Columna
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Bandera de bando abanderado

Estos españoles son unos cabrones. Toda su ilusión es oprimir vascos. La última, obligarnos a colocar ¡la bandera de España! en las instituciones autonómicas, como si no fuesen nuestras. Que ondee junto a la ikurriña, la bandera que los vascos amamos. Nos quieren imponer la que representa tantos siglos de represión secular. Aumentarán los enfrentamientos. Poco se ayuda así a la superación del conflicto: ésa no es la vía.

Lo anterior apenas es una caricatura. Calificativos extremos al margen -hay cosas que se piensan, pero no se dicen-, expresiones de este tenor han brotado inmediatas tras la sentencia del Tribunal Supremo por la que se ha de colocar la bandera española en las dependencias del Gobierno vasco. "Incita al resurgir de la llamada guerra de las banderas", asegura EB. En EA están indignados: es una "imposición de una ley de uso de bandera que no tiene legitimación social en el País Vasco, y que sólo genera división y crispación". Batasuna, para esta urgencia en sazón aún sin Arnaldo: "Una vez más", el tribunal "escoge el camino de la imposición"; "la bandera española no es la nuestra, la nuestra es la ikurriña, la bandera que une a todos los vascos"; la española "es la bandera del imperialismo y de la colonización, la bandera que niega los derechos y la identidad". La ikurriña es amada por todos los vascos y todos los vascos detestan la bandera española: esta es la idea.

Quizás nos venga conflicto, y de los serios, pues nada entusiasma más aquí que una reyerta sobre símbolos

Quizás nos venga conflicto, y de los serios, pues nada entusiasma más aquí que una reyerta sobre símbolos. Sería, además, pelea en la que pelea sólo una parte (los aborrecerrojigualdas) que pelea contra la ley, materia no de gran estima en el País Vasco. Su incumplimiento y que no haya ninguna bandera constituye "símbolo de entendimiento y encuentro", dice EB.

Pesan las concepciones profundas sobre los vascos y la tendencia nacionalista a creer que el País Vasco es monolítico, un bloque de cemento armado. O, mejor, estamos ante la tautología original, el gran axioma: sólo es vasco aquel que ama la ikurriña sobre todas las cosas y abomina de la bandera española con todas sus fuerzas. Consecuencia: definido identitariamente el vasco, el tribunal agrede a los vascos. Ni se les ocurre que haya vascos que no compartan sus extremos identificatorios, pues no todo el mundo es raro. Confunden su parte con el todo. Gente que suele ser sensata pierde el tino cuando le tocan los mismísimos símbolos.

Todo esto viene envenenado desde hace años, pues fue uno de los malentendidos cuando la transición. La ikurriña, inicialmente bandera nacionalista -y común ya en la Guerra Civil en el bando fiel a la legalidad republicana-, recibió la adhesión emocional de todos los demócratas, como símbolo antifranquista y como reacción ante la prohibición que sufriera durante el franquismo. Se la identificó con la libertad, aunque ahora suene raro. Tal adhesión se produjo además en condiciones peculiares: las creadas por la desafección ante los símbolos españoles, identificados con la dictadura, que gestó una generación sin apegos a himnos ni banderas, la mayoría de los no nacionalistas. El malentendido consistió en que los demócratas no nacionalistas quisieron la legalización de la ikurriña como emblema de un País Vasco para todos, mientras los nacionalistas la entendían como la enseña nacionalista de un País Vasco nacionalista, en el que no cupiera otra insignia y en el que sólo entraran ellos. Dado el desapego simbológico de la otra parte pudieron campar a sus anchas. La guerra de banderas no lo fue socialmente.

A partir de ahí ha pasado lo que ha pasado. Primero, que para el nacionalismo vasco el arrebato por la ikurriña conlleva la inquina respecto a la bandera española. Se trata de que ondee la ikurriña, pero sobre todo de que no esté la bandera de España. Estos años ha preferido que no hubiese ninguna, tampoco la ikurriña, antes de que estuviese la española. Forma parte de las fobias del País anatematizar el rojo y amarillo y a quien los use, eventualidad imposible pues todos nos vigilamos estas cosas. Tiene alguna consecuencia curiosa, como el estrepitoso fracaso en el País Vasco de las bufandas y gorros de Harry Potter, pues van a franjas rojas y amarillas. ¿A que no han visto ninguno, pese a que en otros lares se han vendido como rosquillas? Será el sitio del mundo donde menos se han colocado. Hay cosas que no las arregla ningún mago.

Segundo fenómeno: la desafección de los no nacionalistas por los símbolos continuó, pero el nacionalismo hizo gala de un enardecimiento por los suyos que desmoraliza. Actos políticos, deportivos, culturales... se convertían en descomunales ikurriñales. Ha decaído, pero pervive el frenesí. El otro día salían por la tele sucesivos sujetos que en el Tour agitaban ante un corredor una ikurriña como arrebatados -con otras banderas no suelen verse estos paroxismos preepilépticos-, y la actitud forma parte del paisaje. La identificación de la ikurriña con los histrionismos radicales y su sobrepresencia -puede verse por doquier, a veces enormes ikurriñones; otras en sitios insólitos, hasta en la playa en rocas e islotes-, además de la veneración religiosa que le acompaña, le restó afecciones de quienes la asumían sin estar dispuestos a morir por ella. Por último, la apropiación por Batasuna y compañías, que lo es hasta la exasperación, haría que las palabras de Arzalluz al celebrar el centenario de la ikurriña, sin duda sinceras, pareciesen un sarcasmo. La ikurriña, decía, "jamás ha oprimido a nadie, jamás ha salido a conquistar a nadie, jamás ha provocado a nadie". Sí en su nombre, las tres cosas: oprimir, salir a conquistar, provocar.

La lucha, si nos viene, será pesada. Están todos los ingredientes: pasar de la ley, hacer de nuestra capa un sayo, llorar por tanta opresión infame y evitar que nadie piense que aquí hay España. Con la nación hemos topado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de agosto de 2007.