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Reportaje:TOUR 2007

Contador en la burbuja

Dispositivo del Discovery para proteger al chico de Pinto de todo el veneno de la serpiente multicolor

La esquizofrenia es una enfermedad que debuta pronto, cuando el paciente es joven, no tiene ni 20 años. Así, una de las características de los esquizofrénicos es que se quedan solteros de por vida, no tienen relaciones, ni descendencia. Si, como dicen algunos, la esquizofrenia es una enfermedad genética, no se entiende que el porcentaje de esquizofrénicos en la población se mantenga constante desde hace siglos. La esquizofrenia se pega. Debe, por tanto, de tener una componente contagiosa: un virus que se debe de extender más rápida, ferozmente, en ambientes cerrados, opresivos. En el Tour, por ejemplo, donde el porcentaje esquizofrénico no sólo no ha descendido en los últimos años, sino que ha crecido exponencialmente. Lo cual explicaría, desde una perspectiva psiquiátrica, el clima de sospecha permanente, paranoica casi, que se vive en la grande boucle; lo cual explica la urgencia con que el Discovery emprendió la medianoche del miércoles, nada más conocer la retirada de Rasmussen, la tarea de proteger a Alberto Contador de lo que se le venía encima.

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Se trata de que el estrés de las polémicas, la tensión extraordinaria con la que debe cargar este año el portador del maillot amarillo afecte lo menos posible no sólo a su concentración deportiva, sino, sobre todo, a su salud física. Una de las primeras llamadas que recibió el jueves por la mañana su equipo fue la del neurólogo del corredor de Pinto, que quería saber cómo le había afectado la noticia de que se convertía, sin comerlo ni beberlo, en el personaje menos envidiado del Tour. "Es lo peor que me podía pasar", llegó a confesar a sus amigos Contador, que toma diariamente medicación contra las secuelas de la operación cerebral que le salvó la vida en 2004.

"La mejor respuesta a la estupidez, el mayor desprecio, es la indiferencia", es el lema bajo el cual el equipo de Johan Bruyneel ha enfocado la operación protejamos a Alberto, para cuyo montaje cuentan con los siete años de experiencia acumulados en los Tours de Armstrong. Así, un coche a cada lado del autobús del Discovery, y un seto en un lateral, creaban barreras inaccesibles e inexistentes cuando no había liderato, para los que quisieran acercarse a curiosear en la salida. A su alrededor, medio pelotón de periodistas de medio mundo se dedican a preguntar a la otra mitad si hay motivos para creer que Contador no es un tramposo teniendo en cuenta que siendo un escalador pata negra sube muy deprisa los puertos, más deprisa que nadie salvo Rasmussen, el pollo que como todos sabemos era un mentiroso de tomo y lomo.

Para sortear tanto veneno de la serpiente multicolor, Armstrong contaba con la ventaja de su experiencia, de su carácter tejano imperialista, desafiante, de su corazón mezcla de toro bravo y bulldog. Contador, que es de Pinto, que tiene 24 años y que es muy serio y bastante inteligente, es otra cosa. Es inexperto y tirando a tímido. Le desborda la desmesura con la que cualquier asunto secundario se desborda en las cocinas de las salas de prensa. Necesita construir su discurso, su realidad mediática, una figura que se quiere aséptica, redonda, sin aristas, sintética como un zumo envasado. Sabe a naranja pero no es naranja. Para eso están PJ Rabice, el jefe de prensa del equipo, y Bruyneel. Todas las noches se reúnen con Contador, que asume la personalidad de un actor que se prepara para un casting y prepara, casi memoriza, respuestas prototipo para las preguntas que le puedan asaltar en las conferencias de prensa, que son sus únicos contactos con los medios estos días: las entrevistas individuales y las llamadas telefónicas están congeladas hasta después de la contrarreloj de hoy, en la que defiende una ventaja de 1m 50s. El jueves, día en que vistió por primera vez el maillot amarillo, el mensaje transmitido, a 20 preguntas diferentes, fue que estaba bien, pero que le habría gustado más ganarlo en el Aubisque; ayer, la frase era "va a ser el día más difícil de mi vida", en referencia a la contrarreloj de hoy. "Después", cuenta Rabice, "repasamos su actuación. El jueves, por ejemplo, notamos que se rascaba demasiado un lado de la cabeza antes de contestar, lo que no daba una imagen muy segura".

Ese matiz se solucionó ayer, en la última etapa de fugas, un día en el que le ayudó la victoria de Sandy Casar, uno de los creíbles con más atributos de pureza: es francés, viste el blanco de La Française des Jeux -el equipo de Marc Madiot, patrón de los talibanes- y fue el primero que firmó el compromiso ético de los ciclistas por un ciclismo nuevo. Su triunfo, que distrajo a la prensa vigilante, resultó un tanto sospechoso según los parámetros que permiten ahora detectar dopados: conocido por quedar siempre segundo o tercero, Casar estaba con fuerzas pese a ser casi la última etapa del Tour; se había caído y aun así, con el maillot roto, fue capaz no sólo de atacar a traición a sus compañeros a tres kilómetros, sino de rematar, incontenible, a 300 metros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de julio de 2007