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Columna
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El corredor de fondo

No hace falta ser un gran aficionado a la novela negra para deducir que Al Capone sería hoy muy bien recibido en algunos municipios españoles que han bendecido con sus votos a los nuevos profesionales de este gremio multimillonario gracias al boom de la construcción. Algunos se extrañan de semejante comportamiento electoral pero es algo que forma parte del ecosistema. Del mismo modo que los mejillones cebra se dan en aguas muy contaminadas, el prototipo de gañán de medio pelo se desarrolla en estas latitudes como pez en el agua. Cualquiera puede entender que hacer fortuna en este caldo empresarial es pan comido para ciertos especímenes, modelo de adaptación al medio. Y no se trata de culpar al sufrido ciudadano por el uso que pueda hacer del sufragio universal, sino de constatar un conocido principio darwinista según el cual sobrevivir en la jungla resulta a todas luces más fácil para un traficante de colmillos que para un niño del colegio de San Ildefonso.

La gente del común suele quedarse muy impresionada por estos hombres hechos a sí mismos con espectaculares patrimonios fruto de la ingeniería financiera, que es un eufemismo para señalar a los que viven de trincar el dinero ajeno. Algunos tal vez querrían verse reflejados en ese espejo, pero no se dan cuenta de que estos ejemplares son muy fácilmente reconocibles para la justicia, ya que tarde o temprano les acaba asomando por la oreja el pelo de la dehesa.

En el fondo todo se reduce a una cuestión de formas. Ya decían los postmodernos que la ética es una estética. Y ahí radica uno de los estigmas más misteriosos de nuestro pasado. Este siempre fue un país de contrastes. En las Cortes de Cádiz unos cuantos diputados ilustrados de verbo limpio y leontina en el chaleco sentaron las bases de la democracia y elaboraron una Constitución que es uno de los textos más hermosos del mundo. Su elegancia traspasó el océano y emergió en todas las naciones libres de América como emblema de un nuevo orgullo ciudadano. De ahí que la estética posea una conexión íntima con la moral. Pero, como en los aquelarres de Goya, a aquella utopía liberal le sucedió otra vez la España negra bajo un cielo de antracita que pronto derivó hacia el plomo. A menudo, la seducción de la estética nos hace olvidar que el mal existe. Prueba de ello es que ahora mismo unos matones de encefalograma plano quieren despertar de nuevo aquel paisaje carbonizado de la Quinta del Sordo, para no defraudar las expectativas de tantos agoreros.

Esta semana el presidente del Gobierno se presentó en un plató de televisión con la camisa impecable y la soledad de un corredor de fondo. En la entrevista se mostró tocado del ala, pero no descompuso la figura, pese a saber que en su propio partido cuenta con rivales que le están haciendo la cama. Habló con una cordialidad secreta, humana, aunque la elegancia no le viene a este político únicamente de la escuela republicana, sino que es un don del espíritu. El estilo se tiene o no se tiene. Y esto es algo que ni los gañanes del hormigón, ni los profetas del Apocalipsis, ni los asesinos a sueldo podrán jamás comprender. La moral es un enigma.

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