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Crónica:LA CRÓNICA

Che 'versus' feti-che

El ensayista cubano reflexiona sobre la conversión de Ernesto Che Guevara en icono pop. La conmemoración, el próximo 8 de octubre, del 40º aniversario de la muerte del guerrillero argentino permite comprobar cómo la figura de un enemigo del capitalismo que se declaraba ateo y que en algún momento se autodefinió como "máquina de matar" ha terminado convirtiéndose en bandera del pacifismo y en objeto de consumo teñido de mística.

En principio, por él no quedó...

"Ésta es la historia de un fracaso", indica al comienzo de su diario en el Congo, pero unas páginas antes su hija lo contradice y afirma, en la introducción, que es la narración de una victoria. En un momento de su vida se califica como "una fría y selectiva máquina de matar", mas no hay campaña pacifista en el mundo sin su rostro flameando en alguna bandera. Se opuso con fiereza a los valores del capitalismo, y sin embargo en e-bay se venden centenares de fetiches con su imagen. Descreía del típico héroe americano -su modelo era Garibaldi y llegó a postularse como un "pequeño condottiero del siglo XX"-, aunque Hollywood lo ha representado con Omar Sharif, Antonio Banderas, Gael García y, próximamente, Benicio del Toro. En El socialismo y el hombre en Cuba apostó por un arte al servicio del pueblo, si bien eso no ha sido problema para que artistas del mainstream como Annie Leibovitz, Vik Muniz o Pedro Meyer lo pasen por el turmix de sus exitosas carreras. Firmó los billetes con desprecio y llegó a predecir el fin del dinero, en cambio hoy aparece -no su firma sino su cara, esa marca no del todo registrada- en dinero que manosea cualquiera. Fue ateo hasta la médula y alertó de que era el Anticristo, pero una exposición titulada precisamente Passion, en Italia, incluye su foto muerto y David Kunzle le ha llamado "Chesucristo" en un estudio sobre las representaciones místicas de su figura. Su prototipo de ser humano buscaba un hombre nuevo sin vicios, aunque allí está, volando, en un coffee shop de Amsterdam, bien fumado y con los ojos perdidos...

Para la izquierda es una victoria cultural después de una derrota política. Para la derecha, lo contrario

En el trabajo más abarcador sobre este asunto, la crítica inglesa Trisha Ziff ha concebido un proyecto bajo el título original de Che: Market and Revolution, en el que se recogen unas trescientas piezas, firmadas y anónimas, que reafirman o pervierten la foto original tomada por el fotógrafo cubano Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 en La Habana. Una foto a la que, por cierto, algún mérito habrá que reconocerle en la creación de la estampa más famosa del siglo pasado.

Esa misma foto que aparece en la camiseta de Carlos Santana, en plena ceremonia de los Oscar, y que repugnó de tal manera al jazzista cubano Paquito D'Rivera que éste le envió una carta pública donde le recordaba a un Che ejecutor, al mando de los fusilamientos en la prisión de La Cabaña en La Habana.

He dicho, al principio, que por él no quedó, pero Rodrigo Fresán (y ya son muchos peros) me ha apuntado lo contrario. "A mí no me engaña: ese hombre -como el top-model Derek Zoolander preparando calculada y pacientemente su Blue Steel que sacudirá el mundo de la moda- tiene que haber practicado mucho ese rostro y esos rasgos frente al espejo". Aunque de ser esto cierto, todo sería aún más monstruoso y más desarmados quedarían todavía los enemigos políticos del Che, incapaces de conseguir, a conciencia y con todo a favor, un emblema medianamente parecido.

El caso es que ahí lo tenemos: Chihuahua, Homer Simpson, Padre de Familia, Charles Manson, con los labios pintados, en cualquier cosa que sea objeto de compraventa. Tatuado en Maradona y en Mark Tyson. En un medallón de Johnny Depp en la portada de Life y cobijado en la diminuta delantera de un tanga de Giselle Bundchen (desde ahora Bund-Che-n), que me ha lanzado sin escala al lema formador de mi infancia: "¡Seremos como el Che!".

Esa consigna ha sido repetida hasta el infinito por la mayoría de cubanos que hoy existen. Esa generación es también la más amplia del exilio, al que han dinamitado demográfica, racial y culturalmente como la primera gran explosión del destierro global, posterior a la debacle del comunismo. Pues bien, en cualquiera de esas ciudades a las que hemos ido a recalar pueden encontrarse más "Ches" que en La Habana o Santiago de Cuba. Y la mayoría de ellos no nos conminan al sacrifico o la inmolación, sino a participar de la sociedad de consumo en toda su magnitud. Es más, para poder apreciar esa imagen en toda su polisemia, es obligatorio salirse de los predios cubanos donde el rostro de marras tiene más bien una envergadura unidimensional.

Era en Berlín occidental, y no en el Berlín comunista, donde se vendían más objetos del Che. Y tuvo que ser un shock para los alemanes de la antigua RDA descubrir que, entre los elegantes comercios de Charlottenburg, al otro lado de aquel muro que ellos mismos derribaron, hay una tienda dedicada exclusivamente a este hombre que debe haberles provocado más de una pesadilla en su pasado comunista.

Para la izquierda radical, el fetiche del Che significa una victoria cultural después de una derrota política. Para la derecha radical, el fetiche del Che significa una derrota cultural después de una victoria política.

Por eso, cuando algunos conservadores arremeten contra el fetiche por la historia revolucionaria y violenta del personaje, lo primero que demuestran es un alarmante desconocimiento de cómo funciona este capitalismo que tanto defienden a capa y espada. Este sistema que necesita matar al Che personaje -y así lo ha hecho- tanto como distribuir la mercancía que les representa (cosa que también ha hecho sin el menor rubor).

Para ellos, en el fondo, la única salida coherente hubiera sido abanderar una campaña por la prohibición absoluta de esta imagen a escala mundial. Pero eso es, exactamente, lo que no les conviene hacer. Una maquinaria tan cínica que fue capaz de convertir al Che en fetiche, ¿será ahora tan torpe que convertirá al fetiche en Che? ¿Le dejará al personaje exclusivamente su valor subversivo para que afloren su legado y sus maneras en la inestable vida que hoy vivimos? ¿Despojará a esta figura de su neutralidad pop para exponer a los cuatro vientos el ejemplo de un enemigo carismático y letal que se pasó la mitad de su existencia jugándose la vida y al que Max Aub calificó, hace cuarenta años, como "el único caudillo de nuestra época muerto en el campo de batalla"? Me temo que no, entre otras cosas porque la derecha lleva también su buena carga de muerte en la mochila y tendría que enfrentarse a la supresión de sus propios iconos, pues hay muy pocos hoy en la política y en el mercado que no tengan alguna ignominia en la trastienda.

Al final, que tampoco quede por ellos...

Algunas novedades editoriales sobre el Che: Los últimos días del Che (Debate), de Juan Ignacio Siles del Valle; Lágrimas rojas (El Aleph), de Margarita Espuña; La vida y la extraña muerte del Che (Algaba), de Andrew Sinclair. Álbum del Che (Edhasa), de Julia Constenla.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de septiembre de 2007