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COLUMNA

Polvos y lodos

Franquismo de partidos, llamó el otro día Pepe Ribas a nuestro sistema. Lo dijo en la presentación de su libro Los 70 a destajo (RBA), que Pepe firma ahora como José y a la que nos convocó en una sala del nuevo Instituto Cervantes que parecía un sótano del Kremlin. Dirigido, no obstante, por César Antonio Molina, su incansable gestión cultural augura más alentadoras actividades que las de la fortificación rusa. Quizá resultó exagerada, provocadora, tal definición de la democracia española actual; yo di un respingo en mi asiento y ahí quedó la cosa, pues Pepe Ribas, inteligente y avieso, midió con precisión el tempo de su alocución y lanzó estas palabras como un broche final que quedó sin explicación ni debate. Pero, como me consta que Pepe no habla, en general, por hablar, sé que él podría ofrecer una aclaración convincente de tan subversiva interpretación de esta era política, y es más que probable que el germen de la misma se halle, precisamente, en los capítulos de su deslumbrante libro. Son casi seiscientas páginas de claves imprescindibles para comprender nuestra desconcertante, y hasta desmoralizante, realidad, y yo aún estoy en ello, pero su lectura ilumina la historia como el más sesudo análisis de la misma, al tiempo que engancha con la ligera e indescifrable fluidez de la buena literatura.

La gran diferencia entre el programa electoral madrileño de los dos partidos mayoritarios era un tranvía

Los 70 a destajo es, al hilo de la biografía de la emblemática revista Ajoblanco (1973-1979), fundada por su autor, el relato de una transición que aún no había sido contada: la de una revolución social de inspiración libertaria cuyos frutos, como señala Ribas, son las bodas gays, la sensibilidad ecológica, las relaciones familiares no autoritarias o la nueva posición de las mujeres en la sociedad. Pero el libro también desentraña los mecanismos mediante los cuales el movimiento libertario fue minuciosamente sofocado, sacrificando una transformación social más profunda en aras de una reconciliación nacional cuyos frutos también han madurado, algunos hasta la putrefacción. Estos lodos. Precisamente, Santiago Carrillo, ex secretario general del PCE, alertaba el otro día contra quienes piensan que en la transición pudieron haberse alcanzado otros logros. "La gente que cree que se perdió una oportunidad es que, en realidad, se perdió en los entresijos de la transición", dijo, y los tildó de "quiméricos". Pues bien, los entresijos de esa quimera, que aglutinó Ajoblanco, se hallan no sólo en las hemerotecas sino al fondo (y no tanto) de las estanterías de muchos que no figuran en las fotos de La Moncloa: estudiantes, obreros, hippies, frikis, undergrounds, madrileños movidos, músicos progresivos, artistas conceptuales, contraculturales, lisérgicos, independientes. Todos aquellos que creían en un mundo que fuera diferente, sin marxismo y en contra de "los imbecilistas", como proclamó el primer editorial de la revista, recogiendo una afortunada expresión del escritor Quim Monzó.

Dice José (Pepe) Ribas que a partir de ahora sólo escribirá novelas, que le matan si escribe lo que sabe de los ochenta y los noventa. No queremos que le maten, vive Dios (por decir algo), pero, leyendo lo que sabe de los setenta, queremos más, queremos que siga contándonos nuestro pasado y nuestro presente, que nos explique aquellos polvos, a ver si así entendemos estos lodos. Quizá comprendamos en toda la extensión de su significado el actual franquismo de partidos al que se refiere. Quizá así comprendamos por qué triunfan las ciudades convertidas en parques temáticos para turistas, como Ribas acusa a Barcelona, y hasta los resultados electorales en Madrid. Quizá así comprendamos el vacío ideológico de una izquierda incapaz de presentar alternativas porque ha perdido el discurso distintivo. Porque, como dijo José Vidal-Beneyto en el mismo debate de Carrillo, es imperioso "luchar para conseguir moralizar de nuevo a una sociedad desmoralizada". Puede ir tomando nota el PSOE madrileño, que ya sabe que necesita un "cambio total, organizativo, de proyecto y de personas". Pues, por desgracia, como bien apuntaba Juan en la cena con Ribas y otros herederos del Ajoblanco, la gran diferencia entre el programa electoral madrileño de los dos partidos mayoritarios era un tranvía. El cambio total habrá de inscribirse en una realidad que ya no se desarrolla en la televisión sino en Internet, que no está en las sedes de los partidos sino en la calle, que no puede avanzar por autopistas sino entre árboles. Otros polvos.

Quizá entonces podamos volver a perdernos en los entresijos de la quimera. Y dedicarnos a leer novelas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de junio de 2007