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Columna
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Sofía

Ella fue una de nuestras primeras extranjeras, no sería apropiado decir una de nuestras primeras inmigrantes, pero sí que el hecho de que viniera con un acento extraño hizo que no se la recibiera con los brazos abiertos. Seamos precisos: el acento lo imaginábamos porque no la oímos hablar hasta bien entrada la democracia. De ella se decía de todo. Que era una mujer fría (como bien correspondía a una extranjera), distante (por "esa educación prusiana" que llegó a ser casi un adjetivo para definirla), que contrastaba con la naturalidad del esposo. Ella era fiel a la imagen con la que llegó: melena cardada, trajes discretos y poco reseñables y sonrisa tímida. En realidad, cruzó los años de juventud y tres maternidades siendo poco más que acompañante y portada de revistas. Esa discreción fue la que al parecer le valió la definición de "gran profesional", un piropo que las mujeres de a pie no sabríamos cómo entender si viniera de nuestros maridos. Poco a poco, casi de la misma forma que todas las mujeres de su generación, aunque estén mucho más abajo en la escala social, fue encontrando su lugar en el mundo. Sucedía al mismo tiempo en que a él se le iba notando algo ajeno a la agenda social. Es como si ella deseara compensar ese desapego. En cada acto público en que se les veía juntos él comenzó a aparecer como ese tipo de maridos que dicen por lo bajo, venga, acaba, cuándo nos vamos, y ella permaneció fiel a su legendaria amabilidad, formulando preguntas cordiales, expresando curiosidad. Además de ese agrado en el carácter, que no puede ser sólo fruto de su educación, conocimos la sentimentalidad de la mujer supuestamente fría: apareció llorando con lágrimas verdaderas en algunas tragedias que sacudieron el país. Dio manos, abrazos y besos que parecieron ciertos. Esto no es una defensa de un modelo de Estado sino algo más llano, una percepción que debo compartir con mucha gente, la misma que hace subir las estadísticas en Internet cada vez que aparece su rostro y su nombre, Sofía. Es la mujer que toca la mano del amigo violonchelista muerto, la que visita proyectos de mujeres del tercer mundo, la abuela. A veces te preguntas, ¿no será que ahora ella es el Rey?

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Sobre la firma

Elvira Lindo
Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Su último libro es 'En la boca del lobo'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER.

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