevos o a irrumpir en las urgencias del psiquiátrico. Pasan cosas raras en Navidad.

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