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Columna
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Marte

Rosa Montero

El otro día me sucedió algo desazonante. Una alumna de la Facultad de Periodismo vino a entrevistarme para su clase, lo cual es algo muy normal; antes o después siempre hay algún profesor que manda hacer una entrevista, y por lo general los alumnos se abalanzan sobre los periodistas profesionales. Eso hicimos todos cuando estudiábamos, y por eso solemos prestarnos todos al ejercicio. Esta chica tenía diecinueve años y era especialmente lista; se había preparado el trabajo a conciencia y lo hizo muy bien, con mucha serenidad y gran desparpajo. Con esa misma desenvoltura me soltó, nada más llegar, una pregunta que me dejó patidifusa. Acabábamos de sentarnos en la mesa del bar cuando, inclinándose un poco hacia delante, dijo: "Bueno, tú sabes que no te voy a pagar esta entrevista, ¿verdad?".

Ahí comenzó un pequeño diálogo más bien delirante, porque ambas partes estábamos igual de atónitas, igual de asombradas ante lo que la otra nos decía. Éramos como dos especies alienígenas distintas que se encuentran por primera vez en la galaxia. Ella me contó que sus compañeros de clase pensaban que las entrevistas tenían un precio, y que de hecho le habían preguntado: "¿Pero ya le has advertido de que no le vas a dar dinero?". Y yo le expliqué que ningún medio o periodista serios pagan a un entrevistado por su entrevista (en este periódico es algo que está prohibido), porque entonces sus declaraciones no resultarían fiables: podría alterar o inventar lo que dice para complacerte y que se lo compres. "¿Por qué estas cosas no te las cuenta ningún profesor?", se quejó la muchacha. Probablemente porque a ningún profesor se le ocurre que sus estudiantes son tan marcianos como para creer semejante cosa.

Pero el problema es que llevamos viviendo en Marte mucho tiempo. Las nuevas generaciones se han pasado años percibiendo el mundo a través de la bazofia televisiva, educándose en su cochambre moral y en la venta masiva de todo lo que uno es, desde la propia dignidad hasta los higadillos. Y así estamos llegando a lo peor, al "pero entonces, si no te pagan, ¿por qué lo haces?", a ser incapaces de concebir que más allá del dinero hay una vida.

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