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Crónica:FUERA DE CASA
Crónica
Texto informativo con interpretación

Elogio del aburrimiento

Me gustan las ciudades con fama de aburridas. Me divierto en esas ciudades en las que parece no pasar nada y pueda pasar de todo. Ciudades en las que no está nada claro qué se puede hacer, qué se puede ver y por dónde hay que pasearlas. Cada uno tiene su propia lista. Hay ciudades que soportan hace mucho tiempo el estigma de ser aburridas. Una de ésas es una de las ciudades que más me gustan de América, del sur o del norte: la ciudad de Montevideo. Muchos te dicen que hay que ir en tiempo de farra, en tiempo de carnavales, cuando esa ciudad tranquila no se parece a sí misma y se convierte, por unas semanas, en un Cádiz menos cachondo, pero también lleno de murgas. No es el único parecido gaditano de Montevideo. Su plaza principal se llama de la Constitución por nuestra Pepa. También está rodeada de mar -aquí, en Montevideo, el río de la Plata es mar-, y tiene barrios, casas, cafés, bares, tiendas, mercados, mercaderes, puerto, teatros e historia que conocieron tiempos mejores. Son dos de las mejores ciudades para pasear que conozco. Dos hermanas del sur, de los sures. Cádiz tiene más católicos, aunque descreídos; Montevideo, más masones, también descreídos. Cádiz es una de las ciudades más antiguas de Occidente; Montevideo, una de las más nuevas. Cádiz mira al otro lado, pero se gusta a sí misma; Montevideo es una de las capitales de ese sur que miraba, que sigue mirando, a Europa, a Occidente, y se gusta menos de lo que debería. En Cádiz se pasea, se socializa, de barra en barra; en Montevideo se ensimisman con el mate o frecuentan bares sin ruido, con bebedores silenciosos, con soñadores ensimismados. En pocos lugares del mundo quedan los bares, boliches, almacenes, cafés y garitos tan anclados en el pasado como en Montevideo. Ahora conforman algo así como una ruta artística de la ciudad.

No hice caso a esa recomendación de visitar la ciudad en tiempos carnavalescos. Ni fui a tomar el sol a Punta del Este. Ya tengo Cádiz, Canarias o Ciudad Rodrigo para carnavales. Ya tengo mi entierro de la sardina. Para playas, tengo Galicia. No quiero más "farras celestes", como las llamaba el incisivo, el humorístico Mario Benedetti en sus viejas crónicas periodísticas, cuando se firmaba Damocles. Cuando participaba en ese juego nacional de los uruguayos que es saber fustigarse a sí mismos. No es mala terapia.

Yo fui en la semana de la ciudad vacía. La Semana Santa nuestra que ellos, poco católicos, la verdad, llaman la semana de turismo. Fascinante experiencia de una ciudad fantasmal. Apenas abiertos unos cuantos bares, algunos restaurantes, muchas librerías -sobre todo de viejo- y un festival de cine que, incomprensiblemente, llenaba cada día sus salas con gentes, con cinéfilos, con raros capaces de ver cine de autor y que durante el día deberían estar escondidos en algún lugar. Otra necesaria visita es al Centro Cultural de España, una sorpresa de lugar en una hermosa y rescatada ferretería y lugar de referencia de la ciudad viva. Ya era hora de que no fueran los franceses, los alemanes o los italianos los que nos ganen por la mano. Mucho tendrá que ver, creo, esa experta en Onetti, Hortensia Campanella, que dejó su Madrid para irse a su Montevideo. Y que tiene tiempo para cuidar la obra completa de un escritor que no deja de crecer, Juan Carlos Onetti. Su ciudad, la de Onetti, la real y la imaginaria, está todavía aquí. Santa María es Montevideo. Montevideo es Onetti. Así me pareció esos días fantasmales, atrapados en el tiempo no santo de su Pascua. Una ciudad con solitarios bebedores en sus bares portuarios. Con sus barrios de ambiente inquietante, hoteles de posguerra; con oscuros paseantes de los conventillos -esos lugares sin vírgenes-; con sus esquinas de gimnasios para futuras estrellas del boxeo; con canchas de fútbol para adolescentes que sueñan ser estrellas en un club europeo mientras dan patadas al balón mirando al mar oscuro, allí donde la vieja ciudad termina. Ciudad con puerto, donde se ven pasar los barcos; llegar a ese puerto que parece sacado de una pintura de su gran pintor, de Torres García. Ciudad de pintores, de poetas, de extravagantes. La ciudad donde nacieron los franceses Isidore Ducasse (conde de Lautreamont), Jules Laforgue o Jules Supervielle. Ciudad de la gloria y la muerte de Margarita Xirgu.

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