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COLUMNA

Gallego el último

Tengo un amigo y colega con el que he acordado, de viejos, quedar de vez en cuando para hablar gallego. Ideologías y cariños aparte, tenemos una relación con el idioma parecida a la que podemos tener con un legado familiar y, a la vez, con una herramienta personal y profesional. Sería una irresponsabilidad, cuando menos, dejar que se pierda o que se oxide. Y lo que nos tememos es que, como el gallego siga bajando en calidad expresiva y en cantidad de usuarios, en unas décadas y en nuestro ámbito de profesionales urbanos nos sintamos tan desplazados como quien aprecia manejar los cubiertos en un mundo donde se ha generalizado comer con los dedos.

Los que en este momento no pueden resistir el impulso de poner los puntos sobre las íes, en cartas al director enviadas a galicia@elpais.es o por otra vía, ante la parcialidad de la comparación, proclamarán que no se puede obligar a la gente a usar un idioma, en cuya promoción se han invertido miles de millones, de pesetas o de euros, y que no se habla, entre otras cosas, porque es redundante aprenderlo cuando ya sabemos otro que tiene más alcance. En esa argumentación hay más falsedades que palabras, como decía Philip Marlowe de un cartel que aseguraba "En este local sólo se sirve auténtico whisky escocés de antes de la guerra". No se debe obligar, pero claro que se puede. El hebreo ya no se hablaba en tiempos de Jesucristo, literalmente, y el Estado de Israel lo reinventó y lo impuso a costa de los idiomas realmente hablados por los judíos (el yiddish y el sefardí). En cuanto al dinero, por cada euro que los censados en Galicia dedicamos a la promoción del gallego, gastamos unos 200 en la divulgación del castellano, según cuentas que echó Camilo Nogueira. Y sobre la importancia del tamaño, el islandés es básicamente el noruego de entre los siglos XII al XV, sólamente lo hablan 300.000 personas, pero ni cuando necesitan un nuevo término recurren al noruego actual o a una adaptación del inglés. Es decir, lingüísticamente, todo es más bien relativo.

Con todo, lo más falaz (a la vez que coartada para todo tipo de ilegalidades) es centrar el debate en una obligatoriedad de uso, que nadie, en ningún momento, ha planteado. Ni siquiera aquel artículo de la Ley de Normalización -que Mariano Rajoy apoyó en su día y que el Constitucional anuló porque debería estar incluido en el Estatuto- que establecía el deber de conocerlo implicaba el tener que usarlo, al igual que a Sofía Mazagatos su peculiar relación con el español no le acarreó la pérdida de la nacionalidad. La prueba de que no es obligatorio conocer el idioma propio de Galicia está en buena parte de su clase dirigente. Cualquier personaje público daría tres dedos antes que oírse en la radio diciendo "me se escapó", pero se queda tan ancho después de asestar un "me fan reír seus argumentos".

El problema es precisamente no poder escoger. Cualquier padre o madre urbanita conoce la experiencia de entregar a su retoño gallegohablante a los formadores brazos de la escuela, que lo transforma en castellanohablante con la misma eficacia de la que hacía gala Lenin cuando decía "dadnos a un niño a los ocho años y lo convertiremos en bolchevique para siempre". Según un estudio de Gabriel Rei-Doval, sólo la tercera parte de la población urbana criada en castellano sabe gallego, y por lo tanto, puede elegir en qué habla. Esta es una sociedad con dos idiomas en la que los realmente bilingües suelen ser los gallegohablantes y, en general, son los castellanoparlantes los que se pueden permitir el dudoso gusto de ser monolingües. Igual que aquella pareja estadounidense de sordos que manipuló su herencia genética para que sus hijos tuviesen también sordera, aquí hay quien reclama poder transmitir una carencia (en este caso idiomática). No dejaría de ser un fenómeno anecdótico si no se hubiese abonado por esa tendencia del PP de Galicia de dilapidar la bavarización que con tanto trabajo como beneficio urdió Fraga, y sustituirla por un discurso político reducido a una franquicia. (Ya me veo a mi amigo y a mí, tan ancianos como el pastor aquel del anuncio del todoterreno: "¿E Cuiña, que opina de todo isto?").

sihomesi@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de julio de 2007