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Reportaje:ESCENAS ESTIVALES

Mito y misoginia

Los dos subgéneros del drama antiguo, tragedia y comedia, son dos caras de una misma moneda, inseparables en el fondo -la literatura posterior llama "tragicomedia" a La Celestina-, pero que manejan registros y claves diferentes: el dolor, el llanto, en el caso de la tragedia, o el esperpento y la sátira, en la comedia, sin menoscabo de su seriedad de fondo.

De otra parte, el teatro, vinculado a la democracia ateniense, evoluciona en su fondo y en su forma a tenor de los cambios políticos y sociales. Cuando el ciudadano deja de intervenir directamente en los asuntos del Estado desaparece la tragedia. Igualmente, la comedia pierde su dimensión política para transformarse en una comedia de costumbres que refleja la vida privada de las clases acomodadas de Atenas; una comedia "burguesa" cuya acción se limita a plantear situaciones equívocas y elude la reflexión sobre temas profundos, sustituyéndolos por los aspectos más triviales del amor. Estas circunstancias condicionan la figura femenina del teatro.

La historia de la mujer es la historia de una marginación. Desde la antigüedad textos misóginos creados por hombres no han hecho más que repetir el discurso dominante sobre lo que constituye, en su opinión, la naturaleza femenina. Sin ir más lejos, en los propios textos teatrales quedan bien plasmados los atributos, siempre negativos, de la mujer: histerismo, gusto por el cotilleo, volubilidad, debilidad, lujuria, gula... Sin embargo, todos estos aspectos negativos quedan ensombrecidos y anulados por la ingente figura de la heroína, prototipo en femenino de la grandeza y miseria del héroe trágico, cuyo sufrimiento y caída producen horror y pena en el espectador, si se trata de tragedia, o provoca la carcajada más sonada y catártica, en la comedia. Multitud de títulos de tragedias son nombres de mujer: Clitemnestra, Electra, Antígona, Hécuba, Troyanas, Andrómaca, Fedra, Lisístrata... por citar algunos. ¿Por qué en una sociedad tan machista como la de la antigua Grecia se produce este fenómeno?

El drama antiguo no es otra cosa que vida en escena. En la verdadera tragedia siempre se da la lucha entre la libertad y el heroísmo, de una parte, y las coerciones que asfixian al ser humano y lo hacen preso y rehén: coerciones de la familia, de la sociedad, de la religión. Y si hay un ser humano que sienta estas coerciones, ésa es la mujer, por el mero hecho de serlo. Sea cual sea la andadura y el resultado de la lucha femenina por la libertad y la propia afirmación en la antigua Grecia, el eco de esta lucha fue ampliado por poetas y artistas, quienes perfilaron multitud de nombres. Mujeres como Fedra, Andrómaca o Lisístrata, por poner tres ejemplos de actualidad, son mujeres-idea, mujeres-grito; figuras excepcionales que el mito modeló para personificar la sublevación femenina contra la opresión del poder en manos de los hombres.

Eurípides trata el tema del horror de la guerra en tres tragedias con nombre de mujer: Hécuba, Troyanas y Andrómaca. Aristófanes, en clave del mundo al revés, nos ofrece una alternativa de paz y buen gobierno personificados en Lisístrata. La acción de Fedra es el grito de una mujer que sufre bajo el peso de un irrefrenable amor no correspondido. Estas mujeres, aunque posiblemente inexistentes en la realidad, quedaron asentadas en el subconsciente colectivo y en ellas se han basado siglos de pensamiento filosófico e inspiración artística.

Pese a la trivialización de la mujer en la Comedia Nueva y en Plauto, cuyas huellas se han dejado sentir en épocas posteriores, las grandes heroínas del teatro antiguo han proyectado su figura universal y eterna siglo tras siglo, y su vigencia permanece viva en nuestros días.

Carmen Vilela es catedrática de griego clásico en el IES Nervión, de Sevilla, y dirige el Festival de Teatro Grecolatino de Itálica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de junio de 2007