Reportaje:PERFIL

El oro podrido de lord Levy

El escándalo pone en la picota al sutil y rico recaudador laborista que apadrinó a Blair

Tony Blair y Michael Abraham Levy se conocieron en una anodina cena diplomática en la Embajada de Israel en Londres, en 1994. Trece años después, la fructífera colaboración que se inició entonces tiene a ambos contra las cuerdas por un quítame allá una supuesta venta de títulos nobiliarios.

En aquel encuentro -uno entre tantos para un hombre que acababa de alzarse con el liderazgo del Partido Laborista británico, y otro que había nacido en una cuna humilde, pero se había hecho rico muy pronto- nació de inmediato una profunda y provechosa amistad. Tres años más tarde, Levy, un laborista de siempre, pero muy poco cercano a la vieja izquierda del partido, había conseguido recaudar 12 millones de libras (unos 18 millones de euros al cambio actual) que al joven Blair le vinieron de perlas para proyectar su imagen de renovador y transformarse de líder de la oposición en primer ministro. A los pocos meses de llegar a Downing Street, Tony premió a Michael convirtiéndole en el barón Levy of Mill Hill.

Desde entonces, Levy es el gran recaudador oficioso del partido, un trabajo que muy pocos quieren hacer. Siempre ha habido Levy en la política británica porque todos los partidos necesitan dinero. Pero no todos pueden realizar ese trabajo, para el que hace falta una cualidad muy especial: ser capaz de seducir a un rico que no necesariamente comparte las mismas ideas políticas. La firmeza del apretón de manos, la exageración con que te da un par de golpes en la espalda, la calidez de su abrazo son armas que lord Levy ha utilizado con maestría para preparar el terreno. "Consigue que por cinco minutos te sientas la persona más importante del mundo", le confesó un día un sorprendido donante a un periodista de The Observer.

Las cenas informales de la noche de los viernes en la cocina de su mansión de Totteridge, una casa de nuevo rico a ojos de los más elitistas, con piscina y campo de tenis, o las más pomposas de los sábados en el comedor, en la larga mesa con patas de mármol, han sido terreno de juego ideal para las maniobras envolventes y el juego de ataque de Levy para conseguir hacer aflorar la chequera de un comensal que a menudo se sorprende a sí mismo al verse donando una cantidad más que importante para un partido que no es el suyo, pero que gobierna. "¿Estás de broma?", puede responder la presa, asustado por la cantidad que le están pidiendo. Pero Levy tiene respuestas para todo: "Vamos, hombre, tú puedes permitírtelo. ¿Por qué no fraccionamos esa cantidad en varios pagos anuales?", le ofrece como alternativa.

Siempre hay una herramienta a mano para ablandar a los más reticentes. Hay una que rara vez falla: la invitación a jugar un poco al tenis en casa con la vaga promesa de que "Tony puede presentarse en cualquier momento". Y se presenta. Y juega un rato al tenis con el potencial donante. Y luego se va. Llega entonces el momento perfecto para Levy: ¿quién puede negarse a dar algo de dinero al Partido Laborista si 20 minutos antes ha estado cruzando unas bolas con el primer ministro?

Pero no todo fueron días de vino y rosas para Michael Abraham Levy. Hijo de dos inmigrantes judíos, Samuel y Annie Levy, el futuro barón y millonario vino al mundo el 11 de julio de 1944 en Hackney, un humilde barrio del East End londinense. Hasta los nueve años, padres e hijo vivieron en una sola habitación. Se educó en la escuela local y a los 16 años dejó los estudios para empezar a trabajar como contable. En 1973, cuando aún no tenía 30 años, fundó una compañía de discos que le haría rico, Magnet. En 1988 se la vendió a Warner Brothers por 10 millones de libras (15 millones de euros).

Ya por entonces había dado pruebas de su habilidad como recaudador: en seis años consiguió 60 millones de libras para Jewish Care, una organización caritativa judía que desde entonces, y aún hoy, pasa por ser una de las más eficaces del país. Famoso por su manía por los detalles y su obsesión por controlarlo todo, sus amigos dicen que "es capaz de venderle arena del desierto a los árabes".

Tony Blair no sólo ha utilizado sus virtudes como vendedor de lavadoras. También ha aprovechado su sutileza para la diplomacia. En el año 2000 le nombró su enviado personal en Oriente Próximo, con despacho en el Foreign Office. Sus múltiples conexiones; su condición de judío, por un lado, y, por el otro, su posición abierta y tolerante en la cuestión palestina, le hicieron aceptable para todas las partes.

Quizá su peor momento en esta vida fue en abril de 2003, cuando dos atracadores irrumpieron violentamente en su casa de Totteridge y se llevaron 1,2 millones de euros en joyas después de rociarles a él y a su mujer, Gilda, con lejía, además de abrirle a él la cabeza con una pala y romperle una muñeca. Tampoco éstos son buenos tiempos. La sospecha de que buena parte de los cheques que él recaudaba para el partido fueron obtenidos a veces contra la promesa de premiar al donante con un título nobiliario le han puesto a él y a Tony Blair en el disparadero.

A falta de improbables confesiones de los beneficiados, parece muy difícil que la policía pueda probar nada contra él. Pero el hecho de que la investigación parece haberse centrado en la posible destrucción de pruebas y pueda llegar a ser acusado de obstrucción a la justicia ha despertado las espectativas de un próximo cataclismo en la política británica.

Michael Levy.
Michael Levy.REUTERS

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de febrero de 2007.

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