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Columna
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Notas para después del apagón

Josep Ramoneda

1. El pasado jueves estaba anunciada una manifestación de protesta en la plaza de Sant Jaume por el apagón y la gestión que las autoridades habían hecho del caos que se creó. Los medios de comunicación se desplazaron masivamente para certificar que no acudieron a la cita más de 150 personas. En realidad, lo que se verificó es un alarmante desajuste entre lo que la ciudadanía hace y lo que los medios anticipan. Para justificar esta falta de empatía con los ciudadanos los medios acudieron al tópico de la desafección. Es éste uno de los lugares comunes que se repiten cada vez que la participación electoral cae. Y a mí me parece que es una idea fuera de tiempo, un eco de una manera de entender la política como compromiso y adhesión que ya no funciona. Puede que los ciudadanos no fueran a la plaza de Sant Jaume por hartazgo, porque se ha cansado de protestar inútilmente. Pero puede también que pesara el sentido común: no ir a protestar al lugar equivocado. Porque los destinatarios de la protesta sólo pueden ser los responsables del problema. Y éstos, en primera instancia, son las empresas que tienen a su cargo el suministro de electricidad. En este caso, una empresa privatizada, Fecsa-Endesa, y una empresa en la que el Estado sigue teniendo una participación importante (20%), Red Eléctrica Española.

2. Los políticos de este país tienen una especie de temor reverencial a los empresarios. En realidad, no es extraño en tiempos dominados por una ideología -a menudo transmitida por los propios partidos políticos- que nos presenta al Estado como un parásito social y a la privatización generalizada como el horizonte ideológico insuperable de nuestro tiempo. En este clima los políticos se han convertido en el chivo expiatorio de la sociedad, y lo asumen con tanta gallardía que debe de ser el gremio que más piedras tira sobre su propio tejado. En vez de ponerse de acuerdo en plantar cara a las empresas que no cumplen sus obligaciones, se pelean entre ellos porque cualquier ocasión es buena para desgastar al adversario. Poco importa que en este momento lo que le interese a la gente es la restauración definitiva del servicio y el cobro de indemnizaciones (Y, en este sentido, el presidente Montilla reaccionó a tiempo). Ellos van a lo suyo, con lo cual sólo consiguen aumentar el caudal de desconfianza. La principal responsabilidad de la Generalitat y el Ayuntamiento en este caso es no haber instado suficientemente a las empresas concesionarias a cumplir con sus obligaciones. Su único pecado es de desidia: era antes del desastre cuando tenían que apretar a las empresas. Convirtiendo un problema de responsabilidad empresarial en un problema político, lo único que se consigue es aumentar la impunidad de las empresas.

3. "Estoy harto de no recibir servicios conforme a lo que pago". Estas palabras de un ciudadano en una encuesta de prensa me parece que reflejan perfectamente el tipo de malestar que hay entre los barceloneses. Efectivamente, tanto en impuestos como en las tarifas de algunos servicios básicos se paga mucho y no se obtiene a cambio el nivel de calidad y eficiencia exigibles. Ante este hecho, los partidos políticos, como corresponde a las hegemonías ideológicas del momento, sólo tienen una respuesta: la promesa de bajar impuestos. Es un modo de tomar al ciudadano por idiota por partida doble: primero, porque a la hora de la verdad estas bajadas de impuestos son ficticias, y lo que se reduce por un lado se aumenta por otro, de modo que la presión fiscal no disminuye. Segundo, porque equivale a dar por supuesto que, si pagan menos, los ciudadanos se conformarán con servicios deficientes. Alguien tiene que tomar la bandera de la responsabilidad, y plantear de cara la correlación entre impuestos y servicios, de manera que el ciudadano encuentre una proporción razonable entre lo que paga y lo que recibe.

4. Las diversas incidencias habidas en Barcelona y su área metropolitana en el último año -aeropuerto, cercanías, apagón, etcétera- han creado cierto clima de pesimismo. El malestar social es siempre una mezcla de realidades y percepciones. En el terreno de las realidades nadie duda de la situación deficiente en que están las estructuras básicas en Cataluña. Con todo el cinismo, Luis Atienza, presidente de Red Eléctrica Española, nos dice ahora que la red de Barcelona estaba pensada para el siglo pasado. La Barcelona vivió los Juegos Olímpicos como la eclosión de su modernidad está ahora sumida en dudas por las dificultades de funcionamiento, por los cambios en su composición demográfica y por las profundas transformaciones económicas.

Desde un punto de vista psicológico creo que en buena parte se está viviendo la resaca del fracaso del Fórum de las Culturas. El Fórum fue un error, todo el mundo lo sabe. Pero en este país estas cosas sólo se dicen en voz baja. La ciudadanía prefirió tragar y hacer como si no hubiese existido nunca. No se elaboró el duelo del fracaso y ahora irrumpe en forma de malestar. Pero el Fórum es la expresión del error de pensar que una misma generación podía cambiar la ciudad dos veces en 10 años. El error de Joan Clos fue no querer aceptar que después de los Juegos Olímpicos tocaba dedicarse prioritariamente a hacer funcionar la ciudad, a conseguir que ésta fuera un sistema lo más eficiente posible. Y el Fórum se llevó unos dineros y unas energías que ahora se echan de menos.

5. Y aquí aparece la cuestión de la falta de alternativas. En el Fórum estaban todos. Nadie quiso quedarse fuera. Por tanto, nadie puede eludir ahora responsabilidad alguna. Los retrasos en infraestructuras y las malas condiciones de algunas de ellas (la eléctrica, por ejemplo) vienen de lejos. Varias administraciones los han contemplado. Todos de alguna forma están implicados. ¿Dónde están las alternativas? Desde las últimas elecciones autonómicas el debate político ha estado entre el cuestionamiento de la legitimidad (que no de la legalidad) del Gobierno tripartito, por parte de CiU, y la afirmación del orden y la discreción como principal capital político del Gobierno. Así no iremos muy lejos. Ni tampoco iremos a ninguna parte si pensamos que los remedios están en cuatro cápsulas de retórica del orgullo nacionalista, por un lado, o cuatro cápsulas de retórica de la igualdad y la proximidad, por el otro. Se necesita política de verdad, y política en Barcelona hoy quiere decir repensar el gran cambio de escala que vive la ciudad. Esto significa fundamentalmente dos cosas: que más que nunca es imprescindible repensarla en clave metropolitana y que el proyecto que surgió a principios de los ochenta de la alianza entre las élites ilustradas y las clases populares ya no sirve y debe ser sustituido por un proyecto de amplio espectro y espíritu cosmopolita, capaz de convertir los temores del momento en potencialidades de futuro. Sabiendo que Barcelona es lo que es: una ciudad de medidas humanas, que con su área metropolitana hacer una conurbación suficiente para hacer de ella un lugar de referencia si sabe combinar capacidad de innovación (por tradición y resultados todo lo que gira en torno a la función bio, investigación y medicina, debe ser un puntal), turismo y cultura. ¿Quién cogerá esta bandera?

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