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Análisis:EL ACENTO

Teleadultos para niños

Los espacios infantiles de televisión sólo los ven los niños, mientras que los dirigidos a adultos los ven adultos y niños, si es lo único que hay. Eso explica que hayan casi desaparecido los programas específicamente dirigidos a un público infantil y adolescente mientras que se han mantenido los anuncios orientados hacia ese sector de la audiencia; sobre todo ahora, en vísperas de la llegada de Papá Noel o de los Reyes Magos.

Los programas cardiacos o rosas, basados en el morbo que suscita la pública exhibición de las miserias personales, colonizan la parrilla incluso en la franja horaria que la normativa vigente considera especialmente protegida (de cinco a ocho de la tarde), sin que las autoridades competentes (en España, el Ministerio de Industria) se den por enteradas. El lenguaje procaz, los contenidos sórdidos, la banalización de la violencia o del consumo de drogas, son presentados como la cosa más natural del mundo en series y realities.

Naturalmente, también han aparecido especialistas en quitar importancia a los efectos de esas imágenes sobre las mentes infantiles con argumentos tan retorcidos como que quienes protestan son padres que dimiten de su responsabilidad y delegan en las cadenas de televisión la selección de lo que deben ver sus hijos. Culpabilizar a los padres para exculpar a los programadores de la telebasura es el encargo de esos ultraliberales. Desde mediados de los noventa hay normas (trasposición de directivas de la UE) que delimitan contenidos y horarios, y desde 2004 existe un código de autorregulación en torno a unos principios que las principales cadenas se comprometieron a respetar, pero que respetan poco, según constatan diversos informes y encuestas.

Una del CIS de 2006 recogía la creciente inquietud ante la cuestión. El 92% de los consultados defendía la necesidad de adaptar los contenidos al horario infantil, y un 82% reclamaba más programas dirigidos a ese público. El fenómeno no es sólo español, pero en ningún otro país ha alcanzado tanta extensión. ¿No es hora de que los responsables públicos, centrales o autonómicos, dejen ya de hacer como que no se enteran?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 27 de noviembre de 2007