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Reportaje:NACIONAL

Ritual mágico del G-8

La incapacidad de los grandes para influir en el mundo

Uno de los fundadores de la antropología social moderna, Bronislaw Malinowski, habló repetidamente sobre el carácter paradójico que tenían los ritos mágicos de los habitantes de las islas en los Mares del Sur. Eran perfectos agricultores, que lo sabían todo sobre el clima, el suelo y la tecnología agraria. Y, sin embargo, nunca dejaban de invocar a los espíritus en el momento de plantar.

Lo absurdo de la cumbre del G-8 en Heiligendamm nos recuerda que la magia no ha desaparecido. Los líderes mundiales, con sus grandes aparatos burocráticos y sus diligentes asesores, sus ejércitos, sus servicios de inteligencia y su policía, temían, sobre todo, que quedase al descubierto lo que gran parte del mundo sospechaba: su incapacidad de influir en los acontecimientos. De modo que, con la entusiasta cooperación de una parte considerable de los medios de comunicación internacionales, organizaron un ritual en el que se mezclaban varios géneros: negociación internacional, espectáculo público, rito obsesivo.

En medio de las supuestas divisiones políticas, Putin tenía todos los motivos para pensar que pisaba terreno conocido. Al fin y al cabo, la policía alemana se ha dedicado a llevar a cabo detenciones preventivas, la violación sistemática de los derechos de los ciudadanos y el uso de provocadores, y, aun así, no ha podido contener a los manifestantes. Putin ofreció públicamente a Bush su cooperación técnica para implantar un sistema de misiles defensivos y, más en privado, quizá ha asesorado a Merkel en materia de eficacia represiva.

Ésta ha tratado de apuntarse incluso el tanto de las protestas, al afirmar que había aprendido cosas de su conversación con los manifestantes, aunque no ha dicho exactamente qué. Hasta Bush simuló sentirse generoso y preguntó a Prodi si los manifestantes italianos iban a poder volver a tiempo para coincidir con su visita a Roma. Las bravatas de los jefes de Gobierno formaban parte de un comportamiento ritual.

A Blair, que tiene más tono de párroco rural que nunca, le faltan sólo unas semanas para acceder a una retirada no del todo voluntaria. A la opinión pública estadounidense no le importa demasiado lo que hace Bush (el domingo, las secciones de opinión de The Washington Post y The New York Times no mencionaban su viaje a Europa), y está contando los días que faltan para que se vaya. La coalición de Prodi sobrevivirá hasta el próximo mes de febrero, porque los parlamentarios no pueden irse antes si quieren tener derecho a pensión; pero, a partir de esa fecha, sus posibilidades no son muy prometedoras. Merkel, elogiada triunfalmente por haber sido capaz de sostener esta reunión, puede tener que afrontar el final de su coalición de Gobierno y su cargo de canciller en un futuro próximo. Sarkozy tiene por delante un periodo de prosperidad política, y quizá por ello se permitió ser franco con Bush, pasó mucho al teléfono y actuó como el arribista social engrandecido que es.

Los resultados de la reunión podían haberse obtenido mediante una labor diplomática normal y sin los costes faraónicos del encuentro; sobre todo, porque esos resultados han sido escasos y previsibles. La verdad es que el argumento de que ya no existen instituciones ni criterios para ejercer la diplomacia normal, que la nueva forma de política mundial es una especie de gestión de crisis permanente, es convincente.

Críticos severos

La reunión de Heiligendamm nos muestra que los procesos de gobierno mundial que, según muchos expertos, ha encarnado son completamente ficticios. A pesar de las apariciones ridículamente breves de algunos representantes de otros países, los ocho dirigentes participantes en el encuentro no tienen ninguna legitimidad como portavoces mundiales. Su capacidad de gobernar, gravemente limitada en sus propios Estados, no se extiende al mundo. No sólo no lo dominan, sino que lo más apropiado que podría decirse de ellos es que a duras penas consiguen aguantar el ritmo de la rotación terrestre. Giscard y Schmidt, fundadores de las cumbres, son dos de sus críticos más severos.

Una lección que nos ofrece este acontecimiento innecesario es que resulta más urgente que nunca impulsar la reforma y la ampliación del Consejo de Seguridad e incorporar a sus funciones varios de los asuntos de los que ahora se ocupan el Consejo Económico y Social y organismos como la OMS y la OMC. Otra conclusión es que los jefes de Gobierno son unos rivales insuficientes para los amos económicos del universo que se reúnen en Davos, y no se pueden comparar, desde el punto de vista intelectual, con los movimientos de protesta que se reunieron en Porto Alegre. Se limitan a renquear detrás de ellos. Y además de todo eso, subestiman un elemento fundamental de la política democrática responsable, que es la honradez con los ciudadanos. El hecho de que se hayan refugiado colectivamente en los rituales se ha convertido en su propia parodia. Más les valdría reconocer, para empezar, la poca influencia que tienen. Pero la magia es la única cosa que podría inspirar modestia a unos personajes a los que es imposible considerar seriamente, sin reírse (o llorar), como nuestros líderes.

Norman Birnbaum es profesor emérito en la Facultad de Derecho de Georgetown. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de junio de 2007