VAMONOS AL DIABLO

La Muerte, mi amiguita

Barrio de La Merced, México: ella juega al toma y daca, es milagrosa pero no desinteresada. "Todos los huesos son blancos"

Me la topé por primera vez hace ocho años, tatuada en el antebrazo de un presidiario al que apodaban Panterilla. Era como quien dice la Virgen de Guadalupe, su misma silueta, su mismo manto y resplandor de rayos, pero en hueso descarnado y con calavera por rostro. La llamaban La Santa Muerte, o también La Niña Blanca, y su culto empezaba a extenderse por cárceles y bajos fondos al sur del Río Grande, montándole competencia a sacras figuras hasta entonces tan incuestionables como la propia Guadalupana.

Me la encuentro ahora, por segunda vez, en este laberíntico y abigarrado ombligo del mundo que es el mercado de Sonora, barrio de La Merced, mero centro de Ciudad de México, y se me pone la piel de gallina al ver entronizada su espeluznante presencia de dos metros de alto, con capuchón y capa de terciopelo negro sobre el esqueleto limpio. A sus nombres anteriores, le han añadido el de Señora de las Sombras. Su aspecto no es divertido ni amable, como el de las Catrinas, las calaveritas de azúcar, los esqueletos bailarines y demás juguetes que inventan los mexicanos para reírse de la muerte. La Niña Blanca es otra cosa. En Ella hay algo que aterra, al menos cuando se te planta así, de sopetón, y te echa encima su flamante estatus de deidad suprema.

Dueña del tiempo, tiene un reloj de arena a los pies, y en la palma de la mano izquierda, la bola azul del planeta: también se la llama La Sentada en el Mundo, y está rodeada del rojo vivo de miles de claveles y del naranja intenso del cepanzuchitl, la flor de muertos. Le cuento a Payán lo que acabo de ver y como él a los dioses no les reza, sino que les recita, saca a relucir al poeta Pellicer: "El pueblo de México tiene dos obsesiones / El gusto por la muerte y el amor por las flores / Antes de que nosotros habláramos castilla / hubo un día del mes consagrado a la muerte".

Macabra y altiva y madre de todos, la Santa Muerte mira sin ojos las ofrendas que le traen sus fieles: botellas de mezcal y de tequila, cigarros, chocolate, exvotos. Va muy enjoyada, Ella, con collares de perlas sobre el costillar expuesto y anillos de oro en cada una de sus diez falanges.

-Son de 18 quilates -me asegura la madrina y cuidandera del altar, y me presenta a los exorcistas que se ofrecen para hacerme la limpia, de tal manera que Ella me acepte en su séquito.

Muerte elegante, señora costosa, quienes la atienden le cambian ropajes el primer lunes de cada mes. La visten de rosa mexicano para pedirle salud, de verde para que interceda ante la policía y solucione problemas legales, de negro para que acabe con los enemigos, de dorado para que suelte billete. Y esa misma noche, la del cambio de atuendo, se celebra en torno suyo una ceremonia que según me cuentan es multitudinaria, al punto de dejar bloqueadas las calles aledañas.

Le he pedido a Payán que me acompañe; él nació en La Merced, éste es su vecindario. Dan las doce de la noche y aquí estamos ya, respirando el denso olor a sahumerio, a copal, a pescado y a tripas, a fruta madura, a condimentos picantes. A nuestra Señora la Muerte se la ve hoy muy pálida, casi se diría que enferma; parece que no le sienta el color rojo corinto del atavío que le han puesto. Para animarla, Payán la invoca citando el Muerte sin fin de Gorostiza: "Anda, putilla del rubor helado / Anda, vámonos al diablo".

Nos estruja una multitud de vendedores ambulantes, amas de casa, darketos y punkeros, taxistas, niños de pecho, piratas de DVD, menudeadores de maricachafa, mariachis sin empleo, afectados de mutilaciones y de enfermedades varias. Tal como me explica alguien que tengo apretado contra el costado, aquí sólo vienen los desesperados, los que no encontraron solución en la medicina, la fe en Dios o la caridad de los hombres. Ella, La Santa Muerte, es última esperanza de todo marginado, y encierra los códigos y las claves de la economía informal y del mundo del hampa. Los estudios que empiezan a aparecer sobre el fenómeno, hasta ahora subrepticio, señalan que los devotos bien pueden sumar millones, sobre todo en lugares como Oaxaca, Tijuana y Ciudad de México.

A un anciano le pregunto si lo que vamos a presenciar es algo así como una misa negra, y con dignidad me responde que no, que aquí no hay misas, ni negras ni cristianas. Cristianas no, porque éste es un altar prohibido por la Iglesia, "y negras tampoco, porque no somos satánicos". Las jerarquías eclesiásticas han advertido sobre los peligros de la proliferación del nuevo culto y ciertas publicaciones católicas lo han tachado de pecado abominable. Pero a los vecinos de La Merced nada los amedrenta. "La Muerte es mi amiguita", dice la Chela, quien se me presenta como trabajadora sexual, y una rubia colega suya, que está guapérrima, se deja venir con una exégesis que haría las delicias de Philippe Ariès, el pensador francés que escribió La muerte en Occidente: "Cómo cree usted que vamos a estar haciendo algo perverso -me dice la güera-, si la muerte es lo más natural que tenemos. Ella al principio aterra, pero después uno se acostumbra. No debemos temerle; el miedo a la muerte nos hace débiles".

