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Tribuna:

¿Las mismas manos sobre la ciudad?

Hace ya más de 40 años, el cineasta italiano Francesco Rosi se alzaba con el León de Oro del Festival de Venecia con su película Le mani sulla città, superando nada más y nada menos que el filme de Fellini 8 ?. El director, nacido en Nápoles, trató de mostrar el gran impacto que la especulación urbanística estaba causando en su ciudad nativa, en plena euforia constructora de la década de 1960, y con la maquinaria de cohecho entre poder político y poder económico funcionando a pleno rendimiento. Hace unos días tuve la ocasión de volver a ver la película, bien acompañado por el urbanista Jordi Borja, en un curso de verano de la UAB que trataba de analizar algunos de los conflictos políticos y sociales del presente desde la mirada y las reflexiones que nos ofrece el buen cine. La primera constatación es que la película, realizada en 1963, ha envejecido bien. Y lo ha hecho porque no trataba de forzar la narración desde unos parámetros ideológicos previos, sino que pretendía construir la historia desde la propia realidad del momento. Su factura es de tal calidad que convierte unos hechos aparentemente de crónica local, en parte del imaginario colectivo, en parte de la memoria histórica de la Europa de la segunda mitad del siglo XX.

La trama y el escenario nos eran y nos siguen siendo tremendamente cercanos y familiares. Rosi nos cuenta la historia de una ciudad que crece de forma espectacular, destruyendo lo viejo para "modernizar" el parque inmobiliario y aprovechando los espacios vacíos de la periferia para construir miles de nuevas viviendas, recalificando terrenos, haciendo pagar los costes de urbanización y de conexión a los poderes públicos y enriqueciendo sin freno a políticos y promotores inmobiliarios. En los sesenta, también Barcelona crecía de forma indiscriminada, a caballo de la Administración de Porcioles (1957-1973), empezando a sanear el Raval por las Drassanes y construyendo a mansalva en Nou Barris, Santa Coloma, Sant Adrià y L'Hospitalet. Lo ciertamente significativo del filme y lo que lo sigue haciendo tremendamente actual, es la conexión entre los hechos que narra y la crónica que cada día asoma en los periódicos sobre los escándalos inmobiliarios y urbanísticos en diversas partes de España. Pero, sobre todo, su modernidad deriva de la capacidad de Rosi para mostrar la equívoca relación entre moralidad y política, entre partidos sin principios claros y contradictorias estrategias de ciudad y los constantes conflictos entre intereses públicos e intereses privados.

Una lectura contemporánea de la historia de Rosi pone de relieve su habilidad para mostrar los conflictos de poder, la transición entre las viejas y las nuevas maneras de hacer política. El pasado viene representado en el filme por el líder del partido de derechas, que entiende la política en clave parasitaria y precapitalista (muy entroncado con nuestro reciente pasado franquista, aún presente hoy en muchas partes de España). El presente viene simbolizado por el promotor y manager inmobiliario Nottola (protagonizado por un fantástico Rod Steiger), que muestra a los políticos lo fácil que es ganar dinero a golpe de recalificación, sin necesidad de ensuciarse las manos ni tener que háberselas con obreros sindicalizados como les ocurre a los industriales de Turín y Milán. Su alta preparación técnica, su neocapitalista falta de prejuicios, viene acompañada por una gran desconfianza hacia los políticos que le obliga a presentarse a las elecciones para cuidar directamente de sus negocios sin parásitos intermediarios. Eso mismo es lo que observamos en este país en algunas alcaldías, diputaciones, listas de partidos y presidencias de club de fútbol, como espacios en los que cuidar que todo fluya. O como dice el personaje de Steiger, "el dinero no es como un coche al que puedas dejar en el garaje; el dinero es como un caballo que ha de correr y alimentarse a diario". Pero, desde mi punto de vista, el personaje ciertamente más significativo del filme es el líder del partido de centro, De Angeli, una persona culta, refinada, que habla y actúa desde una lógica simple y llanamente de poder. Todo es explicable y justificable desde la institucionalidad, desde el deber de gobernar o de hacerse cargo de la situación. No hay una posición ideológica significativa, no se pretende defender principios o intereses públicos. Lo importante es ocupar el poder, mantenerse en el gobierno, que las cosas sigan su curso. Como afirma: "los Nottola pasan, los partidos (las instituciones) siguen". Es ésta la cara más tradicional del poder institucional. La más antigua en su conformación y funcionamiento, pero tambien la más sensible a los poderes externos, que fijan estrategias e imponen, si les dejan, aquellos proyectos urbanos que mejor se acoplen a sus intereses. Las manos pueden ser ahora distintas, pero su lógica de actuación sigue siendo bien reconocible.

En este sentido, el filme nos da algunas claves de los nuevos procesos de gobernanza urbana. Sigue siendo cierto que existen conflictos entre intereses público y privados. Como sigue habiendo tensiones entre ciudad planificada y ciudad no planificada, o perviven los conflictos entre lógicas técnicas y lógicas sociales. Ante todo ello, lo que nos parece decir Rosi es que sin capacidad de acción alternativa a la colusión de capital y poder (los De Angeli-Nottola), los reformistas y bien intencionados protagonistas de la izquierda (en el filme, el comunista De Vita, o el reformista de centro izquierda, Balsamo), poco podrán hacer más allá de denunciar y tratar de evitar mayores desaguisados. Su fuerza es la capacidad de denuncia que su mayor consistencia moral les proporciona, pero su debilidad es su impotencia práctica ante la fuerza de los "poderes fácticos". Lo cierto es que necesitamos urgentemente alternativas social y técnicamente viables frente a modelos de desarrollo que sabemos ahora, mucho más que en 1963, que son ciertamente insostenibles. Hemos de ser capaces de levantar nuevas formas de hacer ciudad, modelos alternativos al crecimiento como único paradigma. Y eso requiere mayores complicidades e iniciativas entre actores sociales movilizados, capacidades técnicas suficientes y proyectos políticos vertebradores. La última imagen de la película nos orienta sobre lo que acabamos de ver: "Los personajes y los hechos aquí narrados son imaginarios. Auténtica es, en cambio, la realidad social y ambiental que los produce". Cambiar esa realidad es el desafío.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de julio de 2007