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Crítica:

En la cara B

El dublinés John Carney resuelve en una escena de esta película de fondo insondable el recurrente problema del realismo en el cine musical: su coprotagonista (Markéta Iglová), una inmigrante checa con talento musical, se acerca de noche a una tienda con el fin de comprar pilas para su reproductor de CD. Quiere seguir escuchando la maqueta que le ha prestado un amigo reciente (Glen Hasard), un músico callejero que rasga su guitarra para lamer heridas sentimentales. La chica vuelve a casa escuchando una canción cuyo vuelo acaba rigiendo la puesta en escena: Carney captura el momento como mágica epifanía de tradicional comedia musical y perfecto jirón de vida en un relato realista.

ONCE

Dirección: John Carney.

Intérpretes: Glen Hansard, Markéta Inglová, Hugh Walsh, Gerry Hendrick.

Género: Musical.

Irlanda-Estados Unidos, 2007.

Duración: 86 minutos.

La sutil inteligencia puesta en funcionamiento en ese instante es lo que ha hecho de Once el gran sleeper independiente de la temporada, la sorpresa camuflada en la pasada edición de Sundance y el definitivo trampolín de un cineasta con anteriores trabajos en su haber que no accedieron a la distribución internacional.

Carney fue bajista del grupo de rock irlandés The Frames entre 1991 y 1993, cuyo líder es el protagonista de Once, un musical naturalista que el cineasta prefiere considerar como un álbum de canciones puesto en imágenes.

Once es la respuesta unplugged a la tendencia mastodóntica de la reciente oleada de musicales entendidos como sobreactuación de diferentes modalidades de nostalgia: en suma, el perfecto musical indie, conjugado en presente y capaz de integrar sus canciones en una trama que habla de más cosas de las que parece. Su estrategia podría hacer pensar en un Jacques Demy sin amaneramiento. O en un imposible musical antes del musical.

Once es, por un lado, el documental del nacimiento de una historia de amor que el espectador tiene el privilegio de ver crecer ante sus ojos -Hansard e Irglová entraron en el rodaje como desconocidos y salieron de él como pareja- y la reconstrucción hiperrealista de los íntimos procesos que se esconden detrás de todo acto creativo. Hay, por tanto, tanta verdad como ficción en esta obra de una riqueza nada evidente, cuyo encanto va entrando en el espectador por sedimentación, en delicadas capas de carisma.

Poderoso relato de amor no consumado, conmovedora exploración de la creación en común como diálogo romántico, crónica sin épica de la perseverancia del genio, Once es una inusual película que realiza el considerable acto de humildad de reconocer y celebrar la canción como formato narrativo más flexible y poderoso que cualquier argumento cinematográfico. Una película así no se estrena cada día. Ni cada año.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de noviembre de 2007