Un pozo de sorpresas
En el escenario había un sexagenario que parecía un turista extraviado. Su camisa tenía algo de hawaiana y budista, excéntrica con determinación, su sombrero recordaba de forma alarmante un pastel deforme de alas flácidas y los pantalones tenían un tono rojizo tan desgastado que se intuía que antaño habían sido de otro color. Las luces de la sala en la noche del jueves aún permanecían encendidas, el público se acomodaba y el señor rozaba con su dedo índice el perímetro superior de una copa que contenía un líquido dorado. Que después se lo bebiese despejó dudas. Se oía un sonido que en principio se podía atribuir al roce del dedo en el cristal, pero luego se pudo caer en la cuenta que procedía de un teclado situado en la parte trasera del escenario de los Lluïsos de Gràcia, en Barcelona, donde otro señor, vestido de negro y en cuclillas, paseaba sus baquetas por un singular set de percusión. El concierto inaugural del festival de música experimental LEM había comenzado, pero nadie se habría atrevido a asegurarlo.
Es lo que tiene el LEM, festival que se inauguraba con la colaboración por vez primera sobre un escenario de Charlemagne Palestine, mucho más que un turista extraviado, y Z'EV, un percusionista fascinado por la cábala y las culturas no occidentales. Este festival, un pozo de sorpresas donde se revocan normas y en el que las fronteras se diluyen generando una cierta sensación de vértigo, ponía en solfa a dos músicos experimentales que propusieron durante una hora un fluido diálogo entre el industrialismo percusivo-oriental, digámoslo de alguna forma, y un minimalismo gutural que permitía evocar a Robert Wyatt cuando Charlemagne gemía por encima de la monotonía tonal de su teclado, exprimido hasta el ruido en más de una ocasión.
Explicado así podría parecer que acudiendo al topicazo el concierto sólo era apto para quienes habían leído Ulises, de James Joyce, en la adolescencia. Nada más lejos de la realidad, pues la percusión insólita de Z'EV, quebrada y arrítmica atendiendo a los patrones tradicionales, y la vocalización de Charlemagne, apoyada por su expresiva gestualidad, generaban una música que mantenía prendida la atención ni que fuera por ignorarse cómo evolucionaría en los siguientes compases. Así pasó una hora en una infinitesimal exhalación, pinzando la sensibilidad y buscando respuestas a la música allí donde se nos dice sólo se halla ruido y excentricidad. El LEM ya está aquí para enseñar que en esos rincones hay muchas más cosas.
Las otras citas
Hasta el próximo 28 de octubre, el festival de música experimental LEM toma el barcelonés barrio de Gràcia con una misión: desplegar "un nuevo mapa de sonoridades, poéticas y experiencias innovadoras", como anuncia el programa, que este año celebra que lleva ya 11 años en marcha, informa Fermín Robles. En esta edición, la producción propia del festival se ha bautizado como Anamnèsia. No quiere ser un homenaje a la música layetana, anuncian los programadores, sino la recuperación de unos sonidos que consideran que han quedado arrinconados por la política y la industria cultural desde hace décadas. El encargo de hacer una relectura "atrevida y respetuosa" de algunas de sus piezas más emblemáticas ha recaído en la Orquestra de Cambra Vila de Gràcia y un grupo eléctrico formado por músicos locales.
La noche del día 12 estará dedicada de manera monográfica a Eliane Radigue, y Charles Curtis, Kasper T. Toeplitz y Gérard Pappe interpretarán algunas de sus piezas en el Macba. También pasará por el festival Hector Zazou, la violenchelista de Antony & the Johnsons, Julia Kent, la Eyvind Kang Orchestra y una muestra de la creación sudamericana más innovadora (www.gracia-territori.com).
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