Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

La vida, che

Analía recuerda que su bisabuela nunca se cortaba el pelo. La larguísima melena vestía la espalda como una túnica sedosa que en sus ribetes casi alcanzaba los talones. Era el único trazo enigmático en aquella mujer de vida humilde, trato afable, hablar pausado y ojos clarividentes. En realidad, como descubrió Analía, el pelo tenía la longitud de un relato histórico. Ramira, la bisabuela, había emigrado muy joven. Una niña, podría decirse, pero en aquel tiempo para los pobres no había infancia. A medida que el barco se alejaba de Vigo, la muchacha notó que le caía el cabello. Se le iba, sin más. Una interminable travesía surcada en el cuero del cráneo. Ocultaba las calvas con una pañoleta. Y al llegar a Buenos Aires, en lugar de santiguarse, alzó la mirada a lo más alto y juró que nunca jamás se cortaría el pelo.

La víspera de emigrar, Maruja se puso a cortar leña. Horas y horas, golpeó con el hacha poseída por una extraña obligación. Ése era su último recuerdo. El crujir de la leña y el jadeo del cuerpo. En Buenos Aires encontró pronto trabajo. Y en el trabajo, un marido. Con él, con Wenceslao, volvió a la aldea natal, pasado más de medio siglo. Entró en la casa campesina. "Che ¿y vos qué hiciste?", le preguntó una amiga argentina. "¿Qué iba a hacer? Lloré", dijo Maruja.

-Ya. ¿Y después?

-Lloré más.

-Pero, ¿y después?

-Después busqué el hacha y seguí cortando la leña.

La tercera historia responde a una pregunta: ¿por qué emigró Paco Lores? Fue en 1952. Vivía en O Grove. Tenía 18 años. No era ya época de hambre, pero él tenía un recuerdo del hambre. Un recuerdo musical. En la posguerra, su madre y hermanas trabajaban en una conservera. Para que las operarias no se llevaran a la boca ni un pellizco de atún, tenían que cantar todo el tiempo. Si se callaban, el capataz gritaba: "¡A cantar, a cantar!". Y lo que cantaban eran tangos. El tango mata muy bien el hambre. Sabe a bonito estofado. Es más. Una hermana de Lores cantaba tangos como el Dios de los porteños. Por eso emigró Paco Lores. Por los tangos, che.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de mayo de 2007