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Crónica:TOUR 2007

Pantani, Armstrong, Contador

El ciclista de Pinto se impone a Rasmussen en la cima del Plateau-de-Beille y se coloca segundo en la general

Cada frase, una sentencia, un relámpago; cada pedalada, una declaración de amor. Alberto Contador, il narratore, como le han bautizado los italianos, cuenta, narra, escribe desde la bicicleta su propia leyenda. La escribe con vocales claras, sonoras, con las vocales de su apellido, fuertes, la a, la o, como Ocaña, como Arroyo. Tiene un don único para contarla, el de la hermosura, lo que otros llaman clase, toque genial. Lo que en Ocaña era agonía, dolor íntimo deseando salir de su corazón, lo que en Arroyo era salvajismo puro, naturaleza, desafío permanente, en Contador, que ayer ganó la etapa del Plateau- de-Beille, que ayer se colocó segundo en la general, que ayer se permitió verbalizar su sueño, hacer público un deseo que no nombraba por miedo a que se rompiera -"sueño con ganar el Tour, para ello me preparo"-, en Contador es dulzura, aunque las gafas negras escondan su mirada maravillada, una expresión de ferocidad que no consigue ni lejanamente.

Entre los mejores, Contador desentona. Es joven, viene de otro mundo, es su primer Tour a tope

En los últimos kilómetros del Plateau-de-Beille, la cumbre de los Pirineos en la que sólo ganan los campeones, en la que antes sólo habían coronado victoriosos Marco Pantani (Tour del 98), el escalador atormentado, y Lance Armstrong (2002 y 2004), la banda que le rodea es terrible. Contador se descuelga y vuelve a subir. Les estudia a todos. A Soler, el brutal gigante colombiano que sube a chepazos, su cuerpo un arco sobre la bicicleta; a Evans, de pie sobre los pedales, la joroba bailando por encima del manillar; a Sastre, que escribe con letra pequeña, que esconde su expresión, que se agarra y se agarra; a Leipheimer, que aguanta y aguanta; a Rasmussen, que mira por encima del hombro, sonrisita de superioridad en los delgados labios; a Klöden y a Kasheckin, que intentan esconder sus dudas, deslumbrar con sus maillot azul turquesa, hacer olvidar que su terrible ofensiva anunciada se quedó en la desolada soledad del col de Pailheres, en la miseria del doliente Vinokúrov, quien se acerca al médico, dirige a la cámara su habitual gesto de cortarse el cuello con el índice y desaparece.

El día siguiente a la contrarreloj tampoco fue mucho mejor para los que no lo hicieron tan bien como el kazajo, como, por ejemplo, Valverde, que aguanta con Pereiro y Arroyo hasta que Popovich, guiado por Contador endurece el ritmo de la subida final. Tampoco para Mayo, que se ha quedado antes después de que su equipo, el Saunier Duval, no parara de atosigar al pelotón en cien kilómetros.

Entre los mejores del Tour, Contador desentona. Brilla. Es joven, viene de otro mundo, son 24 años, es el primer Tour que disputa a tope, pensando en todo. No ha tenido aún tiempo de retorcer su carácter, de envejecer. Una persona está donde está -conspirando con Johan Bruyneel, el director que llevó a Armstrong los siete Tours, mandando en el Discovery, con Hincapié, Popovich, Leipheimer a su servicio- después de haber salido de Pinto y atravesado por momentos de sufrimiento. "Impresiona, simplemente, porque ha sido capaz de salir de la cama del hospital y ponerse a pedalear inmediatamente y a ganar a todos", dice el médico del equipo, Pedro Celaya. No es su rostro, su expresión, su ligereza sobre la bicicleta lo que asusta, entonces, a todos los rivales, que esperan el clic de su ataque inevitable como si fuera la hoja de la guillotina abatiéndose sobre su cuello. Lo que asusta son sus piernas de fuego, que aceleran a 5,8 kilómetros de la cima, que obligan a Rasmussen a mirar para otro lado, que hacen explotar la banda de seguidores. Rasmussen coge aire y logra enlazar. Evans, a trancas y barrancas, también, aunque poco después cede. Los demás sacan la calculadora.

Por delante ya, Rasmussen, el líder, y Contador, el carácter, la audacia. Los dos escaladores dialogan en la cima del Tour. Llegan a un acuerdo. A relevos, los dos, para acabar con la banda, con Leipheimer, con Sastre, con Evans. "Sí, de acuerdo", dice Contador, "pero la etapa para mí". Rasmussen no dice ni que sí ni que no. Se relevan, pero bajo el triángulo rojo, Rasmussen saca el gancho e intenta llevar a Contador hasta el agotamiento. "No le iba a dejar ganar allí donde sólo han ganado Pantani y Armstrong", se justifica el danés. Inútilmente. Contador le supera en los últimos metros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de julio de 2007