Columna
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¿Y tú de quién eres?

El otro día coincidí con una amiga que ahora tiene un cargo. Comentamos una serie de avatares políticos que le afectaban y yo le daba la razón en algunos aspectos en los que pensé que la tenía. Estaba preparado para soslayar aquellos en que no la tuviese, caso de que saliesen a colación, pero no para su respuesta: "Pues ya ves como actúan los tuyos". De no haber quedado algo pasmado, me hubiese gustado felicitarla por su facilidad a la hora de establecer quienes son los míos. Yo ni siquiera sabía quienes eran los suyos hasta que vi su nombre en una lista. Poco después, coincidí en una cena con un caballero que no sé si fue de los míos o sigue siendo de los suyos, o es más bien transversal, y llegamos a la conclusión de que hay ahora más sectarismo que en el posfranquismo o en la pre-transición. Decir, para quienes entonces (década de los 70, siglo pasado) no tenían edad o ideología, que en aquella época la militancia era algo tan férreo que había organizaciones que prohibían, expresa o veladamente, las relaciones de pareja mixtas. Estamos hablando de grupos de izquierda más o menos extrema. De derechas no había porque apoyaban por acción u omisión el orden vigente que prohibía la actividad política, y el centro todavía no se había descubierto.

Con toda probabilidad, el actual sectarismo es una consecuencia agravada de aquella situación. En el campo socialista, quizá se deba a que se hizo rápidamente granero con los escasos granos que había en el Pos-F o la Pre-T. El PSOE se formó en buena parte por aluvión, con gentes procedentes de otros sectores, izquierda, derecha o protocentro, y así se forjó por un lado la cultura de discernir de quien viene siendo cada quien y por otro la de considerar que son las siglas las que garantizan las políticas -"soy progresista porque soy del PSOE"- y no al revés. Así se explican esos reproches esporádicos de "rendición" a los nacionalistas, como si los pactos se hubiesen hecho por caridad y no por necesidad y por compartir gran parte de los planteamientos, y el papel de los socios fuese el de los mirones en las partidas de cartas, callar y dar tabaco (situación a la que se ha reducido en gran manera a IU).

En el BNG, fruto de sucesivas decantaciones organizativas, el sectarismo es ya un tópico, pero afortunadamente se practica de forma endógena. El auténtico obstáculo para el alba de gloria de Galicia está dentro. El que exista un nivel más o menos estable de voto nacionalista parece obedecer más al empeño de la sociedad gallega de tener una formación de este tipo: escuchar a los militantes hablar en confianza de la organización es al voto como el abuso del ajo a las relaciones sociales. La situación es siempre grave (de ahí que casi nadie salga casi nunca sonriendo en las fotos) y poco importa que el Bloque tenga hoy más poder que nunca (y posiblemente más del que puede gestionar, aunque eso les pasa a todos al principio).

¿Y en el Partido Popular? El PP es el partido de la gente normal, como dijo ¿Fraga?, en una sociedad en la que todavía se considera que tener una actividad política es por medrar o por amolar o por no haberse enderezado a tiempo. El militante del PP, esté al borde la autodeterminación o molesto con la incomprensión de los logros de Franco, está siempre en primer tiempo de saludo, y para muestra Baltar, que ha pasado de barón con voz cantante en el Coro Terra A Nosa a barítono bajo en el Orfeón Genovarra. Así, lo mismo se pueden apoyar campañas episcopales con posiciones que en Europa son marginales que ponerse bajo la advocación de Castelao (Alfonso Rodríguez, no el de Frutas Castelao), a pesar de que casi todo lo que dijo o escribió Castelao (Alfonso) pondría los pelos de punta no ya a Acebes sino a Ruiz Gallardón.

Pero volviendo a lo que podría haberle contestado a mi amiga, en cuestiones de pertenencias estoy entre Chesterton y Buñuel. El primero se hizo católico porque entró en una iglesia para refugiarse de la lluvia y después de escuchar al cura reflexionó que una institución que logró sobrevivió dos milenios contando con representantes tan necios, es que tenía algo. El segundo no era católico, a pesar de ser la religión verdadera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 15 de agosto de 2007.

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