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Editorial:

Amundsen en Marte

Un quinto del trayecto a Marte habrá cubierto la nave Phoenix de la NASA cuando, el próximo 4 de octubre, celebremos en la Tierra el 50º aniversario del lanzamiento del Sputnik 1: la inauguración oficial de la órbita geocéntrica, de la guerra fría galáctica y de la era espacial. En el medio siglo que ha pasado desde el Sputnik, las misiones espaciales se han convertido en parte del paisaje, pero Phoenix sigue siendo un ave muy rara.

Aterrizar en Marte es la marquesa entre la aristocracia de la ingeniería espacial: sólo ha habido hasta ahora 15 intentos, y únicamente cinco de ellos han funcionado. Y Phoenix es la primera misión de exploración del Polo Norte del Planeta Rojo: el Roald Amundsen de Marte. De haber agua en ese planeta, la lógica y las observaciones de las sondas apuntan a los polos como sus más significativas reservas.

Tras el lanzamiento del sábado esperan a la nave 679 millones de kilómetros. Los técnicos esperan que aterrice en el círculo polar ártico marciano el 25 de mayo de 2008. La misión de la NASA no es más que un medio de transporte para conducir allí a un especialista que ha sido preparado a conciencia para esta misión polar concreta, pero que sólo tiene prevista una estancia de tres meses en el ártico: el robot, excavador y analista Phoenix Lander.

Phoenix Lander (PL) pasará tres meses explorando el Polo Norte de un mundo que jamás ha tocado mano humana, fragmentos de suelo que no tendrían precio en el mercado negro pero que PL, equipado con matraces, microhornos y un laboratorio auxiliar, destruirá sobre la marcha para transmitir su fórmula a Houston.

Los científicos creen que el hielo del Polo Norte marciano es subterráneo, pero por muy poco: se halla a sólo unos 15 centímetros de la superficie. El Phoenix Lander no tendrá que llevar una broca muy larga para sacar muestras, y va bien preparado para buscar allí trazas de compuestos orgánicos. Si hubo bacterias marcianas en el pasado podrían persistir sus residuos orgánicos -no otra cosa es el petróleo- y en los polos deberían haber aguantado más que en los demás sitios.

Marte es el planeta más similar a la Tierra que hay en el sistema solar: por su distancia al Sol, por su día de duración similar, por sus volcanes, cañones, vientos, nubes y sus estaciones cambiantes. Bajo la mirada atenta de Fobos y Deimos, las dos lunas marcianas que llevan los nombres griegos del miedo, 50 años después de saltar al espacio, un nuevo Phoenix sigue buscando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de agosto de 2007