Hijo de la sociedad moderna, que niega y esconde la vejez y la muerte, el hombre contemporáneo opta por embotar la conciencia de su ineludible condición de muerto a plazo fijo. Y en cambio hubo un tiempo, dice Ariès, en que el ser humano supo "que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, tronchaba sus ambiciones y envenenaba sus placeres. Y resulta que dicho hombre sentía una pasión de vivir que hoy no acertamos a entender". Aquí, en el corazón de La Merced, en pleno siglo XXI y en carne y hueso, o más bien en puro hueso, estamos de nuevo ante la serena disposición con que la donna Laura, de Petrarca, se entrega "sin temor y sin dolor alguno" a esa señora envuelta en vestimenta negra que es la Muerte. Es el mismo espíritu que inspira La danza de la Muerte, de Holbein; la Danza macabra, de Durero, y el Triunfo de la Muerte, del viejo Brueghel, todos ellos traducidos al mexicano plebeyo por ese grabador genial que fue José Guadalupe Posada, quien nos dejó por herencia un histriónico cortejo de muertes juerguistas, fumadoras, pistoleras, coronadas de flores, sonrientes, borrachas, enguerrilladas.

Doña Leoncia, vendedora de cordones de zapato en un puesto del mercado, me explica que la Santa Muerte es más justa que Dios, porque Dios nos hace distintos, unos ricos y otros pobres, sanos o enfermos, felices o desdichados, y en cambio Ella nos iguala. Es verdad, refuerza su marido, "la discriminación racial va en la piel, pero todos los huesos son blancos". Brincos diera doña Leoncia, y también don su marido, si supieran que con ellos coincide plenamente el gran Borges: "No hay nada como la muerte / para mejorar la gente".

Me aseguran que aquí pueden acudir personas de todas las religiones sabiendo que Ella no los rechaza, ni les exige abdicar de sus otros credos. Al catecúmeno le basta con hacerse la limpia y echarle una ojeada a los cuadernillos iniciáticos que allí mismo se venden, y ya está aceptado.

-Bola de lavados de cerebro, yo en su puta Muerte no creo ni madres, todo esto es puro coco-wash -le escucho decir a un muchacho que grita a mis espaldas.

Porque no todo son loas y lisonjas. Reinaldo Rosales, un hombre de cincuenta años, enfermo terminal por cáncer de páncreas, asegura que los rezos le han postergado al menos seis meses el paso al otro toldo, "pero para poder vivir", dice, "tengo que pactar con Ella". Y como ese pacto a veces sale caro, aun entre los devotos hay reticencias. ¿La Niña Blanca? Aguas con Ella, me advierten, porque con una mano da y con la otra quita.

-No se le acerque ingenuamente -me advierte don Reinaldo-. A lo mejor usted está desesperada y necesita pedirle algo de urgencia, pongamos por caso, que le devuelva el amor de su marido, que anda enredado con otra dama. Con perdón de don Payán, que es muy caballero; yo sólo estoy poniendo un ejemplo. Entonces usted viene acá, se hinca ante la Señora y le reza, le trae sus ofrendas y le pide que le componga el entuerto. Y es casi seguro que Ella le hace el milagro. Pero después no se sorprenda si se le enferma un familiar, o si sufre un desastre económico; no lo quiera Dios, es sólo un decir, le estoy poniendo un ejemplo. Como le venía platicando, Ella juega al toma y daca, y es mejor que uno no se confunda. La Santa Muerte es milagrosa, pero eso no significa que sea desinteresada.

A pocas cuadras de allí, en el Zócalo, bajo la imponente catedral colonial, se están adelantando excavaciones en el subsuelo precolombino, y aunque los resultados aún no se han divulgado al público, se rumorea que los hallazgos son extraordinarios. El Cristo muere en cruz sobre el espléndido barroco tardío del altar mayor, y justo debajo de él, a cien o doscientos metros, acaban de encontrar, o al menos eso se dice, una monumental calavera tallada en piedra, con serpientes por cabellos. Es posible que se trate de Mictlanticihuatl, diosa de la muerte para los antiguos mexicas.

Son las tres de la mañana y una llovizna tímida platina el asfalto. Vamos bajando por Mesones, antes Calle de las Gallas, haciéndole ganas a los tacos del Borrego Viudo, que a esta hora estará todavía abierto. A mí que me los traigan de carnitas, y a Payán de costilla y de cabeza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0014, 14 de diciembre de 2007.

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