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Competitividad: de vuelta a lo fundamental

Hay un consenso muy amplio entre expertos, políticos, empresas, sindicatos, etcétera, en que uno de los retos fundamentales de la economía española, actualmente y en el medio plazo, es mejorar la productividad.

La competitividad es un factor clave para mantener buenos grados de productividad, que es el factor que da, en el largo plazo, un crecimiento sostenible. Y sea dicho, ya desde el inicio, que es muy difícil tener bienestar social, cohesión social, posibilidades de generar una sociedad avanzada y más digna para todos, sin ese crecimiento económico sostenible.

Nuestra sociedad ha debatido, en ocasiones convulsamente, los diversos elementos que contribuyen a la competitividad. Últimamente, las infraestructuras han llenado un enorme número de páginas como resultado de déficit históricos pendientes de resolver y por el impacto en la vida cotidiana que ha representado (y que aún representa) para muchos ciudadanos. No es algo coyuntural: en sociedades que se globalizan, y eso significa que se deslocalizan, la logística y las infraestructuras vuelven a adquirir una gran importancia.

Dos de los factores fundamentales para ser competitivos son: internacionalización e innovación

Se ha debatido, por desgracia con menos intensidad, el fracaso escolar, la inadecuada formación profesional, y la carencia de ingenieros y científicos; todos ellos también factores clave de la competitividad. Y todavía se ha debatido menos sobre la calidad de las instituciones, la existencia de buenas regulaciones y de los servicios públicos.

Sin embargo, en este debate, siempre ha quedado oculto un factor esencial y central para la mejora de la competitividad. Se trata de la actitud y, en definitiva, de las decisiones y comportamientos de directivos y empresarios. Por eso, no puede ser más que bienvenido el posicionamiento del Círculo de Economía sobre La responsabilidad del empresariado catalán. Es un acierto: pone el énfasis en un elemento nuclear del problema de la competitividad, que ha ido pasando, de una manera u otra, desapercibido en nuestro debate público y, en consecuencia, en las prioridades para la acción.

Resaltamos algunas recomendaciones de interés del documento: la invitación a arriesgar más (sin perder el seny, pero adaptándolo a las exigencias actuales); la necesidad de asumir mayor riesgo y que, cuando sea necesario, se convierta en un mayor endeudamiento; la necesidad de abandonar el individualismo aumentando los esfuerzos para reunir grandes capitales que requieren los proyectos importantes; dar prioridad a la empresa por delante de los intereses inmediatos de los accionistas (con una política de dividendos que consolide en todo momento el proyecto empresarial y, en consecuencia, los dividendos a largo plazo); liderar con ambición los cambios que el mercado requiere; esto es: una apuesta decidida por la innovación y la internacionalización de nuestros sectores empresariales. Y, finalmente, avanzar decididamente en la profesionalización de las empresas sabiendo diferenciar el gobierno, que corresponde a la propiedad, de la gestión que deben realizar directivos profesionales adecuados, pertenezcan o no a la familia propietaria.

Quiero acabar subrayando una de ellas: la necesaria innovación e internacionalización. En economías en pleno proceso de globalización, estos dos factores son elementos esenciales de la competitividad, junto con un mayor nivel de especialización. Una actitud de la propiedad y de la dirección proclive a ello puede ayudarnos a conseguir una economía que, de aquí a 10 o 15 años, se encuentre entre las más vigorosas y pujantes del mundo. Y no pensemos que no hacerlo no tiene costes (qui dia passa, any empeny): sólo con mirar el panorama actual de los países vemos cómo en periodos de 15, 20 y más años, hay países que se han hundido por no fer els deures, y que países que han hecho bien sus deberes hoy son sociedades que ofrecen a sus ciudadanos, y más allá de sus ciudadanos, muchísimas posibilidades de mejora económica, social y humana.

Se podrá estar o no de acuerdo con estas propuestas por considerar que hay otras más urgentes o más prioritarias. Sin embargo, no cabe la menor duda de que todas ellas están en el epicentro de aquellas actitudes que requieren ser reflexionadas por parte del empresariado, si éste quiere ser un factor significativo en la mejora de la competitividad.

Carlos Losada es profesor del departamento de Política de Empresa de ESADE.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0014, 14 de diciembre de 2007.